La alargada resaca del mundial en Bergen

El mundial de Bergen en números rojos. Al final nadie querrá organizar un Campeonato del Mundo de ciclismo.

Es curioso porque en el mundo de los tópicos y generalizaciones, donde insultar y apedrear por las redes está a la orden del día y es moneda de cambio, la realidad a veces se empeña en quitarnos la razón a opiniones que pensamos que son dogma.

Hace tres años, Ponferrada culminó una dura digestión hacia la celebración del Campeonato del Mundo que vio el triunfo de Kwiatkowski y el último podio de Alejandro Valverde. Fue un proceso tenso, doloroso y creo que al final liberador para quienes llevaron ese barco.

Como tantas otras cosas en nuestro querido país, todo fueron cuentas poco claras, ROI´s mal explicados y la eterna sospecha de que se podían haber hecho mejor las cosas. Ponferrada fue un mundial muy complicado de encajar por muchos motivos, por la carencia de buenos patrocinios, por la gestión en tiempos de crisis profunda, por la sombra de los Juegos Olímpicos de Madrid, por…

Pero aquello es historia, otro renglón más en ese libro de cosas que pensamos que sólo pasan en España pero que años después vemos cosas similares en Bergen y Noruega.

Leed lo que comenta aquí Nico Van Looy y dadle una vuelta, es terrible, lo que vimos en Bergen estos días, fue una especie de espejismo como el que vivió España, salvando las distancias, en el 92, una especie de atracón antes de una dura y larga resaca.

Cuentas que no cuadran, pagos que se hacen fuera de plazo y se encarecen por la debilidad de la corona noruega, facturas que no están contabilizadas y amenazan con hacer más grande el agujero y una federación nacional que está a un paso de la bancarrota.

Sí, es Noruega, y es la rebotica de lo que vimos estos días en la puerta de los Fiordos, cuya promoción turística, impagable según los estudios, es el principal consuelo de los mentores de la competición. Dicen que se ha hecho un crowdfunding de gente que ha acudido para cuadrar las cuentas con aportaciones, una reacción que desde luego habla de la calidad y orgullo de aquellas gentes.

Estamos ante algo muy típico en ciclismo: vemos grandes gentíos, ambiente, expectación, seguimiento y lo que hay detrás es ruina económica. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo capitalizar lo que otros deportes tan bien saben hacer?

Y es que al final, estas cosas ocurren, aunque en diferente proporción, hasta en las mejores familias, como la guinda del apagón televisivo en los cinco últimos kilómetros, una cosa que si pasase en este lado de los Pirineos daría para un serial de memes, mofas y apedreamiento públicos. Ya sabéis cómo se las gastan algunos.

Imagen tomada de @bergen2017

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Bergen: la decepción volvió a ser española

Ayer al acabar la carrera de Bergen, me preguntaban:

¿A qué fue Rojas?

¿A qué fue Soler?

¿A qué fue Mínguez?

Preguntas claras, concisas y directas pero cargadas de retórica y segunda lectura. Otro mundial, otra actuación decepcionante de la selección española. Sé que muchos dirán que es sencillo opinar desde el sofá, que hay que estar, que hay que valer y todas esas obviedades, pero como en todo en la vida, se nos faculta la opción de opinar, y no siempre tiene porque ser en tono positivo.

De la panoplia de declaraciones postcarrera me quedo con el tono autocrítico del ciclista español que más rato hemos visto: David de la Cruz. Sincero, no abunda, dijo que el corte en la vuelta final es posiblemente fruto de la mala colocación y que ahí se acabó todo.

Blanco y en botella. Un corte que pilla a toda la selección casi junta, a todos los que quedaban en el grupo en ese momento, es el síntoma de la colocación y de lo que había en las piernas en esos momentos.

El año pasado en Doha, cuando la carretera cambió el sentido de la marcha, y el viento entró por donde los belgas quisieron, se quedó toda la selección atrás, sin opciones, sin nada más que aportar a una eternidad de meta. Esta vez el corte fue más cerca, en el ultimo giro. Cabe un consuelo, porque hace un par de años en Richmond, todos llegaron juntos y delante pero tampoco se vio color español en vanguardia. Esto no se corre a los puntos.

El sábado dijimos que una vez más se ponía la venda antes de la herida, porque se preveía que el resultado era el que acabó siendo, sinceramente, en el siglo XXI, ir con ese discurso a una carrera de este tamaño arroja el resultado por adelantado, sin más lectura que la de a ver qué pasa y a ver qué sale. Luego ocurre el corte y tenemos el lazo para el lote de justificaciones. Creo que, aunque no sea puntera, la selección española tenía buenos nombres para otra cosa.

Mínguez se quejaba de que no tenía rematador. Se acabó Freire, se fue Purito, se inmoló Samu, falta Valverde y se acaba el mundo. Esto gira y gira, anclados en esa generación a la que todos se agarran sinceramente no vamos a progresar, tenemos lo que tenemos y hay que tirar, y si no vale la fórmula convencional, la que vale a los cracks como Sagan, Kristoff, Matthews o Viviani, hay que tirar con otras.

Porque no siempre es tener todos los cracks en la misma cesta. Mirad Bélgica, presentaba un cuadro de impresión y no se comieron un torrado. Van Avermaet se metió en el sprint, porque antes pidieron turno para intentarlo Wellens y Gilbert. Otros se movieron lo que pudieron, pero han quedado en la recámara nombres que son estrellas en su equipo y protagonistas durante la temporada,

¿Qué hicieron?

Poco o nada, se fueron de la carrera con la sensación que nos recorría el cuerpo años atrás con la selección española atiborrada de estrellas. Sagan corre medianamente solo, tiene un físico que le acompaña pero es que además, juega como nadie sus bazas. Tres mundiales seguidos, no cabe decir mucho más.

¿Es tan complicado probar algo diferente? Entiendo que no es sencillo, pero cuando te quedas con la sensación, desde fuera, de poco o nada se ha hecho para torcer el desenlace, poco más cabe añadir a lo que dijo David de la Cruz.

Imágenes tomadas de RFEC

 

Peter Sagan: La vida sigue igual

Ahora la cosa ha cambiado, Peter Sagan es leyenda. Es leyenda en activo, en ejercicio de su profesión. Ha cambiado porque a su estadística monumental, más de cien victorias con 27 años, le añade algo inédito, tres títulos mundiales consecutivos, eso nadie lo había logrado,…

Ganar un mundial son palabras mayores, ganarlo una vez complicado, dos casi imposible, tres, imaginadlo. Pues tres seguidos resulta una de las gestas de la historia de este bello deporte que comulgó a la perfección con el magnífico escenario de Bergen, uno de los mundiales estéticamente más bellos que recuerdo.

Dice Sagan que a cinco de meta lo vio perdido, porque Alaphilippe era un cohete, pero la suerte y el remate que le faltan al francés, le sobran a Sagan, un ciclista que sudó tinta china para ganar su primer monumento, el año pasado Flandes, y que sin embargo domina el arte del mundial como nadie.

Sagan es ya el mejor especialista en mundiales, al menos en eficiencia, la carrera más singular de la campaña, por correrse, formalmente por selecciones, aunque los intereses de los equipos acaben cruzándose en alguna ocasión. En esta rara amalgama de ambiciones nacionales y comerciales, Sagan sale a flote, es un maestro, un tipo con don.

No tiene una gran selección, a duras penas aguantó su hermano hasta el final, pero no es problema, él trepa de rueda en rueda, está quieto, atento y latente para arrancar cuando corresponde. No pasó por cabeza en toda la carrera, pero acabó ganando.

Ojo a los registros del Sagan mundialista: en Richmond hace dos años estrujó varios geles en la boca y arrancó en la ultima subida, un repecho con nombre de número, recuerdo. Le vieron arrancar, Van Avermaet lo intentó, pero no pudo. Abrió hueco y empezó a rodar, a volar casi, para ser campeón.

El año pasado el engendro de Qatar se arregló en parte por figurar su nombre en el palmarés. En la enésima carrera que rompió Bélgica para no ganar, Peter Sagan ganó a la mejor versión de Mark Cavendish en mucho tiempo. Dos de dos.

Y en Bergen cayó Kristoff, el mismo que le amargó a veces llegadas en el Tour, se rindió en casa para presenciar el “maracanazo” del ciclismo. La secuencia, inédita en el directo, de los últimos cinco kilómetros, demuestra que Sagan cierra un par de cortes, incluso cuando Alaphilippe y Moscon siguen escapados. Es como el perro que va colocando el rebaño para llegar todos juntos y en orden. Tres de tres.

Socarrón, crecido, irónico, simpático, cuando le apetece como todo hijo de vecino, algo suelto cuando le tocan los cojones, Peter Sagan me encantó en lo primero que le dijo al periodista cuando aún no se había colgado el oro, se acordó de Michele Scarponi, el tipo que dejó surco en los corazones del pelotón.

Otro año en arco iris, otro año en maillot irisado durante la primavera, en Flandes y Roubaix, otro año así por California, por el Tour, donde sólo se quita la prenda mundial para ponerse el verde, otra vez así. Otra vez señalado, otra vez especial, le gusta, le pone. La vida sigue igual.

Imágenes tomadas de FB de Bergen 2017 y Bora-Hansgrohe

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Peter Sagan y el «Saganazo»

El Mundial es la carrera, la Carrera con mayúsculas, como Sagan, Peter Sagan, el ciclista, el Ciclista con mayúsculas.

270 kilómetros, siete horas de carrera, mil historias, millones de circunstancias, intentos, escapadas, cortes, caídas, reagrupamiento y ser el primero una vez, un segundo, te vale, te sirve y te perpetúa a la historia.

Historia, propia y del ciclismo eso es lo que escribe Peter Sagan, el corredor que le ha tomado la medida a una carrera a la que una amplia mayoría ni aspira y algunos necesitan de años para conquistar una vez. Tomad nota Binda, Van Steenbergen, Merckx, Freire y Sagan. C´ est tou dit.

Mundial precioso, de traca, tanto que es imperdonable el lapsus televisivo noruego en el tramo final, un fallo de esos que pasan en las mejores familias, van bien estas cosas para quienes se obsesionan con que en esta parte de los Pirineos hacemos fatal las cosas.

La carrera tuvo varios condicionantes. Llamó la atención del control checo en las primeras vueltas, como si existiese una baza latente en ese equipo, cosa que no vimos, o como si las afinidades de algunos de sus corredores con el Quick Step o con los antiguos colegas eslovacos ejerciera algún influjo.

Sea como fuere el primer dardo belga, Tim Wellens, hizo daño, pero sólo eso. Es curioso, la actuación belga al frente, la carrera desde adelante, que es la que más conviene acabó, ahí, como la presencia española al frente, con un David de la Cruz que probó en sus carnes eso de que no te dejen ir.

Bélgica era un semillero de posibilidades pero con el problema de que ninguna con opciones para el final. Había que dar turnos y Philippe Gilbert tomó el mando, no tuvo piernas o fuerza, o quizá no tuvo el vigor de los nuevos que vienen.

Cuando Francia tiraba a por el grupo de Wellens, Boom y De la Cruz, entre otros, era por algo, era, posiblemente porque sabían que Julian Alaphilippe estaba ante el día de su vida. El francés fue todo en la vuelta final.

Se escurrió del grupo cual salmón entre las manos en la subida de mismo nombre, se asoció con Gianni Moscon y dejó al italiano al empedrado más emblemático de esta edición. Alaphilippe lo hizo todo, y todo bien, pero, cuando la televisión noruega se cayó, le vino el mundo encima, por detrás querían sprint, sprint reducido, pero sprint en definitiva.

Y cazaron a los fugados. E incluso Fernando Gaviria –según indicó Sagan- buscó sorprender a un grupo en el que Alexander Kristoff probó esa amarga medicina de que no te salgan las cosas. Sagan le rebasó en la línea, propició el «saganazo», ha ganado tres mundiales, ahora mismo en esta carrera es Dios, entre las masas le profesan una religión, nunca una creencia estuvo tan asentada en los hechos.

Imagen tomada @bergen2017

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Bergen: El Mundial de los grandes bloques

Quizá sea mejor empezar al revés. Hablar del gregario, el tio que posiblemente ejercza de “paralotodo”, Julien Vermote, y recitar de carrerilla la alineación de la selección belga en Bergen, Mundial de ciclismo: Philippe Gilbert, Greg Van Avermaet, Tim Wellens, Tiesj Benoot, Oliver Naesen, Jasper Stuyven, Jens Keukeliere y Dylan Teuns. Esto manejan para el Mundial.

Hay tenemos etapas en las tres grandes, campeones del mundo, ganadores en Roubaix, Flandes, Lieja,… tenemos más capos que currantes, una proporción desmesurada, un equipo que podría entroncar con los más grandes de siempre, con aquel de BCN en el que Maertens y Merckx quedaron fatal.

Dice la selección española que no tiene rematador, pero ¿quién rematará en Bélgica?.

La celeste, el maillot más simple, más bello, tanto que la selección de futbol, en su momento más dulce de hace tiempo lo ha puesto de segunda equitación, será el equipo del mundial, un equipo para mover de lejos, de cerca, de por medio, y casi para disputar el sprint dependiendo cuántos y quiénes lleguen.

Si no hacen la guerra por separado, si no es la selección de ciclocross, Bélgica tendría muchos, muchísimos números en el sorteo del mundial. De lejos Gilbert y Wellens, los valones, al medio radio Benoot Van Avermaet o Stuyven, sin obviar un “ciclistazo” como Naesen. De cerca Keukeliere. La teoría dice que no pueden esperar al final. Sea como fuere qué locura de equipo.

Los belgas, reiterado queda, es el santo y seña, pero recordad, el año pasado reventaron todo cuando viento giró y se quedaron en el bronce de Boonen, gran premio, pero insuficiente al despliegue ofrecido.

Contrasta el poderío colectivo belga con la individualidad por excelencia, Peter Sagan, en la puerta de un triple inédito, acompañado de cinco compañeros en una selección que no acompaña ni en cantidad ni en calidad al mejor ciclista del momento, que curiosamente ya sabe bien buscarse la vida.

Si un equipo se aproxima a los belgas es el italiano: azul más oscuro y como siempre muy pero muy competitivo. El tridente está claro, Gianni Moscon para secar los ataques de penúltima y última vueltas, Trentin & Viviani para jugarlo al sprint. Ojo dos bazas más, Sonny Colbrelli y Diego Ulissi, el verdugo de Herrada en Montreal.

Pasando folio de inscripción, entra el tercer gran bloque en nombres y calidad. Atencion porque un corredor como Rigo Uran está acostumbrado a brillar en recorridos como el de Bergen, aunque el fenómeno Fernando Gaviria es la baza declarada. Los Henao y curiosamente Nairo se suman al carro, un carro que debe tirar para el matador Gaviria, como tirará la parroquia noruega por Kristoff y sobre todo Boasson Hagen, experto en el juego de resurrecciones, especialmente este año.

Sigue el repaso y el embudo se estrecha. Curioso, pero sobre todo inédito a lo que aspira el super clase Tom Dumolin, quien podría encadenar en una semana tres títulos. La suya es una opción a una o dos vueltas, si abre hueco, es posible que lo vean ya en meta, un poco como Lars Boom, que últimamente está inspirado y cargado de razones. Otro nombre que, paradójicamente como Rigo Uran se maneja bien en estas lides: Bauke Mollema.

Caben otras opciones y sobre todo una, la del australiano Michael Matthews, con ganas ya de llevarse algo más que etapas, y el combinado francés con un ciclista también muy hábil en estas lides: Julian Alaphilippe, acompañado del siempre temido Tony Gallopin y el inquieto Lilian Camejane.

Así están las cosas, más de 270 kilómetros les esperan y una nota significativa, la amplia mayoría aquí citada llega con victorias recientes, algo que la verdad pone más presión a la olla.

Imagen tomada de @BELCyclingTeam

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Estaba concurrido el stand de Bkool en Unibike con novedades de las que pronto daremos cuenta…

Bergen: Nunca hay certezas en un mundial

El mundial de Bergen, el gran día, ya está aquí

Dice Javier Mínguez que le falta un rematador, y no le falta razón. Pero mirad un momento la alineación de la selección española hace diez años, aquel mundial era en Sttutgart y lo ganó Paolo Bettini al sprint entre tres por un corte en el tramo final. En aquella edición la selección española estaba en plena flor de la “edad de oro”, Samu, Purito, Valverde,… el problema no era quién remataba, el problema era que alguien rematase.

Yo creo que un mundial es un libro de hojas de desordenadas, con párrafos en blanco y la incertidumbre cosiendo los lomos de la pieza. Decir esto o aquello en una carrera que rara vez cumple lo esperado, es un riesgo, una tropelía que conseguimos repetir con asiduidad.

La selección española de hace una década es el ejemplo de lo que digo. Y la valoración podía ser la misma en cualquier otra alineación en los tiempos recientes. España ha tenido los mejores, los equipos más completos y con más estrellas, y no se lleva un oro desde 2004, Verora. Claro que entonces estaba Oscar Freire, y las cosas eran diferentes, pues el cántabro sí que era un rematador, un tío que bien rodeado rara vez fallaba, un cuchillo que hacía diana en el momento que se le requería.

No hay un rematador, se dice, pero sí que hay un tío como Jesús Herrada que el otro día fue segundo en Canadá, es decir no hay rematador al uso, killer que se diría en otros círculos, pero hay madera…

España ha sido el faro, la selección a la que todos miraban cuando el caballo se iba y eso ha sido la perdición, incluso en ediciones en las que creímos tocar el cielo, como esa de Florencia, con Valverde haciendo no sé qué, cuando Purito tocaba el arco iris con las manos.

La selección española que está en Bergen, me recuerda, en sensaciones a aquella que pisó el asfalto de Verona, hace 18 años, qué grandes nos hemos hecho. No había figura precisa en aquel combinado, cuyos mejores ciclistas, sobre el papel, se habían caído de la lista por motivos diversos. En esa nebulosa, salió Freire, siempre Freire.

Con ello vengo a decir que lo de poner la venda antes de la herida es un discurso que suena repetitivo en la dirección de nuestro equipo. No hay bazas sobre el papel, pero hay madera, no hay nombres, pero hay hombres, ciclistas en cuyas espaldas se puede confiar una tarea complicadísima pero no imposible.

Porque ojo es complicado para el grupo hispano, pero también para las otras selecciones, porque esto es un maricón el último, es un mundial, en los albores de la campaña, con muchos ya en la prórroga de su estado de forma, pero con la certeza de que alguno puede llegar con vida al final, entre el grupo de dos, cinco, quince o cincuenta que se juegue el título.

Que no pasé lo del año pasado, cuando los celestes belgas, los que han sido fieles a sus colores desde tiempos del grandísimo Merckx, se quitaron de encima medio pelotón y entre ellos a toda a la selección española. Acertar, esa es la clave, evitar ser completamente eliminado al primer cambio de viendo, como en Qatar, tanto como llegar con muchas bazas al final, como en Richmond, donde quedó el sentimiento de que al menos se podía haber intentado.

Llorado, como dijo aquel se viene de casa.

Imágenes tomadas de FB de la UCI y RFEC