San Remo se merece un ganador como Van Aert

Wout Van Aert San Remo JoanSeguidor

La San Remo que gana Van Aert volvió a ser eléctrica y memorable

Lo peor de una llegada como la de esta Milán-San Remo de agosto es que uno de los dos tenía que perder, el tema estaba entre Alaphilippe y Van Aert, y la balanza cayó del segundo.

Wout Van Aert es el corredor de moda, sobrio, incisivo, trabajador, laborioso…

Dos años después del salto que emprendió en aquella Strade de barro y frío, empieza a recoger lo sembrado, viene a reclamar lo suyo.

Un camino de curvas y sinsabores, de días negros, Roubaix el año pasado, y otros en los que se ganó la admiración generalizada, enganchando cronos y sprints como quien trenza un jersey para el nieto.

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Y no lo ha tenido sencillo, el ausente Julian Alaphilippe, el que no muchos esperábamos, que creíamos en una forma creciente, pero no suficiente para 300 kilómetros, se lo ha puesto complicadísimo, rompiendo en el Poggio como, por ejemplo, no lo logró el año pasado, cuando se formó un grupo de a su lado.

Hasta Van Aert le tuvo que dar metros, le soltó la cuerda y tomó resuello para sacar la clase que trae de serie en ese descenso que cada año nos corta el aliento.

Dos corredores, Van Aert y Alaphilippe en la cima, en la curva de la cabina, nos quedaba saber si ambos iban a dar todo lo necesario hasta el final, con los lobos persiguiendo por detrás.

Pensamos que Alaphilippe iba a ratear, pero no, fue señor, tiró y remó hasta la misma línea de meta, prefirió jugárselo con un tío que nunca escatima hasta el mismo momento.

Que alguien hubiera llegado por detrás era más que posible, pero habría sido un bajón.

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Porque siempre valoramos una San Remo en función de si triunfa un «puncheur» o un velocista, y estos años estamos de dulce.

Que Van Aert suceda a Alaphilippe, a Nibali y a Kwiatkowski es la prueba fehaciente que esta carrera merece la pena, aunque a veces parezca un enecefalograma plano que explota al final.

Una edición, ésta de este veinte veinte, que ha sido una tumba para velocistas, chafados de calor y rotos por un recorrido que incorporó la dureza y ritmo justos para que, en el umbral de los 300 kilómetros, acabaran rotos.

Ha merecido la pena, el cambio de trazado, el retraso en la fecha, San Remo es un tesoro, sólo mirar quiénes suspiran por ella.

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Milán- San Remo, la primavera de agosto

Frenos de disco Alaphilippe JoanSeguidor

Desde Coppi que la Milán-San Remo no sufría una interrupción

Recordes de la Milán-San Remo de 1946…

Un ciclsta salía del negro túnel del Turchino, Italia entera resoplaba tras años de humillación: estaba floreciendo la primavera.

El francés Tesseire, segundo, circulaba a un cuarto de hora, los otros más lejos.

Cuando la Milán-San Remo ni siquiera había dejado la Lombardía, el vencedor ya iba solo.

Era Fausto Coppi.

Era la primera gran carrera de Italia tras la Segunda Guerra Mundial.

Era la Milán-San Remo de 1946, la primavera de Fausto Coppi e Italia.

Cuando la carrera cruzaba las pedanías milanesas, Fausto ya estaba al comando.

Turchino ese punto celebre de la Milán-San Remo es un paso de no más de 50 metros, oscuro y perentorio.

Ese día vio la luz, la primavera que vino con Fausto Coppi, cargada a sus espaldas. Una multitud lo aclamaba. “Habemus Campeonnissimo”.

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La Milán- San Remo de 2020 no pasará por el Turchino, ni será en primavera, ni serpenteará por las costas ligurienses…

Pero será, como aquella que cinceló Coppi en su museo de las maravillas, la del regreso del ciclismo con mayúsculas, el añejo, que sobrevive a los tiempos y las circunstancias.

Es la 111 Milán-San Remo.

Una carrera con el sobrenombre de primavera que se corre en agosto, con 299 kilómetros de recorrido, que si se suman a la neutralizada rozan los 310.

Cambios en el recorrido, en previsión de una costa atestada de lombardos y piamonteses escapando de la pesadilla del confinamiento, los pueblos por donde pasaba la carrera han pedido otra ruta.

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No habrá paso por los Capos, ni por la calle porticada de Imperia, en cambio el sur del Piamonte se presentará al mundo, con su mar de viñas y dos dificultades que añaden algo más de desnivel antes de entrar en el recorrido que ya conocemos, los cuarenta kilómetros finales con la Cipressa y el Poggio, esa tachuela, con casi 300 kilómetros en las piernas en cuyas curvas debes frenar para evitar salir disparado.

Una tachuela sí, pero en cuya suerte en la subida y posterior descenso residirá la clave que se corte o no el pelotón.

Ojo porque los «rosters» se van a los seis corredores, mala noticia para el control y por ende para los velocistas.

Si hubo un tiempo en el que los velocistas tomaron el control, desde Freire a Kristoff, pasando por Démare, Goos o Cavendish, los tiempos recientes apuntan a corte con avispas que tienen vatios en la subida y clase a borbotones en el descenso, puncheurs tipo Nibali, Kwiatkowski y Alaphilippe.

Entre estos tres mentados puede estar el ganador, el abanico se abre e incluye a Bennet, Ewan, Viviani, Gaviria y un inspirado Démare si hay volata, mientras que el corte puede estar en las piernas de Van Aert, en plan que intimida, Van der Poel, Trentin, Van Avermaet, y Sagan en su piedra en el zapato.

Luego estará lo que haga Philippe Gllbert y su pacto con la historia. 

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El maestro de Lieja se apellidaba Argentin

Moreno Argentin hizo de Lieja y alrededores un coto muy particular

A grosso modo, cuatro veces en Lieja, tres en la Flecha Valona, todo eso avala el rendimiento de Moreno Argentin en este lugar.

Le llamaban “Il capo”, fue un ciclista que alternó talento, insitinto y clase a partes iguales, controlaba todo y a todos, tenia la imagen clara y certera de lo que pasaba en cada momento, como si su visión fuera aérea, cenital.

Nada pasaba sin que Moreno Argentin lo viera, nada que no fuera importante y nada que no ocurriera en Lieja.

Porque la decana fue coto y terreno privado de Moreno durante cuatro años, nunca subió al podio si no fue para recoger el primer premio.

Una especie de colonia italiana en “il Belgio”, en la mitad valona que frustró a la gran estrella local, el gran Claude Criquielion, la gran víctima del fino olfato de Moreno, cuya ultima gran clásica sería aquella famosa Flecha Valona del 94 que tanto atufó y tanto dio que hablar.

En el 85, Sean Kelly miraba a Argentin extrañado, poseído por la eterna de duda de cómo calificarle, cómo describirle. No era un escalador al uso, pero dominaba las cotas, no era el más rápido, pero mataba en las llegadas. Su fino olfato empezó a dar sus frutos rápido. Criqui en arco iris levantaba la hinchada valona tras ganar en la Flecha, le veían haciendo el doblete.

Confiado, el campeón irisado atacó de lejos y arrastró a Roche y Argentin con él. En el Boulevard Sauvenière el italiano daría cuenta de ambos, era la primera.

La siguiente, un año después. Cambia el reparto, no los protagonistas.

Criqui ataca en La Redoute, acuciado por la necesidad de llegar solo a Lieja. Argentin le sigue, con él Pedersen y Van der Poel. En el boulevard de “centre ville”, Argentin vuelve a imponer su velocidad.

Otro año más, otra vez la misma historia, pero con suspense.

Esta vez Criqui hace daño, hace hueco.

Se lleva a Roche, en capilla de su gran año, y hacen camino.

Se lleva a Roche sí, pero no su favor.

Aunque los segundos caen del lado de los de adelante, la cosa no anda clara. Por detrás Argentin tira y pide ayuda a Millar y a Yvon Madiot.

El dúo de cabeza entra con cuarenta segundos sobre sus perseguidores en Lieja y empieza el marcaje, un marcaje feroz, férreo, tan bestia que lo que tendría que ser entre Criqui y Roche pasa a ser entre cinco y Argentin machaca, como machacaría cuatro años después, con Criqui, siempre Criqui, Sorensen e Indurain, en su mejor monumento de siempre.

Ese killer, que gusta llamarle, era Moreno Argentin, campeón del mundo en Colorado Springs, es decir oro, plata y bronce en los mundiales, ganador también en Lombardía en Milán por delante de Van Lancker y el otro Madiot, Marc, y en Flandes, año 90, con la tricolor y Fignon de gran favorito.

El francés revienta la carrera a casi setena de meta, todos le miran, todos fijan su marca, hasta que Moreno ataca en el Molemberg y sólo le sigue Dhaenens, futuro campeón del mundo en Japón a los pocos meses. Argentin da cuenta de él, aunando las dos grandes clásicas belgas en su palmarés, ese que nunca tuvo San Remo, sobre todo porque Kelly, el que no acertaba a describirle, lo impidió, en aquel descenso histórico del Poggio.

Imágenes tomada de Graham Watson

 

Los monumentos de Tom Simpson

Tom Simpson se hizo grande también en monumentos

No es sencillo sentarse en la mesa con alguien, preguntarle, inquirirle y que te explique que él estaba allí cuando Tom Simpson murió en los desniveles calvos del Ventoux.

Yo pude oírlo de la voz de Jaume Mir y su testimonio suena a dolor inmenso, como perenne, cautivado por la mística de un momento que no es único, es leyenda de este deporte.

Tom Simpson fue eso, un irreverente, marcado por no sé qué para ser historia grande en este deporte. Hubo un antes y después de aquello para el ciclismo, que entró de forma pública y unánime en la crónica negra.

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Pero existió también un Simpson clásico, un ciclista que hizo carrera y forjó un nombre más allá del Tour.

El Simpson que dominó las clásicas no fue efímero, duró unos años, los suficientes para ganar tres monumentos y un mundial, la historia se remonta a Flandes, año 1961: todos miran a Rik Van Looy, el emperador de Herentals, cerca de Amberes, el brillo de un diamante.

Sin embargo el imponente ciclista brabanzón cae en desgracia en el Kruisberg y emergen dos ciclistas, el mentado Simpson y el pistard italiano Nino Defilipis.

Ambos hacen camino, cazan a los de adelante y a la altura de Gotenberge se van solos.

En el sprint todos apuestan por el italiano, más rápido, más ducho.

Pero Simpson, el que nunca se ahora en un vaso, le aborda por la derecha y es suficiente.

Nunca esas Ray Ban ocultaron tantas lágrimas.

Cruz: todos los portabicicletas 

Seguimos, nos vamos a San Remo, año 1964, una carrera cargada de favoritismo de los italianos. Corren en casa. En pleno debate sobre lo bien que sienta la París-Niza para la correr la primavera, Simpson aterriza con un favoritismo sordo que ejerce a partir del Capo Berta.

Se lleva con él a tres más, entre ellos Poulidor, un lastre que sabe gestionar y acaba por apuntillar en el descenso del Poggio. Era el segundo monumento.

El tercero sería al año siguiente, en Lombardía, con un maillot arco iris limpio y a estrenar. Todos miran a Gimondi, Anquetil y un joven Merckx.

Nada, hay un inglés que gana y lo hace con solvencia, con más de tres minutos sobre Gianni Motta, el único que sostiene el equilibro frente al vendaval de Tom, un tipo que no sólo corre, también habla, y habla duro, pues había aterrizado en Lombardía tras firmar de su puño y letra tres crónicas de dopaje y cloacas ciclistas en la revista People, cuestionando el ciclismo francés y en especial a Henry Anglade.

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Una crónica negra que anunciaba su ocaso y trágico final.

Simpson, el Simpson clásico fue el menos revelado, pero esa faceta le proporcionó suculentos ingresos que le abrieron la puerta del chalet de Córcega en el que pensaba instalarse cuando tuviera lo suficiente para vivir de rentas. No llegó para verlo.

Imagen tomada de www.milanosanremo.info

Sean Kelly y su clásica sencillez

Pocos corredores guardan la admiración eterna que se ganó Sean Kelly

Sean Kelly fue discreto, adusto, trabajador, solitario,… una hormiguita que reinó durante años en un mundo de cocos, en el ocaso de Hinault, la explosión de Fignon, el auge de Lemond, el descubrimiento de Roche.

Fue Sean Kelly, ese rostro irlandés, un trébol de cuatro hojas que sembró fortuna por donde pasaba y ejerció de discreto pero efectivo patrón.

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Sean Kelly bebió de dos tiempos, del pasado, mostrando las cicatrices de un deporte que maltrataba los cuerpos y exprimía las mentes.

Un ciclismo que venía de lejos, heroico, sin guantes, desprovisto de artificio en el que el más fuerte ganaba porque sí.

Pero también fue un campeón moderno, imbuido por el legendario Gribaldy en técnicas de entrenamiento que no premiaban la cantidad, nada de seis y siete horas para las grandes clásicas que se metía, por ejemplo, Roger De Vlaeminck, nada de eso, mejor series, calidad, intervalos y esas cosas que por aquel entonces sonaban místicas.

Por eso, quizá por eso, “King Kelly” tardó tanto en explotar, en lograr su primer triunfo importante, ese que te centra en el objetivo de ser una leyenda, objetivo que lograría, vaya sí lograría.

En el Giro de Lombardía de 1983, con 27 años ya a las espaldas, Sean Kelly da cuenta del rival que le privaría de ser campeón del mundo, el entonces joven y recién irisado Greg Lemond, un americano risueño que subía como la espuma y que se definía como la antítesis del irlandés: apegado a la fama, amante del primer plano y artífice de uno de los primeros grandes contratos de la historia del ciclismo.

Pero Kelly siguió a los suyo, bajo la batuta de Gribaldy abrió su época en Roubaix. Al año siguiente demostraba un control total de la situación, saltando a 45 kilómetros de meta junto al belfa Rudy Rosiers, quien sería su sombra hasta el final del día y batiría “sin ambages” en el velódromo.

A los dos años Kelly también formaría parte del grupo noble en “La Pascale” imponiéndose fuera del velódromo a Van der Poel y Dhaenens en medio del malestar de la concurrencia que vio como una marca comercial, La Redoute, se llevó el final de la Roubaix fuera del velódromo y sí enfrente de su sede central, en lo que se consideró la venta del Infierno a manos privadas.

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A los pocos días de ganar su primera Roubaix acuñaba su nombre en la decana, en Lieja, cuando ésta acababa abajo, en centro de la ciudad, mucho mejor para él y mucho peor para Claude Criquielion, el ídolo del lugar, el valón que no pudo con Kelly en su casa, porque Kelly era sencillamente mejor en esos recorridos que invitaban a la initimidad y recogimiento que tanto identificaron a un irlandés que repetiría en Lieja a los cuatro años.

Ciclista total, ganador de una gran vuelta, la París-Niza en siete ocasiones, excelso contrarrelojista, sus piernas dieron para otros dos Lombardías, si bien, si hubo una carrera que se le ajustaba a sus hechuras de ciclista total, fue la Milán-San Remo. Ésta cayó de su lado dos veces.

La primera en 1986, desgastando rivales en la Cripressa y rematando en el Poggio, armando el corte con Lemond y Beccia y batiéndolos en la Via Roma.

La segunda en ese descenso suicida hacia San Remo, mejorando las trazadas de Moreno Argentin, primero arriba, donde la cabina, y siendo veloz, mucho más veloz que el mágico italiano.

Ese día fue un día de marzo de 1992, con Kelly barruntando su retirada, apareciendo de la nada, vestido con un horrendo maillot azul y portando un casco incalificable, fue como eso una centella venida del pasado, triunfando en el presente, un ciclista irrepetible que demostró trascender más allá de su periodo natural, los ochenta, como si su imagen quisiera hacerse tan perenne como el cariño que siempre le tuvimos.

Thomas De Gendt sí que hizo la Milán-San Remo

Volta a Catalunya Thomas De Gendt JoanSeguidor

Diez horas le ha llevado la «Milán-San Remo flamenca» a De Gendt

En la Volta virtual que ha empezado este lunes, Thomas De Gendt fue el ganador preferido de la afición.

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Ya ves, el belga es como el Cid, gana batallas en las que no concurre.

Su «triunfo» llega de forma simultánea a la noticia de su homenaje a la Milán-San Remo por las rutas de Flandes.

Le acompañó Jasper De Buys, también del Lotto, un pistard que pudimos disfrutar en nuestra visita a los Seis Días de Gante.

Hizo una salida que comprendió las provincias de Bruselas, Gante y Amberes, pasando por rutas tranquilas y plazas vacías.

En Bélgica no existe la prohibición de salir en bicicleta, como también sucede en otros países.

La ruta les llevó diez horas, nada menos, una salida que fue una paliza, la más grande que nunca ha realizado Thomas De Gendt, un corredor con legión de admiradores, uno de esos que no miras la bandera cuando caes rendido a sus pies.

Diez horas de salida, por que le sopló el viento en medio del recorrido, una locura para cualquier mortal que al menos nos sirven de excusa para hablar de la Milán-San Remo estos días en los que la primavera ha aterrizado sin pena ni gloria.

Ojalá le veamos disputar la primavera, aunque fuera en otoño o en cualquier otro momento.

Y si no que siempre le quedará Teruel. 

Por soñar…

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Milán-San Remo 2004: El mejor milagro de Óscar Freire

Freire Milan San Remo 2004 JoanSeguidor

La imagen de Freire superando a Zabel en la meta de Milán-San Remo 2004 ha pervivido todos los tiempos

Aquella tarde de sábado, mes de marzo, año 2004, la Milán-San Remo entró en el imaginario eterno de Oscar Freire.

Aquella llegada era dura, una carrera lanzada 300 kilómetros, comprendiendo que cualquier rueda, en la Via Roma, podía ser la buena.

Oscar Freire en el caos hacía de la necesidad virtud, un camino que le dejó su primera Milán-San Remo, la de 2004, ganaría otras dos, en bandeja.

Le entretenemos un rato y nos cuenta…

Oscar ¿Cómo llevas estos días?

«La verdad es que estaba algo advertido, tengo amigos italianos que hace días me contaban todo lo que estamos viendo aquí estos días. Tengo la suerte de vivir en una casa y las horas pasan más rápidas»

Este sábado deberíamos estar mirando San Remo y lo que por sus alrededores pasara. ¿Qué sitio ocupa la Milán-San Remo en el corazón de Freire?

«Es una carrera única, la más especial, la que más quería. Visto ahora, y entonces, es una carrera que puedes perder en cualquier momento y ganar sólo al final»

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Algo que a ti se te daba bien

«Siempre he sido hábil en estas circunstancias, en sortear los problemas durante la carrera, buscar la rueda buena. Siempre hubo gente con más físico que yo, pero no con la técnica suficiente para sacarle el mejor partido»

¿Eso se llama intuición?

«Posiblemente sí, sabía moverme bien, ahorrar fuerzas y la suma de todo eso acababa marcando las diferencias. Quien me haya visto competir de cerca, seguro que te lo puede decir. La experiencia también suma, ves los peligros venir. La primera vez que sufrí un abanico fue en una carrera juvenil, en Arévalo, me quedé en el penúltimo grupo. La siguiente vez que me pasó, ya de pro en una Vuelta a Castilla y León, lo vi venir y acabé en el grupo delantero ganando el sprint»

Grande…

«Es más, puedo decir que nunca me he caído disputando un sprint, en eso hay suerte, pero también intuición. Recuerdo una Vuelta, llevaba dos triunfos de etapa, que no me metí en un sprint por que pensaba que iba a ser peligroso y en efecto, hubo una gran caída al final»

Volviendo sobre San Remo…

«Es una carrera top, para mí la más importante tras el Mundial». 

Tú la conociste en Mapei

«Como italianos la tenían en alta estima, pero no la ganaron nunca. Curiosamente lo logramos ciclistas que llevamos su nombre en el pecho –a Freire sumarle Pozatto, Bettini y Cancellara

Menuda edición aquella del 2000

«Había mucho gallo en aquel equipo, yo era el campeón del mundo pero estaban Museeuw, Bartoli y otros con muchos galones. Era un equipo fuerte y a veces pasa que cada uno defiende sus intereses»

Han pasado ya veinte años

«Nos hacemos mayores, ves fotos de entonces, las comparas con ahora y…»

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Freire en aquella Milán-San Remo de 2004

«Era mi segunda San Remo con Rabobank. Ya no era el de cuatro años antes, conocía la carera, dónde estar, cómo moverse. Cada año es diferente, pero la experiencia ayuda. Sabía que era mi carrera»

Rabobank era una historia diferente a Mapei

«Rabobank corría para mí. Tenía a Flecha, a Horrillo… con los años incluso pude tener la ayuda de uno que acabaría ganando, Alexander Kristoff quien seguro tomó nota de cómo afrontaba la carrera. La diferencia entre ganar y perder esta carrera era muy pequeña, a veces llevaba una sensaciones horribles y acababa ganando, pero también pasaba al revés»

Vamos a por la edición de 2004 ¿Cómo fue la aproximación?

«Recuerdo que hubo una pelea con Zabel por cogerle la rueda a Petacchi que llevaba a su Fassa tirando. Yo iba tras él, y Zabel se aproximó, intentó echarme dos veces y al final decidí que esa guerra no me convenía. Le dejé pasar»

Y luego

«Trentin lanzó el sprint, Petacchi saltó muy pronto y Zabel con él. Se precipitó, casi no había tiempo para remontarle, pero lo logré por levantar las manos. Le devolví la moneda»

¿Qué moneda?

«Unas semanas antes en la Vuelta a Andalucía cuando me ganó una etapa en Almería que yo celebré antes de tiempo»

Aquella imagen quedó icónica…

«Sí, quedó para la historia. No fue la única vez que logré un triunfo así, una vez en Tirreno le gané una etapa a Cipollini por celebrarlo antes de tiempo»

¿Lo habéis comentado muchas veces Zabel y tú?

«Sí desde luego. Zabel fue un gran ciclista, pero también una gran persona y tuve una gran relación con él»

¿Estuviste con él en Katusha tu último año?

«Así es. Fue director técnico en Katusha la temporada que corrí con ellos. Recuerdo que en la primera reunión nos dijo que iba a ser nuestro instructor para los sprints y Purito le preguntó si podía enseñarme algo a mí»

Siempre tan cachondo… para acabar un deseo para este presente tan incierto

«Que el año que viene estemos disfrutando de nuevo de la Milán-San Remo»

 

 

Entre clásicas y vueltas, lo primero por favor

En las clásicas entra el ciclismo sin margen de error, la decisión final, el momento clave, en las vueltas hay margen, equipos y otros elementos

Miró el calendario que no puede ser y recuerdo porqué la primavera nos tenía robado el corazón, un camino entre clásicas y vueltas.

San Remo, hoy sábado, la Volta debería empezar el lunes, en unos días Harelbeke y Wevelgem, al final de la ruta Flandes y Roubaix, por medio la Itzulia.

Miro eso, y estoy abrumado, siento nostalgia.

Pero las clásicas fueron antes de todo, antes que nada.

La más vieja dicen que es la Milán-Turín, cuando el Giro siquiera era un sueño.

Eran carreras de pesado desarrollo y heroico desenlace.

Luego vinieron los monumentos, la más decana, la que va de Lieja a Bastogne y vuelve al cogollo valón, San Remo, Roubaix, Flandes, las hojas muertas de Lombardía que muda de verde a ocre…

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Todas las grandes clásicas son centenarias, no sólo eso, son mas que centenarias, diseñaron el ciclismo que conocimos, sugieren leyenda, despiertan recuerdos, inspiran hoy como inspiraban hace cien años, crean riqueza, cincelan iconos, catapultan lugares y establecen tradiciones.

No son carreras al uso, en lo estrictamente futbolístico, son partidos del KO, a eliminatoria única, sólo puede quedar uno.

NEWSLa plantilla de Gobik da un paso al frente.De forma espontánea y voluntaria nos sumamos al esfuerzo de nuestra…

Publicada por Gobik en Viernes, 20 de marzo de 2020

No hay segundas oportunidades más allá de volver al año que viene, algo que cuando cruzas la meta segundo te parece una eternidad que no sabrás esperar.

Son adoquines y colinas, se visten de naturaleza: caminos vecinales de Flandes, los pendones de Valonia, las rutas imperiales y mineras hacia Roubaix, las tierras que vieron crecer a Coppi para tomar el camino de San Remo,…

Tienen iconografía propia, una personalidad transversal.

Integran a gente que las ama en paisajes del siglo XIX, cuando el mal tiempo las viste de barro y despojo, son terribles, una pesadilla.

Entonces el batiburrillo de dureza y tensión deriva en espectáculos inmateriales, que van más allá de los tiempos y nos adentran en los despojos del ciclismo que nos enamoró, de ese que se corre con el riesgo de perderlo todo en cualquier momento y sin poder, en muchos casos, ni echar mano del equipo ni del coche de recambios.

Porque en ciertos escenarios, la incidencia de los equipos super profesionalizados del siglo XXI se diluye, queda en testimonio. Equipos enteros llevados a la cuneta. Mirad el Team Sky el año 2016 en Roubaix, copaban la cabeza y en dos malas curvas, adiós, se acabó.

La victoria aquel día fue para un australiano de tercer rango, que corría solo y escapado desde que el pelotón afrontó el primer pavés.

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Hubo un día que los grandes patrones de los medios quisieron darle una vuelta de tuerca a la mecha de pasión que prendieron las clásicas y pensaron en las vueltas por etapas, y nació el Tour, y nació el Giro, e incluso nació por aquí la Volta y entendedme, esto es otra cosa, es el ciclismo de la suma de esfuerzos, del fondo físico que cae en saco roto cuando el cuerpo te dice basta.

Es el ciclismo de equipos que bien llevados y atiborrados de talento pueden blolquear la carrera hasta convertirla en un sopor.

A mi me gustan las grandes, la París-Niza esta última, alguna Tirreno, algún Dauphiné, pero entendedme lo que te da una clásica, eso, no está pagado.