Mundiales de leyenda: Esa tarde de Oscar Freire en Verona

Mundial de ciclismo- Verona Oscar Freire JoanSeguidor

En Verona empezó y acabó el idilio de Freire con los Mundiales

Recuerdo aquellos días tempranos de octubre de 1999, la semana que conducía al Mundial de Verona, el primero de Oscar Freire.

Recuerdo pesimismo, Paco Antequera justificando una alineación ajena a las estrellas, con un bloque plagado de incógnitas, sin certezas.

Era un mal muy extendido en aquel ciclismo español, acostumbrado a a abundancia de Miguel Indurain, de Abraham Olano.

Pero si veníamos de un oro y plata en el mundial contrarreloj, un año antes, firmado por el mentado Olano y Mauri, segundo.

Esos días en Verona, Iván Gutiérrez se había colgado el oro en la crono sub 23 marcando el camino de otro cántabro hasta la historia hacia la inmortalidad.

Por que lo que sentimos entonces, viendo la evolución de Freire por el Mundial de Verona, lo ratificamos hoy.

Siempre delante, bien ubicado, atento, marcando lo que sería su carrera, saber pescar en río revuelto, entre estrellas rutilantes como Casagrande, Ullrich y VDB, que aquellos días volaba.

Cuando Freire nos contó su milagro de San Remo, explicamos aquel Mundial en Verona… la historia de un ciclista único.

Teledeporte nos lo recupera hoy.

El primer Mundial de Oscar Freire se consiguió entre un grupo de estrellas saliendo de la nada…

Recta final del Mundial de Verona.

Apenas 500 metros para meta.

Allí están las grandes figuras del ciclismo mundial, vigilándose entre sí.

Es el momento decisivo de la carrera.

Un despiste, una mala colocación, un pequeño corte o una rueda inalcanzable, y todo se iría al traste.

Y eso, después de 16 vueltas a un circuito de 16,25 kilómetros, habiendo tenido que superar la dura tachuela del repecho de Torricelle: 1,4 km al 9%.

Llevan más de 6 horas de pedaleo por un auténtico recorrido rompe piernas.

Todos se preparan para el esperado desenlace final abocado al sprint. El pequeño grupo de elegidos está integrado por nueve corredores.

Llevan un rato zigzagueando, jugando al gato y al ratón.

Hay un pequeño parón.

De repente alguien ataca: ¡se trata del único integrante de la selección española!

Los Zberg, Robin, Casagrande, McRae, Camenzind (actual campeón y portador del maillot Arco Iris), Vandenbroucke, Ullrich y Konyshev, se miran unos a otros.

Apenas unas décimas de segundos de dudas. Para cuando se dan cuentan, el «tapado», que había saltado por la derecha como una flecha, ya había cogido unos cuantos metros de distancia.

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Los suficientes.

Tan sólo cuatro segundos de margen que le sirvieron para levantar los brazos: ¡Campeón del Mundo de fondo en carretera! El segundo español en lograrlo tras Abraham Olano.

¡Sí! ¿Pero quién es? -se preguntaba la gente.

¡Es Óscar Freire! -narraba con voz entrecortada el recordado Pedro González.

El instante que Oscar Freire lo cambió todo

Recuerdo aquel momento.

Nadie se lo esperaba.

Sí, venía un español en el grupo de elegidos pero nadie hubiera dado un duro por aquel desconocido chico que, eso sí, había aguantado con los mejores hasta el final.

Bastante había hecho. Pero no se conformó. Afortunadamente.

Cuando saltó del pelotón yo salté con él, de golpe, para acercarme hasta la televisión y no perderme aquel histórico momento con todo detalle.

No me lo podía creer. Igual que un emocionado Pedro González que gritaba y no se creía lo que estaba pasando.

Como Perico. Como toda España.

Freire seguía avanzando. Nadie había sido capaz de ponerse a rueda. Continuaban vigilándose. Demasiado tarde. Todos brincamos de alegría con la tremenda sorpresa.

Pedro González no paraba de reír. De felicidad. Y Perico.

Con tan sólo 23 años se convertía en campeón del mundo.

Nadie se lo creía pero Freire ya era increíble.

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Óscar Freire Gómez, de Torrelavega (Cantabria), nacido el 15 de febrero de 1976, maillot Arco Iris contra todo pronóstico, estaba en aquel momento allí, en Verona, igual que se podía haber quedado en casa viendo la prueba por televisión.

Y lo corrió porque Paco Antequera, el seleccionador, había confiado en él ciegamente.

Freire, que no era cojo, ya había sido subcampeón del mundo aficionado en ruta en San Sebastián en 1997.

Y Paco lo vio correr allí y se fijo en él.

Ahí empezó todo.

Por resultados Freire no debía haber estado nunca en Verona.

Bueno, eso pensaban muchos periodistas que criticaron la decisión de Antequera.

Pero ambos les callaron la boca. Y de qué manera.

Quizás no sabían que Óscar llegaba en un excelente estado de forma, que había competido poco pero entrenado mucho. Apenas 11 carreras aquella temporada. Algunas molestias físicas en forma de dolores de espalda, de lumbares, de rodilla derecha e incluso un inoportuno pliegue muscular, hicieron que estuviera muchos meses sin competir.

ero él siguió entrenando, incluso con molestias. Hizo mucho fondo, llegando hasta los 230 kilómetros en una sola jornada.

Pero aquel día, en la línea de salida en Verona, era un perfecto desconocido para el ciclismo mundial.

Decían que aquella selección era la más débil de los últimos años, pero Antequera lo tenía claro.

La consigna para la carrera estaba definida: tener a Freire y a Martín Perdiguero lo menos desgastados posible durante los 228 kilómetros de recorrido para encarar con posibilidades las dos últimas vueltas.

Y vaya si lo consiguieron, protegidos por un gran Jon Odriozola que supo llevarlos tranquilos.

Muy bien lo tuvo que hacer el guipuzcoano porque Perdiguero se dejó ver y Freire ya sabemos lo que fue capaz de hacer, corriendo con mucha inteligencia y siempre en el grupo de cabeza, apareciendo en el instante oportuno.

Soy globero, ¿y qué? Anécdotas, historias, puertos, rutas y mucho más

En ningún momento perdió la serenidad con exhibiciones de fuegos de artificio. Para nada. Su carrera fue perfecta. En aquel mundial sabía que no le iban a vigilar mucho porque nadie le conocía. Eso le facilitó bastante las cosas, pero no le quitó ni un ápice de mérito a su victoria.

Demostró ser un corredor muy listo, con fuste de líder, y en las temporadas siguientes acabó consagrándose como lo que era, un gran campeón, repitiendo título mundial en Lisboa 2001 y sobre todo, de nuevo, en su ciudad talismán: Verona en 2004, consiguiendo su tercera corona, éxito sólo al alcance, en aquel momento, de los Binda, Merckx y Van Steenbergen.

Aquel domingo 10 de octubre muchos pensaron que aquello tenía que ser solo flor de un día, que había sido un milagro o que había sonado la flauta de casualidad, incluso se habló de la mayor sorpresa en un Mundial desde que un holandés ganara a lo «Ottenbros» el campeonato de 1969 en Zolder (Bélgica). Pero Freire era diferente, era un Óscar de Oro.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de Velominati

#Moments2018 Una orquesta sonó en Innsbruck

Ciclismo- Alejandro Valverde JoanSeguidor

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Alejandro Valverde lo tuvo todo para acabar de arcoíris en Innsbruck

Quien más quien menos imaginó, aquí los primeros, que Alejandro Valverde nunca sería campeón del mundo.

El longevo murciano las había visto de todos los colores.

Viendo como Kwiatkowski, Bettini o Gilbert le ponían nubarrones al arcoíris.

Siendo testigo del desastre de Florencia y el drama de Purito.

Trabajando para Freire en Verona o guardando las espaldas de Astarloa en Canadá.

Comprobando lo rápida que era la primera versión de Tom Boonen.

Pero si una cosa es Alejandro Valverde es que es inasequible al desaliento.

Es tremendo, un martillo, que insiste e insiste.

Hasta que lo logra.

Todos teníamos la certeza que en Innsbruck tendría que sonar música clásica para que los astros se alinearan para Alejandro Valverde.

Y se alinearon.

Lo tuvo todo.

Y lo primero el equipo, una orquesta afinada, esta vez sí, a la perfección por Javier Mínguez, el seleccionador sin sueldo, no doy crédito.

Si a veces nos quejamos porque el veterano técnico era muy de ponerse la venda antes de la herida, esta vez la alineación de los astros invitó a jugar en grande.

Y la selección española de Omar Fraile, Ion Izagirre, Mikel Nieve y compañía fue la filarmónica de Viena.

Apretando y midiendo en cada momento y cada tramo, como cuando Luis Pérez, Mancebo, Nozal y compañía apretaban los dientes por Oscar Freire.

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Y no falló si quiera el capo, Alejandro Valverde, el corredor marcado por los ojos de los rivales y la gracia de los dioses.

Alejandro Valverde supo que eso era una carrera de supervivencia en la salvajada de recorrido que los austríacos habían diseñado a su medida.

Un guante de seda, ajustado y fino que le puso en bandeja el título por el que suspiró desde el primer día que se puso un dorsal en profesionales.

Caía uno, se descolgaba otro.

La música de Innsbruck estaba escrita, sonó bien y el ciclismo hizo justicia con Alejandro Valverde.

Mundial de Innsbruck: Alejandro Valverde en el triunfo de su vida

Mundial de Innsbruck - Alejandro Valverde JoanSeguidor

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Si hubo una carrera que soñó Alejandro Valverde fue el Mundial de Innsbruck

A los que vimos a Alejandro Valverde escoltar a Igor Astarloa en Hamilton, Canadá.

Plata hace quince años.

A los que nos emocionamos con el triunfo de Oscar Freire con Alejandro Valverde lanzándolo.

Verona, hace catorce años.

A los que lloramos aquella tarde de lluvia y otoño incipiente en Florencia.

Este oro, este arcoiris de Alejandro Valverde es algo por todos soñado, por afines, rivales, gente del ciclismo.

Su hubo un mundial soñado por Alejandro Valverde fue éste. 

La carrera perfecta, de principio a fin.

Si otras veces lamentamos que Javier Minguez se pusiera la venda antes de la herida, hoy, en Innsbruck, en la carrera más bella del año, en una escenografía propia de etapa reina del Tour, todo salió.

España corrió de 10.

Y salió, entre otras cosas, porque a Alejandro Valverde no lo vimos casi hasta la última vuelta.

Un mundial duro, pero que muy duro, en el que los corredores, estrellas hechas y derechas caían por agotamiento, que en esa selección deshojó opciones hasta que Alejandro Valverde se vio delante, con opciones, con todo a favor.

Y toda la lucidez que le extrañamos otras veces, en Florencia, en Salzburgo, en Ponferrada, emergió en el campeón.

En esa rampa de la que llevábamos meses oyendo, Valverde aguantó los envites de Romain Bardet.

Los mismos ataques que eliminaron a Julian Alaphilippe, primero, y a Gianni Moscon, después.

Y sin Moscon, ni Alaphilippe, habiéndose quedado tostados antes Nibali, Kwiatko, los Yates y compañía…

… Alejandro Valverde lo tenía.

No hubo un Rui Costa, ni un Paolo Bettini, Valverde se puso primero, como en esas Liejas que ganaba transmitiendo poder, dominio.

Y en ese control salió el arociris, atrás, al final del camino, por encima del arco de meta.

No podía ser que Michael Woods le ganara al sprint, ni Woods, ni Bardet y menos Tom Dumoulin, carrera corrida a contrapié.

Valverde suma su séptima medalla en un mundial, un oro, real y tangible, que se cuelga de ese cuello acostumbrado a bronces y platas.

Cualquiera que tenga gusto por este deporte no se puede quedar impasible con Alejandro Valverde y lo que implica su trayectoria.

El concepto de Émoda, al descubieto 

Dieciséis años después de pisar el máximo nivel, Alejandro Valverde ya tiene la carrera para que parecía haber nacido.

Llevará la prenda arcoiris un año, seguro, pero podemos decir que este murciano se podría retirar más que tranquilo.

Mundiales de leyenda: Hinault ganó el más duro de la historia

Mundial ciclismo - Bernard Hinault JoanSeguidor

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En el imaginario del mundial de ciclismo, Hinault y Sallanches tienen un sitio especial

Aplastando su bicicleta con una potencia descomunal, empujando a fondo los pedales y siguiendo adelante, como una fuerza irresistible de la naturaleza, donde otros habían fallado o no habían podido más.

Así ganó Bernard Hinault, “el Tejón”, posiblemente el Mundial más duro de la historia.

Y lo hizo ganando como un artista de la bicicleta, dando todo un recital en su país y exhibiéndose ante su afición.

Aún muchos recordaremos su victoria como la más memorable de su carrera deportiva, si nos remitimos en exclusiva a pruebas de un día.

Aquel 31 de agosto de 1980, el Mundial de Ciclismo en Ruta consistía en un circuito en el que se tenía que ascender 20 veces al Domency, una cota de apenas 796 m de altitud situada en plenos Alpes franceses, pero que forzosamente se les debería atragantar a más de uno.

Hinault no sólo se llevó la victoria con más de 1un minuto de ventaja sobre su más directo perseguidor, también fue uno de los quince corredores que terminaron entre los 107 que tomaron la salida en Sallanches.

Un dato que habla por sí solo.

Hinault, con todo a favor

Fue un Mundial terrorífico.

Los franceses lo habían organizado todo para que ganara Hinault en su casa y así se lo presentaron sus compatriotas: en bandeja de oro, porque aquel durísimo circuito estaba diseñado para el mejor, más duro y completo, corredor del momento. Era su Mundial.

El comentario generalizado de la prensa, durante aquellos días previos a la competición, hablaba de que el recorrido de aquel campeonato era digno de una auténtica etapa reina del Tour.

Echemos cuentas.

Un circuito de 13,4 km al que habían de dar veinte vueltas; en total, 268 kilómetros que escondían una emboscada terrible: la Côte de Domancy, una cuesta de apenas 3 km al 8% de media muy exigente, pero con rampas máximas de hasta el 15%, en la que se salvaban 220 m de desnivel.

Las matemáticas no fallaron y esta inclinación multiplicada por 20 daba la friolera de 4400 m de desnivel acumulado.

Casi nada.

En su día lo llamaron “el circuito de la muerte”.

No era para menos.

Todas las selecciones que acudieron a inspeccionarlo, incluida la española, barruntaban que allí no iba a acabar nadie.

Casi aciertan.

Sin embargo Hinault, muy seguro de sí mismo, les decía a los periodistas franceses que “fueran poniendo el champagne en la nevera”.

Menudo tejón.

Fueron tantos los abandonos que, por las carreteras adyacentes al circuito, se veían más ciclistas en dirección a sus respectivos hoteles que compitiendo dentro de aquel perímetro.

Apellidos tan ilustres como los de Saronni, Zoetemelk, Moser, Kuiper, Raas o Knetemann, entre otros muchos, no pudieron finalizar la durísima carrera, dando la razón a un profético Cyrille Guimard que dijo, antes de comenzar el Mundial, que todos éstos no ascenderían ni 11 veces al Domancy.

Sólo se equivocó con Saronni, que lo subió doce veces.

El resto, todos, tiraron la toalla más tarde o más temprano.

Hinault, después de algunas escaramuzas previas para ir minando la moral de sus rivales, tomó personalmente el mando de las operaciones en la 13ª vuelta, situándose en cabeza de un pelotón cada vez más reducido de figuras reconocidas.

Estratega como pocos, endurecía cada ascensión sembrando de cadáveres todo el circuito, en una increíble labor de eliminación de sus contrincantes uno a uno. Iba a un ritmo de víctima por mazazo.

En la 17ª vuelta Hinault se quedó tirando de un grupo formado por Baronchelli, Pollentier, Millar y Mascussen. Tras ellos, cinco hombres en los que se encontraban Rupérez y Juan Fernández, que merece especial mención aparte.

A la vuelta siguiente cae de la nómina de candidatos, Rupérez. En la 18ª es Millar el que dice adiós y se descuelga, no pudiendo seguir el ritmo de los mejores.

En la penúltima vuelta ya sólo le aguanta Baronchelli, que bastante hace con seguir ahí, a rueda del implacable verdugo.

Por detrás, a más de 4 minutos, los perseguidores.

Soy globero, ¿y qué? porque hace unos cuantos años, y como decía un buen amigo mío, cuando me ponía el culote no conocía ni a mi padre

Les había metido un verano.

Pero entre ellos seguía aguantando un extraordinario Juan Fernández.

La última vuelta de Hinault

Ascendiendo la temible cota, Bernard ataca a Baronchelli y por fin lo deja fuera de combate.

El italiano había sido tan valiente que incluso le había dado al francés algunos tímidos relevos.

Pero el demarraje del bretón fue tan seco que bastó para que se marchara en solitario en busca de su maillot Arco Iris.

Bernard Hinault hace buenos los pronósticos, no defrauda, y se proclama Campeón del Mundo. El italiano entra en solitario a 1 minuto. A un kilómetro del final vienen el resto de perseguidores.

En el sprint Juan Fernández bate brillantemente a sus rivales, mucho más veloces que él, como De Vlaeminck, Pronk o Marcussen, consiguiendo una medalla de bronce con sabor a oro.

Una gesta inolvidable.

Mundiales de ciclismo JoanSeguidor
Curiosamente Sallanches no sale entre los mundiales más duros de la historia

Hinault, Baronchelli y Juan Fernández, fueron los tres grandes protagonistas, fueron los mejores, en una  larguísima jornada de ciclismo alpino, que hizo de aquel Mundial el más duro de la historia. También el más bello.

¿Conseguirá el Mundial de Innsbruck desbancarlo?

Por Jordi Escrihuela

Mundiales de leyenda: El mundial que debió ganar Miguel Indurain

Mundial 1993 Miguel Indurain JoanSeguidor

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En el Mundial de Oslo, Miguel Indurain era el más fuerte con diferencia pero se cruzó Lance Armstrong

Lance Armstrong en 1993 debería pesar sus buenos 80 kg, unos ocho o diez más de los que tenía, en plena forma, cuando dominó de forma tiránica durante siete años consecutivos -de manera fraudulenta- en el Tour de Francia de las ediciones entre 1999 y 2005.

Muchos jóvenes que lo descubrieron por aquel entonces, siendo el rey de la gran ronda gala, quizás hoy, si visionaran el video de aquella épica carrera, puede que no reconocieran a aquel descarado joven norteamericano que, en la penúltima vuelta de aquel mundial, atacara con decisión para convertirse en Campeón del Mundo con tan sólo 21 años.

Porque Lance, como ya le avisó Merckx, tenía que bajar de peso si algún día quería competir ascendiendo montañas en carreras de tres semanas, ya que en aquella época, más que un ciclista, parecía un defensa de fútbol americano de anchas espaldas y mucha masa muscular.

Pero el circuito mundialista de aquel 29 de agosto en Oslo le venía como anillo al dedo.

Él lo sabía.

Era un semidesconocido aquel día en la capital noruega, pero estaba convencido que si corría con cabeza (algo poco habitual en él, más acostumbrado a dar rienda suelta a su fogosidad atacando sin mesura en todas las carreras que participaba y en las que acababa desfondado) tendría opciones de ganar.

Era un impaciente, pero en aquel Campeonato del Mundo se mentalizó que debería esperar su oportunidad.

Allí tenía que enfrentarse a los mejores ciclistas del momento, entre ellos a Miguel Induráin, el gran favorito, aunque el circuito noruego no era lo suficientemente duro para el campeón navarro.

Además las estadísticas tampoco le eran favorables, ya que indicaban que ningún corredor con 21 años había alcanzado nunca el maillot Arco Iris.

Así se vino para Noruega, concentrado sólo en la victoria, y acompañado por su madre, que en todo momento cuidó de él hasta en el más mínimo detalle.

La lluvia en el Mundial de Oslo

Aquella jornada en Oslo amaneció lloviendo.

Lo hizo torrencialmente durante todo el día. Los ciclistas lo pasaron muy mal durante las siete horas de carrera, pero hubo alguien que quizás aún lo pasó peor: Linda Monneyham, la madre de Armstrong, que estuvo sentada en la grada sin moverse, contemplando empapada el paso de los corredores y viendo cómo muchos iban cayendo en aquel circuito de 18,5 km.

La calzada se había convertido en lo más parecido a una pista de hielo de patinaje.

Un circuito muy malo y peligroso.

Recuerdo incluso como el propio Perico, que corrió pero no acabó, criticaba con dureza a la organización.

Los ciclistas seguían desplomándose como moscas y salían despedidos hacia todas partes.

El propio Armstrong cayó dos veces, aunque pudo montarse de nuevo en su bicicleta y seguir compitiendo. Continuaba esperando su momento.

 

Faltando 14 vueltas estaba en el grupo de cabeza que comandaba Induráin junto a Museeuw, Fondriest, Riis o Tchmil.

Aunque para él la presencia del tricampeón del Tour era su mayor amenaza.

Allí, en el fondo de aquel grupo, supo permanecer escondido hasta aquella penúltima vuelta en la que decidió pasar al ataque.

Ahora o nunca, pensó.

Llegó con una ligera ventaja al ascenso del Ekeberg, la mayor dificultad de aquel recorrido.

Pero aún seguía sintiendo el aliento en su cogote de sus perseguidores.

Andaban muy cerca.

En ese momento volvió a pensar en lo de siempre, que quizás otra vez, otra maldita vez, había vuelto a atacar demasiado pronto, cometiendo el mismo error de nuevo.

Sin embargo en ese instante en el que estuvieron a punto de darle caza, se levantó sobre su sillín, apretó los dientes, demarró con fuerza, y aumentó ligeramente su ventaja.

En el descenso del Ekeberg le sobrevino el pánico.

Eran 4 kilómetros de carretera deslizante.

Podría caer de un momento a otro.

Era lo más fácil.

Al final pudo sortear aquellas curvas manteniéndose muy firme y con mucha fuerza.

Al llegar abajo se giró: ¡no venía nadie! No se lo podía creer. Iba a ganar. Nadie había saltado a por él. Puede que la vigilancia extrema a la que se sometieron por detrás hizo que lograra ese pequeño margen de tiempo.

 

Fue suficiente, porque quedaban tan sólo 700 metros para finalizar aquel infierno, y pudo celebrarlo, cerrando los puños, tirando besos y saludando a los aficionados.

Cruzaba la meta y lograba levantar los brazos en solitario.

La primera en ir a su encuentro fue su madre.

Y allí se quedaron los dos, abrazados bajo la lluvia y calados hasta los huesos, echándose ambos a llorar.

No había mucho tiempo para más. El rey Harald de Noruega le esperaba. Quería conocerlo.

El sprint de plata de Miguel Indurain

Por detrás, a tan sólo 19 segundos del texano, Induráin, gran sorpresa para todos, conseguía batir al sprint a auténticos especialistas como Olaf Ludwig y Johan Museuuw: plata, bronce y chocolate, respectivamente.

Por muy poco se había quedado de conseguir ganar la Triple Corona: Giro, Tour y Mundial en un mismo año.

No pudo ser.

Luego supimos que, a pesar de aquella medalla de plata lograda con todo merecimiento, Induráin estuvo a punto de abandonar a mitad de carrera.

Él mismo confesó no encontrarse bien ante aquellos adversos elementos como el frío y la lluvia, pero pudo rehacerse y acabar de la mejor manera posible.

Soy globero, ¿y qué? porque mis salidas eran a cuchillo con las pulsaciones desbocadas, llevando las fuerzas al límite.

El maillot Arco Iris se le volvía a resistir, como el año anterior en Benidorm (6º) o el bronce de Stuttgart del 91.

En ambas ocasiones el mismo ganador, el mismo campeón mundial: un imperial Gianni Bugno.

Estaba claro que aquel maillot arco iris no descansaría hasta que no fuera a parar a la espalda de Miguel.

Texto: Jordi Escrihuela

 

 

 

Mundial de Innsbruck: Por las venas de Remco Evenepoel corre electricidad

Remco Evenepoel JoanSeguidor

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Remco Evenepoel saca y remata los córners

Llevo toda la semana oyendo hablar de Remco Evenepoel.

Incluso la Biblia L´ Equipe le dedica una página en su previa del Mundial de Innsbruck.

Es Remco Evenepoel y se ha llevado en tres días dos títulos de campeón del mundo: crono y ruta.

Es pequeño, es visceral, no parece flamenco, corre a talegazos, sin paciencia, casi desmelenado.

No ataca, pone un ritmo infernal como la cinta del gimnasio, tensa la goma y rompe los rivales, que se abren, uno a uno, con la cadencia de un rodillo.

No se pone de pie, no abre la boca, gesticula y manda en el pelotón.

La carrera juvenil en ruta del Mundial de Innsbruck ha confirmado lo que hemos leído.

Evenpoel es TT ¡en España!

Menos mal, y digo menos mal, que hubo una caída en el primer tramo y el belga se cortó.

Y digo menos mal, no porque quiera ver ciclistas por el suelo, Dios nos libre, y porque ese corte ha significado una emoción en circunstancias normales no se hubiera dado.

Remco Eevenepoel perdió más de minuto y medio con los mejores, se rehizo, tiró de compañeros y pudo entrar para decir basta a cuarenta de meta y quedarse sólo a unos veinte.

Sinceramente, no hemos visto cosas así muchas veces.

Un talento desbocado, la sensación de que este corredor cabalga sobre una moto y sus rivales van haciendo a pelo.

Un triunfo de esos que dejan sin palabras.

Remco Evenepoel con los pies en el suelo

«Eddy Merckx no ganaba en categorías inferiores»

Todo esto que hemos explicado sería hasta cierto punto entendible si no supiéramos del pasado inmediato del chaval.

Futbolista hasta hace poco, en la selección belga y el Anderlecht supieron de él, incluso en el PSV, en Eindhoven, a 150 kilómetros de su casa.

Un día se hartó de la pelotita y le dio a la bicicleta.

Su suerte se torció para siempre.

Patrick Lefevere lo tiene ya cogido para el Quick Step, a partir de 2020, previo paso por la estructura americana de Axel Merckx.

De ahí, quizá, que le llamen «le petit cannibale».

Remco Evenepoel Equipe JoanSeguidor

El Team Sky, siempre a la caza de talento muy joven, preguntó por él, y se ve que pujó muy fuerte.

Hoy es doble campeón del mundo, es campeón de casi todo, de Flandes, de Bélgica, de Europa, de su calle y barrio.

Huge congrats to the Men Juniors Individual Time Trial TOP 3 #InnsbruckTirol20181. Remco Evenepoel ??2. Lucas Plapp ??3. Andrea Piccolo ??©bettiniphoto

Publicada por 2018 UCI Road World Championships Innsbruck-Tirol en Martes, 25 de septiembre de 2018

Gold, Silver and Bronze in the Men Juniors Road Race go to: 1. Remco Evenepoel ??2. Marius Mayrhofer ??3. Alessandro Fancellu ??#InnsbruckTirol2018 ©bettiniphoto

Publicada por 2018 UCI Road World Championships Innsbruck-Tirol en Jueves, 27 de septiembre de 2018

 

De como gestione su carrera va su suerte.

Sobre la máquina se ve un ciclista que tiene carácter, que manda y gesticula.

Algunos le comparan con la precocidad de Frank Vandenbroucke y aquella fue una historia que no acabó bien.

Y no sólo por su desenlace, también por las lagunas que tuvo su trayectoria deportiva.

Entendemos que las cosas ahora son diferentes, que hay gente preparada a su alrededor, que le pondrá los pies en el suelo.

El Mundial de Innsbruck, en el salón de casa

Este chico un día se hartó del fútbol, e incomprensiblemente para sus compañeros, se pasó al ciclismo.

Quizá en ese primer desengaño tenga una potente lección. Quizá eso le valga para cuando alguien le haga sombra.

Por el momento, como diría Antonio Alix: «Nosotros vimos ganar un mundial a Remco Evenepoel«.

Cada Mundial de Valverde es una historia

Valverde Mundial JoanSeguidor
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Seis medallas pero ninguna de oro en la última gran obsesión de Alejandro Valverde

Con 38 años, despachar que Alejandro Valverde no está en la recta final de su carrera sería una frivolidad.

Pero en su pacto con el diablo, Alejandro Valverde sabe que el Mundial es la carrera, su asignatura, el broche, no sé, pero sí un colofón a una carrera que sólo él podría firmar.

La historia sitúa a Valverde como el que más medallas se ha colgado en la carrera más bonita, la más incierta.

Colgarse seis medallas reviste un mérito increíble, incluso por mucho que nos tirásemos de los pelos cuando ha firmado una plaza en el podio.

Algo cuya dificultad podéis imaginar.

 

Valverde en el mundial: una tragicomedia

¿Qué imagen preferís de Valverde en la carrera más bonita del año?

Hay varias opciones: La de ese jovencísimo ciclista que saca del podio a Paolo Bettini en Hamilton, Canadá, año 2003, porque les gana el sprint por la plata.

El oro ya colgaba del cuello de Igor Astarloa.

Otra: La del corredor más maduro y alopécico cariacontecido en el podio de Florencia, en la carrera más eléctrica de los tiempos recientes.

Por un lado Purito llorando, por medio Rui Costa sin saber cómo le ha llegado, a su izquierda Valverde, autor de una “valverdada” por ver al luso partir sin saber que su rueda era la buena.

Hay más: el de Salzburgo que no remata un corte perfecto propiciado por Samuel Sánchez.

El día que Paolo Bettini se cobró la deuda de Hamilton.

Otra medalla: la de Madrid 2005, cuando “España iba bien” y Valverde mejor, tanto que no midió que en La Castellana había un tiro llamado Tom Boonen, más rápido que nadie ese día.

Y dos más, las de Valkenburg y Ponferrada, en las que nos quedamos con sensación de vacío porque Gilbert y Kwaitkowski se colgaron un oro que llevaba cincelado el nombre de Alejandro Valverde.

Pero belga y polaco fueron más inteligentes, más certeros.

 

Valverde en Innsbruck

Para el Mundial de Innsbruck no parece haber otra baza española que la de Alejandro Valverde.

Sobre el papel es lo normal y lógico.

Tener dos o tres cartas es bueno y malo. Ya lo hemos visto.

El blanco Sky en vuestra mano 

Que Valverde pueda estar en la pomada, creo que pocos lo dudamos, que se alineen los astros en una carrera con tanto gallo y tanta dureza, es otra cosa.

Si vuelve a pisar el podio, volveremos a sonreír ante ese murciano que hace sencillo lo que muchos ni imaginamos intentar.

Aunque nos quedará la sensación de que quizá, posiblemente, el último cartucho se quemó en el Tirol austriaco.

Imagen tomada de TopBici

Mundiales de leyenda: Cuando Olano e Indurain no dejaron ni los restos

Mundial Duitama JoanSeguidor

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El mundial de Duitama permanece en la memoria incorrupta del mejor ciclismo

Duitama, Colombia, mundial de ciclismo.

Puñetazo al aire.

Alegría, rabia contenida, gesto de fortaleza, una sonrisa en la cara.

No ganó, pero como si lo hubiera hecho.

¡Qué más daba! Primero, segundo o tercero.

¿Y qué?

A Miguel Induráin le dio igual aquel día -o pareció darle lo mismo- porque sí, porque triunfó Olano, pero sobre todo venció un equipo: la selección española.

Echavarri y Unzúe, del Banesto, seguro que no pensaron igual.

La intrahistoria del mundial de Duitama

Así nos quisieron vender -y justificar- que Miguel no ganara su Mundial, corona que tanto anhelaba.

Unos días antes sí había sido Campeón del Mundo: contra el cronómetro.

Pero él sabía que no era lo mismo.

Él quería ganar la prueba en ruta, la que otorga el prestigio, la carrera que te lo da todo en un día pero también te lo puede quitar en un suspiro.

Algunos dicen que esta carrera es una lotería, con más o menos acierto.

Pero aquel día en Duitama, en un circuito para escaladores, ganaron los dos mejores contrarrelojistas del mundo en aquel momento.

Oro para Olano, plata para Induráin.

Los papeles de la prueba contra el reloj se habían invertido el jueves anterior a aquel inolvidable domingo: oro para Miguel y plata para el que muchos vieron en él a su sucesor, su espejo.

Algunos decían que hasta se parecían.

Físicamente.

Induráin supo ganar perdiendo.

Muchos quizás no se lo perdonaron. Que no ganara, claro.

El mejor ciclista del mundo, entre los cinco mejores de la Historia, tenía que haber reinado aquel día.

Pero con un fair play exquisito, respetando al máximo las reglas del juego, el campeón navarro, en aquella memorable jornada del 8 de octubre de 1995, volvía a ser Don Miguel Induráin Larraya.

Un caballero, un fiel escudero, el gregario perfecto que, con su sola presencia, mantuvo a raya a los Pantani, Richard o Gianetti, cuando Olano saltó del grupo, abrió gas, y dio el hachazo definitivo.

Los intentos de contra-ataque de sus rivales quedaron frenados por la sombra omnipotente del gigante de Villava.

Si alguien intentaba irse a por Olano, allí estaba Miguel, acompañado de un magnífico Chaba Jiménez, para ponerse a su estela y decirles: «aquí estoy yo. Si te vas, me voy contigo y luego te machaco».

Así fue.

Nadie tuvo los arrestos de toserle a Miguel, mientras Abraham Olano iba abriendo hueco por delante.

Un golpe de efecto demoledor y que nadie esperaba.

Todos creían que sería Induráin quien lanzaría el primer ataque.

El pinchazo de Olano

En la penúltima vuelta hace un amago de intento, después de haberse retrasado algo del grupo por culpa de un pinchazo en uno de los momentos más decisivos de la carrera.

No prospera.

Es entonces cuando Olano piensa que es su oportunidad y sale disparado en busca del Arco Iris en un día especialmente lluvioso aquel día en Duitama.

Y lo hace ante la perplejidad del resto de integrantes de aquel pequeño grupo de elegidos que se iban a jugar la victoria en uno de los mundiales más duros de la historia que se recuerdan: 15 vueltas a un circuito de 17,7 km para completar nada menos que 265,5 km y con un tremendo muro en su recorrido: la subida al alto del Cogollo, una cota que se ascendía desde los 2500 m hasta los 2900 de altitud en apenas 4 km, con una pendiente media al 6,6% pero con rampas máximas de hasta el 13%, un auténtico muro que tuvieron que ascender 15 veces. Sólo apto para escaladores puros.

Un circuito pensado sobre todo para los escarabajos colombianos.

Pero allí estaban los mejores del mundo, y un equipo, la selección española, que no sólo fueron Abraham y Miguel, sino también el trabajo de los Jiménez, Escartín o Mauleón, entre otros, capitaneados por Pepe Grande, omnipresentes en todo momento ante los ataques de sus rivales, controlando a la perfección la carrera que marcó un hito histórico para el ciclismo español.

Sin embargo, el triunfo de Olano no estuvo exento de suspense y por algunos momentos de drama.

Fue un instante, un ruido extraño en el tubular trasero de su bicicleta: ¡pinchazo!

En aquel momento, el ciclista de Anoeta miró para atrás y no vio a nadie.

Quedaban tan sólo 2 km por delante pero todo un mundo por recorrer con una rueda pinchada.

Aunque con miedo, echándole valor, continuó pedaleando como si no hubiera un mañana a la búsqueda de su particular Arco Iris en aquel día nuboso y gris.

El Mundial que pudo haber sido de Indurain

Por detrás Induráin, con su sola presencia seguía vigilando a sus perseguidores, mientras que con su ejemplar compromiso y trabajo iba abriéndole las puertas de la gloria a su compañero y delfín.

Abraham siguió avanzando con su tubular pinchado, ante la angustiosa mirada de medio mundo, hasta que por fin pudo alcanzar la meta después de 7 horas, 9 minutos y 55 segundos de duro e intenso pedaleo.

Apenas pudo celebrar su victoria en meta, manteniéndose en equilibrio para no caer, con un modesto gesto levantando su mano izquierda, casi como saludando con prudencia. 35 segundos más tarde entraba Induráin, plata de ley, batiendo al sprint, con mucha rabia, a Pantani (bronce) y Gianetti (chocolate).

Un mundial para enmarcar y recordar.

Para ver una y otra vez.

Para disfrutar.

Una carrera para guardar en videoteca y enseñarla a las jóvenes promesas como modelo de ciclismo de manual, de lección de cómo hay que competir encima de una bicicleta, una clase magistral de táctica y estrategia impecablemente ejecutada.

El Mundial de Innsbruck en Bkool

La recuerdo como si fuera ayer y ya han pasado 23 años. Olano e Induráin, Induráin y Olano, pareja de oro.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de Altimetrías Colombia