La bicicleta salva vidas

La bicicleta, en un contexto de distanciamiento social sacará gente de metros, buses y coches

Ahora que parece que todo lo tenemos en contra, que estamos confinados y no nos dejan salir, que incluso nos ponen impedimentos para ir en bici al trabajo y que hay algunos que intentan demonizar a nuestra pequeña reina, quisiera recordar a todos estos que la bicicleta salva vidas.

Como en el caso que paso a narraros a continuación.

Hace unos años pude hablar con mi amigo “Petxu”.

Entonces tenía 49 años y vivía en Sesma, cerca de Estella, y tuve el privilegio de que me contara su bonita historia de superación, de las que gustan explicar.

Me confesó que en 1997, con 36 años, un gravísimo aneurisma cerebral le cambió la vida radicalmente.

Fue un sábado, de infame recuerdo, cuando sufrió esta terrible enfermedad.

Trasladado de urgencias a Pamplona, no le operaron hasta el día siguiente, domingo.

Le salvaron la vida, pero el coágulo había permanecido demasiadas horas en su cerebro, dejándole secuelas como pérdida de equilibrio y mareos.

Se tuvo que prejubilar a la fuerza.

Fueron meses muy duros.

No salía de casa y engordó mucho.

Cuando pasó de los 80 kg, pensó que no podía seguir así, que tenía que hacer algo.

No podía correr.

Hasta el mero hecho de caminar le suponía sufrir mareos.

Pero quería seguir probando.

Se compró una bici de montaña y empezó a salir, con la satisfacción de ver que pedaleando los mareos eran casi inexistentes.

Esto le animó y se atrevió a subir una colina de apenas 1 kilómetro cerca de su casa.

Lo pasó fatal el primer día.

Se bajó de la bici hasta tres veces antes de coronar aquel pequeño alto.

Con el paso de los días ya sólo se tenía que bajar dos veces.

Luego sólo una.

Llegó el día que hizo toda la ascensión de un tirón.

Poco a poco mejoraba su forma física.

La bici le estaba devolviendo a la vida

En pocos meses adelgazó 20 kg, quedándose en los 60 que pesaba entonces.

Aquel primer año llegó a pedalear más de 25 mil kilómetros con su bici de montaña.

Después se compró su primera de carretera, lanzándose a subir puertos como el de Urbasa, que coronaba desde su casa en 1 hora y 45 minutos.

Desde entonces ya no se bajó de la bici.

Su rutina diaria, de lunes a viernes, era desayunar, mirar la veleta de la iglesia para ver en qué dirección sopla el cierzo y salir a rodar, sin ataduras.

Ni estaba casado ni tenía hijos.

La experiencia de Ivan Basso en el Giro de Italia virtual 

Salía y pedaleaba unos 100 kilómetros, siempre los mismos, por los alrededores de Sesma.

A la tarde caían 60 más con la de mountain bike y los fines de semana disfrutaba de su grupeta del Lodosa, club ciclista al que pertenecía.

Podemos destacar, además, las vueltas que se daba por Soria en recorridos de hasta 240 km.

Ascendió puertos como Marie Blanque, Tourmalet o Angliru.

Recorrió dos veces el Camino de Santiago, o el viaje a Roma que hizo hace 15 años, en compañía de su primo Julián: 2288 kilómetros en 18 días, para ser recibidos en audiencia por el entonces Papa Juan Pablo II.

“Petxu” no le daba ningún tipo de importancia a todas estas proezas.

Las consideraba “normales”, al estar todo el día encima de la bici, su estado “natural”,  como mejor se encontraba.

Otro ejemplo más del milagro de la bicicleta, un milagro que hoy, igual, mira por donde, se prolonga por las ciudades, llevando a la gente a sus trabajos, a quedar con sus amigos,… por que la bicicleta, en un contexto de distanciamiento social como el que nos viene puede ser la clave para sacar gente de metros, buses y coches.

Entonces seguirá salvándonos la vida.

La pereza no existe en la bicicleta

Si llenas de bicicletas tu vida, no te costará vencer la pereza del primer frío del invierno

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¡Sal!

No, no me estoy quejando al camarero de que estén sosos los macarrones o el arroz, no, es lo que me digo a mí mismo cuando me levanto cada mañana: ¡sal!

¡Por favor, sal!

Cuesta desprenderse del abrigo de la santa mandra, pero me lo repito una y otra vez: ¡sal!

Hace muchos años, bastantes, me encontré una fría mañana de enero con nuestro recordado y «estimat Urruti».

Ascendía la Rabassada, lentamente, como él solía hacer casi a diario y paseando, también como siempre, con culotte corto y ascendiendo con plato grande.

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Sí, es cierto, quienes lo conocíamos ya sabíamos que subía el Tibidabo a plato.

Decía que «así se cansaba menos».

Vaya crack.

No me extrañaba que luciera aquellas piernas que eran como cuerpos de grandes.

Siempre me decía: «lo que cuesta es salir, ya que una vez afuera te desperezas rápido».

Cuánta razón tenía.

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Lo importante es vestirse y salir, dejar la mandra colgada del armario, coger la bici y escapar por la puerta, sin pensárselo mucho.

Los retos están ahí, a la vuelta de la esquina, y hay que salir.

A ver si me aplico el cuento.

La mejor medicación es la motivatina.

¿Quizás colgarme una foto del Tourmalet en el espejo del lavabo?

¿O mejor un collage de todos esos paisajes fantásticos que me esperan?

Conozco un amigo que se motivaba colgando una foto del Marie Blanque en la puerta de su habitación.

No está mal.

Como un/una adolescente que inunda sus paredes de sus ídolos que parecen tan lejanos pero que, seguramente, durante el año tendrán la opción de tenerlos muy de cerca e incluso tocarlos.

Lo mismo nos debe pasar a nosotros, inundemos nuestros escritorios, nuestras estanterías, nuestros fondos de pantalla con esos paisajes sublimes que nos esperan.

Pero para todo esto, para poderlos sufrir disfrutando… ¡sal! ¡saaaaaal de una vez!, ya que como dice un buen colega mío, «lo más duro del ciclismo es ponerse el culotte» y otro «que las sábanas pesan mucho más de lo que parece».

¡Sal!

Foto: https://www.mardinevdenevenakliyat.info/edredon-ciclista.html