El mundial que cambió nuestras vidas

Duitama es una ciudad del corazón de Boyacá, la región colombiana que alumbra ciclistas como Nairo Quintana. Hasta allí, a 2500 metros sobre el nivel del mar, se fueron los Campeonatos del Mundo de 1995. Fue una tarde-noche de octubre en España, mediodía allí, exactamente igual que en Richmond.

Aquellos se consideraron uno de los Mundiales más duros de la historia. La vertiginosa altitud del lugar se unía a una subida llamada el Cogollo que superada muchas veces fue un cuchillo en el alma de muchos ciclistas. Acabaron la cita muy poquitos y dejaron en anécdota la legendaria edición de Sallanches, que ganó Hinault, en medio de una deserción generalizada por la complejidad de la carrera.

La selección española, virgen en el palmarés mundialista, era el combinado a seguir. No en vano llevaron lo mejor de cada casa encabezado por Miguel Indurain, aclimatado en Corolado y dorado en la crono de días antes.

La carrera se planteó así, en un duelo de todos, principalmente la selección italiana, contra la hispana. Sin embargo el equipo de Pepe Grande planteó la carrera al revés. Sin dejarse llevar por el pánico de los cortes las agujas de Grande siempre estaban delante, presentes y perennes, algo que evitaba coger el mando del pelotón donde Indurain quemaba y quemaba vueltas imponiendo pero no gastando.
De esta manera Fernando Escartín secó el ataque Felice Puttini y José María Jiménez el de Mauro Gianetti. Los suizos, tan buenos en lo individual, pero tan malos en los colectivo, estaban ahí siempre presentes, si bien fue Italia la que más se mostraba con Lanfranchi, Pelizzioli y Casagrande rodeando a Pantani.

A vuelta y media Indurain pinchaba, pero alcanzaba rápido el grupo. Poco después, con el navarro en punta, pasando revista, atacaba Abraham Olano, ya no le verían hasta meta, exhausto, roto, pero campeón, campeón del mundo nada más, tras pasar por dos trances, uno deportivo, superar en ritmo y cadencia los intentos de Casagrande, Pantani y Gianetti por cogerle, y el otro azaroso, el pinchazo que le obligó a rodar en llanta los últimos metros.

Poco después de Olano, Indurain, que dos años antes había desplazado a gente como Museeuw y Ludwig del podio con un poderoso sprint, no tuvo problemas en imponerse a Pantani y Gianetti. Oro y plata, tras casi setenta años de mundiales, España se estrenaba con doblete.

La actitud de Indurain, protegiendo a Olano, molestó mucho en ciertos entornos y no son pocos los que marcan aquella semana, y el fallido récord de la hora, a los pocos días, como el punto de inflexión en la relación de Indurain con el tándem Unzue-Echárvarri. Olano hizo bien, muy bien, jugó la baza del marcaje a Indurain, le salió ganadora, como le podría haber salido a Chava o Escartín cuento fueron por delante poco antes. Aquello fue sin duda el principio del fin de muchas cosas.

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Hiere como una bala, flota cual silbido, es Nairo Quintana

Hay un pequeño cuerpo, que no es extraño, pero sí solvente en el corazón de la vanguardia del pelotón. Su nombre asoma, cada vez, más por encima de la trinchera. Viene de Boyacá, una región central en el mapa colombiano. Cercada de montañas por el oeste, un ramal andino. Tunja es su capital, y en su perímetro hay un lugar llamado Duitama, ¿lo recuerdan? Sí aquel mundial del 95, retransmitido en prime time, por la noche. Un país, dos ciclistas. Qué hermosa tarde de Abraham Olano y Miguel Indurain.

Pero volvemos a ese ser azul, que trepa como los ángeles, como si sus tubulares no friccionaran sobre el quebrado asfalto de Vallter 2000 o Port Ainé. En ésta última, a menos de dos kilómetros de meta, le vimos, entre Vandenbroucke y Purito. La elegancia de su sincronía nos reclamaba la mirada. Es Nairo Quintana. Es un angel. Levita sobre su bicicleta, pero hiere en el golpe directo. Su futuro se anuncia esplendoroso.

Recordamos Cuitu Negru. La los tres grandes de la Vuelta en la locura. Un cuarto se les añade y les desborda. En este ciclismo de porcentajes increíbles Nairo impone su poder de escalador flotante. Pero además está en un equipo que le da la dosis de gloria lo suficientemente dosificada como para que le sepa a poco y quiera más. Incluso no frustra su potencial como Sky hace con Uran y Henao, dos talentos entregados al rodillo negro. Le da cuerda. Le suelta la rienda. Esto es bueno. Se acostumbra a ganar.

Posiblemente se haya convertido en la mejor pieza alrededor de Alejandro Valverde. Le ayudó en Andalucía, y el murciano ganó. En la París-Niza pudo haber optado al podio. En Catalunya maniobra en el terreno de Purito e incluso le moja la oreja. Miren lo que pasó en la cima de Vallter 2000. El saludo torero, no explicado por el momento, deja claro que éste ya se ha tomado la alternativa.

Tiene sólo 23 años. Esta temporada ya lleva un buen bagaje. Ha estrenado incluso el casillero. Pero su tono es constante. Ese físico pequeñín y frágil en apariencia no le priva de ser convidado principal durante todo el año. El pasado por ejemplo anotó varias veces, y no en cualquier sitio, Vuelta a Murcia y  Dauphiné, incluso en una clásica como Giro de Emilia, sucediendo a un antioqueño apellidado Betancour.

La segunda línea del Movistar crece y empuja, tanto que incluso una generación intermedia queda hasta descolocada. Nairo nos enamora, pero Andrey Amador camina por las quinielas de los grandes, Angel Madrazo despierta pasiones y Jonathan Castroviejo tiene un motor enorme. Unzué es de todo menos tonto. Ficha bien. Esperemos que los lleve mejor.

Foto tomada de http://www.eitb.com