Lo que la ONCE aportó al ciclismo

ONCE ciclismo JoanSeguidor

En el haber de la ONCE en el ciclismo perduran grandes innovaciones

Decir ONCE ahora mismo en ciclismo no es bienvenido por muchos, una palabra prohibida de un tiempo prohibido del que nos acoramos muchos estos días huérfanos de Tour de Franca y de tardes de julio sin bicicletas.

Hace pocos días se cumplieron 25 años de una de las jornadas icónicas de la ONCE, cuando el equipo no vestía de amarillo, y sí de rosa en aquellos Tours en los que no se podía vestir como el líder.

Un poco como lo de no ir más guapa que la novia a la boda.

 

Un cuarto de siglo de trampa de Mende y la salida en tromba de Manolo Saiz y los suyos

Oír a Jalabert hablar de aquella jornada, del bus, del desarrollo, de todo eso… habla de la intensidad de un día que pasó a la memoria de toda una generación. 

Una generación que crecimos amando el ciclismo en la negra década de los noventa.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Ahondar toda la grandeza que la ONCE alcanzó en el ciclismo en el charco de la trampa no es más que una visión parcial de la realidad.

Leemos esta pieza en un medio muy crítico con todo aquel ciclismo y nos damos cuenta que el legado de la ONCE en ciclismo merece también otras lecturas.

Sitúan la acción en aquella etapa del Tour de 1992 cuando el equipo echó el resto para que Laurent Jalabert pudiera ser el primer francés, desde Bernard Hinault, en vestir el maillot verde.

Venden aquella jornada como una actuación coral en la que el valor del equipo se impuso en beneficio de su líder.

Y eso también fue la ONCE, un bloque que era uno, rocoso y férreo, que no sólo intimidaba, también ejecutaba el plan establecido con una precisión suiza.

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Cosas así no son fruto de la casualidad ni la improvisación que otros han llevado a cabo, entrenando cronos por equipos solo cuando una grande prevé ponerla ese año, eso es método y plan, estrategia y ejecución, cosas que hace 25 años sonaban a cuentos chinos en muchos sitios.

Esa forma de hacer la impuso un chavalillo llamado Manolo Saiz en 1989, desconocido para todos, pero con ideas bajo el brazo que vinieron para quedarse. 

En la relación de innovadores en ciclismo no hubo tantos, señalan lo que ha hecho el Team Sky esta década, también el Garmin de Vaughters, antes pudieron contarse Guimard y el tinglado que montó con Fignon, los bloques de Peter Post y poco más.

La ONCE merece ese sitio en el ciclismo según un medio anglosajoón, garante de la limpieza y la moral, y eso es de destacar. 

Podremos sacarle mil peros, todo fue mejorable, pero cada uno vivió su tiempo y compitió con lo que hubo, pero que ver imágenes de Breukink en el Tour del 93 con ese mono, recordar esos cascos Giro, esas Look, es beber de una modernidad avanzada a su tiempo es una realidad, como que la armada amarilla fue una avanzada a su época.

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26 años sin Antonio Martín Velasco

Antonio Martin Velasco JoanSeguidor

Antonio Martín Velasco se nos fue muy rápido

 

Stefano Della Santa, ciclista italiano de segundo orden pero con un curioso palmarés, dominaba esos días la escena. Eran días de frío. El ciclismo se desperezaba. Recuerdo la etapa de la Vuelta a Andalucía subiéndose por entre paredes de nieve. Días fríos, repito, días espantosos. Antonio Martín Velasco, el mejor ciclista joven español del momento, coetáneo de otro buen corredor Mikel Zarrabeitia, perdía la vida entrenando. El retrovisor de un camión golpeó al excelente ciclista madrileño provocándole la caída y posterior fatal desenlace. No andaba lejos de su casa.

Antonio Martín es un corredor que muchos recuerdan por lo poco pero tan bueno que nos dejó. Algo similar a lo que lograría Mariano Rojas a los dos años. Rojas también falleció, aunque en este en accidente de tráfico. Ambos fueron libros con páginas en blanco del ciclismo español. Ambos dejaron huella por su trabajo, enorme talento y su tamaño humano.

Ese invierno, de 1993 a 1994, el ciclismo español vivió cambios profundos. El Clas por ejemplo entró en connivencia con Mapei. El equipo liderado por Tony Rominger era el germen del gran Mapei, una estructura con alma asturiana para siempre. En la acera de enfrente la ONCE mantenía sus posesiones, el incipiente Alex Zulle –segundo en la anterior Vuelta a España- y Laurent Jalabert, a punto de permutar hacia el ciclista maravilloso que todos recordamos.

 

Luego estaban las otras dos grandes estructuras, el Banesto de Miguel Indurain y el Amaya, gestionado por Javier Mínguez. Ambos equipos se fusionaron bajo la tutela del banco. Todo el Seguros Amaya entraba en casa de Echávarri y Unzue. Antonio Martín fue uno de los argumentos que justificaron esa operación. Venía de ser el mejor joven del Tour de Francia con una actuación sostenida y sólida. En esa época no se vestía de blanco al corredor,  pero si se le distinguía con un emblema blanco en un costado del pecho. Recordamos así al siempre joven ciclista, fino, moreno, quebrando el cielo azul y la marabunta en las cimas alpinas, mirando arriba, buscando la cima.

Todo presto para la Epic Gran Canaria 

Veinte años después hacemos acopio de memoria por este excelente ciclista que un día nos dejó sin previo aviso. La desgracia en las carreteras sigue vigente, pocas cosas han cambiado desde entonces. El país que camina hacia el momento más civilizado de su historia sigue viendo imposible la convivencia entre ciclistas y conductores en las carreteras. Algo falla.

Imagen tomada de Movistar Team

¿Y si Miguel Induráin hubiese fichado por la ONCE?

Indurain en la ONCE: ¿Asaltar el 6º Tour, ganar por fin la Vuelta o ir a por clásicas y Mundial?

Lo reconocemos. Nos encantan estos ejercicios de ciclismo ficción e Indurain es un caramelo, la ONCE sería la guinda. 

Nos gusta crear ucronías y hacernos preguntas del tipo: “¿Qué hubiera pasado si…?”

 

Fantasear con historias alternativas, hechos que no sucedieron pero que podrían haber ocurrido perfectamente.

Ahora que está tan de moda hablar de universos paralelos (o multiversos) en los que cada decisión cuenta, partiendo siempre de nuestro mundo real.

Por eso es nuestro propósito recrearnos con la fascinante idea de qué habría pasado si Induráin, aquel lejano mes de diciembre de 1996, hubiese fichado por la ONCE.

Pongámonos en situación, todo viene por este apunte que encontramos en Facebook

Estamos en Torrelavega, donde Manolo Saiz está pasando las fiestas navideñas.

Todo hace pensar que Miguel Induráin se retira, que cuelga la bici, que lo deja.

Pero él aún espera una última llamada.

Suena el teléfono en casa de los Saiz.

Lo coge Manolo con una sensación parecida a tener un nudo en la garganta.

_¿Diga?

Al otro lado de la línea está nada menos que el campeón navarro.

_Acepto, Manolo. ¿Cuándo empezamos?

 

A la ONCE, en aquel momento, le acaba de tocar, de golpe, el cuponazo, la lotería de Navidad y hasta la del Niño.

Eso sí, aquel boleto les ha costado la nada despreciable cifra de 600 millones de pesetas.

El director de la ONCE llevaba manteniendo contactos con Induráin durante las últimas semanas.

Mucho se había especulado sobre su posible fichaje.

Hacía unas cuantas semanas, una noche, se habían sentado en torno a una mesa en Vitoria.

En aquella cena, existían aún importantes diferencias económicas entre lo que Miguel deseaba y lo que ofrecía el equipo ONCE.

Pero el dinero no iba a ser problema.

Induráin lo que necesitaba principalmente era confianza.

Y la encontró en las propias de palabras de Manolo Sáiz que le profesó: “Quiero trabajar al menos un año más contigo y, sobre todo, ayudarte a ganar el tan deseado sexto Tour”.

En esa conversación Miguel se encontró reconfortado.

Sabía, sin lugar a la menor duda, que aún atesoraba calidad en sus piernas para optar al Tour y que podría elegir el mejor calendario para prepararlo de la mano de la ONCE.

Además Manolo le prometió llevarse al equipo a su hermano Prudencio y a su fiel escudero Marino Alonso.

¿Qué más podía pedir?

 

Aquella llamada de teléfono cerró el fichaje bomba de la década y la noticia corrió como la pólvora por todo el planeta ciclista.

Hubo una gran explosión de alegría entre los aficionados, si bien muchos arrugaron la nariz, sembrando muchas dudas, a la hora de creer que tanto Jalabert como Zulle fueran a sacrificarse por su nuevo líder.

Hay que recordar que el francés y el suizo eran los vigentes números 1 y 2 de la UCI.

Nacex te envía la bici al fin del mundo 

¿Cómo encajarían Zulle y Jalabert la llegada de Induráin?

Pero en aquella ONCE mandaba Manolo Saiz.

Otros vieron con esta maniobra una jugada maestra con tal de desestabilizar a Banesto, el equipo rival que le había amargado el Tour del 95.

Una especie de “vendetta”, decían.

Dicho esto, a partir de aquí, y con la nueva temporada, se abría un sinfín de posibilidades para el futuro más inmediato de Miguel Induráin.

Pero esta vez con la túnica amarilla de la ONCE.

Lo nunca visto.

 

¿Tour, Vuelta o Mundial?

Es en este momento cuando entramos de lleno en las diversas ramificaciones de los universos paralelos y en cómo los aficionados, prensa y demás seguidores podemos fantasear creando nuestras propias ucronías.

Algunos creen que de haber seguido en el 97, los Telekom y Festina, que iban como motos cargados de EPO, habrían acabado de sepultarlo en el Tour, con un recorrido mucho más exigente y montañoso que el anterior.

Es cierto que en el julio francés se hubiese encontrado con el mejor Ullrich de la historia, además diez años más joven que él.

Y no sólo al káiser alemán, también enfrentándose a un Pantani desatado en los Alpes.

Piensan que 1997 ya no era el momento para que Miguel ganara aquel durísimo Tour, que no estaba ya en esa predisposición ni física ni mentalmente.

Quizás si hubiera llegado bien preparado -el Induráin del Tour del 95 o del Dauphiné del 96-, podría haber optado a estar entre los cinco primeros, en medio de aquella brutal guerra desatada entre Telekom y Festina.

Seguro que incluso brillando puntualmente en alguna etapa, pero después de tres semanas de desgaste Induráin no habría ganado un sexto Tour con la ONCE.

Muchos son los que opinan que lo mejor hubiese sido orientar su temporada para ganar la Vuelta y por fin llevarse ese preciado triunfo con pleno en las tres grandes, como los grandes campeones.

Aunque es algo que tampoco habría tenido fácil, por supuesto.

Pero en este último caso, tendría que haber sido Manolo Sáiz el que consensuara con él este calendario y no obligarle a correr la gran ronda española como le hicieron en Banesto:

Conmigo como director quiero que participe en la Vuelta, pero si lo hace lo sabrá desde enero y no un par de meses antes”.

Estaba claro.

O quizás no tanto.

No son pocos los que piensan que quizás con Manolo Sáiz no se habría llevado bien.

Porque… ¿qué podía ofrecerle que Induráin no supiera?

Miguel era el que mejor se conocía a sí mismo y Manolo seguramente le hubiera hecho correr de diferente manera, a la caza de emboscadas, con otras tácticas de equipo o buscando los cortes por el viento en los abanicos.

Pero Induráin nunca compitió de esa manera.

Nunca lo hizo.

 

Uno tampoco se imagina a Manolo, dentro del coche, siguiendo a Induráin en una contrarreloj: “¡Venga Miguel! ¡Baja un piñón! ¡Aprieta, aprieta!”.

No lo veis, ¿verdad?

Por eso muchos aficionados siguen insistiendo que si se hubiese quedado un año más, y corriendo con la ONCE, tendría que haber fijado carreras más a su alcance en aquel momento.

Más atractivas y que, sobre todo, faltasen en su palmarés.

Quizás ganar el Mundial de Donostia o intentar vencer en la Lieja.

¿Por qué no?

Carreras que seguro le hacían muchísima ilusión.

Como disputar las grandes clásicas.

Pero no creemos que Induráin estuviera dispuesto sólo a esto si continuaba un año más, porque lo que le motivaba a seguir era para volver a ganar el Tour.

Eso está claro.

Sólo el Tour le valía la pena tanto sacrificio.

SQR – GORE

 

Pero con 33 años, con una generación de jóvenes como Ullrich y Pantani, con el ritmo de ascensión que éstos impusieron en el Tour del 97, lo hubiera tenido harto complicado.

Tenemos que recordar cómo, por ejemplo, el alemán reventó a todos en la subida a Ordino-Arcalís.

Quizás contra el reloj hubiese tenido sus opciones pero Ullrich también destrozó a sus rivales en la crono de Saint-Étienne, donde Induráin lo habría tenido muy difícil para batirle.

Por todos estos motivos muchos creen que lo mejor para Miguel hubiese sido correr las clásicas de primavera y luego la Vuelta.

Con esto, piensan que habría sido suficiente para completar una temporada redonda y poner broche de oro a su carrera deportiva.

Pero siguiendo con nuestra onírica fantasía, seguro que existe un universo paralelo ahí fuera en el que Miguel Induráin sí ganó su sexto Tour con el maillot de la ONCE.

¿Vosotros qué opináis?

¿Qué sería hoy de la ONCE en el ciclismo?

La ONCE aportó mucho al ciclismo y no sólo lo que muchos quieren recordar

Recupero esta pieza, viendo que estamos en once de la ONCE. una fecha que nos recuerda a fuego un equipo que nos sabe añejo, veinte años largos de los mejores momentos de la ONCE en el ciclismo..

Hablar de la ONCE no sale barato, pero quedarse en el bosque no permite ver el cielo y el contrapoder que supuso, la calidad que manejó, las innovaciones que introdujo, algunas se venden como tales hoy, todo eso, sencillamente no puede olvidarse.

No creo que la ONCE y sus mentores se movieran en terrenos muy diferentes a sus rivales, fue el tiempo que les tocó y ahí nadaron, en aguas que no bajaban limpias… para nadie.

Y eso no trata de blanquear a nadie, cada palo debe sujetar su vela, pero sí poner en valor qué aportaría un grupo como el que dirigió Manolo Saiz…

Permitidnos recordar esta pieza de hace tres años, que además se escribe en clave de dos ciclistas -Sebastián Mora y Albert Torres- que estarán en Tokio 2020 contra rivales que están perfectamente acomodados en equipos del máximo nivel…

ONCE ciclismo JoanSeguidor
Wikipedia

Leo este artículo de Fernando Llamas en su blog de Marca, de la necesidad de tener algún equipo más en España que dé salida al numeroso talento que hay a este lado de los Pirineos.

Habla de pistards españoles que no encuentran acomodo en casa, habla de los éxitos de Sebastián Mora y Albert Torres.

¿Por qué los pistards no tienen acomodo aquí?

Las opciones, queda dicho, no son muchas, aunque históricamente si miramos atrás tampoco es que fueran excesivas en tiempos más halagüeños. Eloy Teruel, que aún sigue en la cuarteta, y Sergi Escobar, pisaron chez Unzue efímeramente y ya.

 

Lo cierto es que mirando atrás, y sé que esto no va a ser popular para muchas personas, se extraña un equipo como la ONCE en el ciclismo, es más, se extraña mucho.

Dejando al margen los prejuicios, el periodo que va de 1989 a 2003 fue bueno para el ciclismo español, fue el periodo amarillo de la ONCE, antes de que entrara Liberty en un patrocinio que duraría dos años y medio por la Operación Puerto.

Con motivo del día que estamos y de la paupérrima situación del pelotón hispano, con Movistar arriba y Caja Rural en medio, he cogido ese libro que se hizo tras la desaparición del equipo que montó y gestionó Manolo Saiz para al menos recordar que por poco que fuera, el poder del ciclismo en España se repartía entre más manos que ahora.

Hojeo el libro y veo la ONCE de Peio Ruiz Cabestany, la primera ONCE, la que se llamó “pionera” por introducir las concentraciones en el ciclismo.

Pedro Muñoz, Johnny Weltz y la etapa de la Vuelta firmada por Herminio Díaz Zabala, recién llegado de ayudar a Perico en el Tour, marcan el paso de las páginas.

En el 90 aquel maillot verde, gris, amarillo, rayado,… en el Tour, los triunfos de Marino y Chozas en el Macizo Central. Casi ganan las tres grandes por equipos.

Al año siguiente la controvertida Vuelta de Mauri, la que quizá debió ganar Marino, la que tuvo en una nevada en Beret un momento clave,… el aterrizaje de Laurent Jalabert, que rápido gana, bajo el Atomium de Bruselas, escapado con Lemond y Chiapucci, la explosión de Alex Zulle que encadena triunfos y pierde la Vuelta con Rominger por un descenso de La Cobertoria, el adiós de Marino en una curva camino de Amorebieta,…

SQR – GORE

 

Aquellos años la Look de la ONCE de monocasco marcaba tendencia, la Klein que montaba un amigo mío y usaba Zulle en las cronoescaladas era una pluma blanca e hiriente. Cascos, ropa, monos,… todo transmitía modernidad.

El año 1995 fue un antes y después con Jalabert desencadenado, amasando un palmarés de esos que se ve cada ciertos años, Zulle arrinconando a Indurain en el Tour.

Posiblemente el mejor año. Caería la Vuelta a España varias veces, con Zulle, dos, y Jalabert, otra. También quedó la sonrisa congelada de Mariano Rojas, esas historias que emocionan siempre que vienen a la memoria, y la de David Cañada, porca miseria.

Jalabert-Zulle, Zulle-Jalabert, pero también Roberto Sierra, Herminio, Leaniz, Aitor Garmendia, Marcelino García, Zarrabeitia, David Extebarria, Iñigo Cuesta,… los primeros pasos de Luis Pérez, de Purito, de Contador, de Carlos Sastre,… y las victorias y podios de Abraham Olano, Igor y Joseba Beloki.

Ya veis, jerarquía e historia, de cuando el ciclismo tenía algo de abundancia, eso que hoy echamos tanto en falta.

Foto tomada de https://echozas.wordpress.com/once/

INFO
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Competir es lo que hizo Tony Rominger en El Naranco

“Fair play”, ja. Juego limpio, chuminadas. Esperar al rival, eso es de maricas. Competir es otra cosa, es no mirar para atrás, es sentir que el mundo acaba tras tu tubular postrero. Es trazar, arriesgar y obligar al fallo. Una Vuelta a España se decantó así, a lo bruto, a lo bestia.

Dos suizos dominaban la carrera del año 1993. Veinte años hace de la carrera monopolizada por Tony Rominger y Alex Zulle. Dos suizos, sí, pero enrolados en sendos equipos de la casa. El primero corría por la Central Lechera Asturiana, el CLAS. El otro por la Organización Nacional de Ciegos, la ONCE, vamos. Era la penúltima Vuelta a España en el mes de abril, esa que se corría al capricho del viento, lluvia y frío. Una carrera marcada a fuego en el alma de los ateridos ciclistas.

Alex Zulle era entonces un aprendiz con maneras de maestro. Recién había despertado del anonimato que ya había vestido el maillot amarillo del Tour. Tony Rominger defendía la corona conquistada muy al final un año antes frente a Jesús Montoya. Ambos trenes suizos chocaron. Zulle golpeó primero con un arranque portentoso certificado en una cronoescalada de dos partes a Navacerrada donde parecía poner sello a su triunfo final. Pero esto del ciclismo da muchas vueltas y Rominger se puso a ello. Inició una reconquista que culminó en la Demanda.

El duelo estaba servido. En la Vuelta que conmemoraba el año Xacobeo, el final lo ponía Santiago de Compostela con una crono que favorecía a Zulle. A Rominger, amarillo en la espalda, le convenía, le urgía atacar y vio el momento en el descenso de La Cobertoria.

Zulle trazaba con dificultad en medio de la niebla y lluvia, Rominger, sabedor, se lanzó. Aquello era la muerte o la Vuelta y salió lo segundo, enganchó por delante a Iñaki Gastón e hicieron camino hasta El Naranco. En la cima, ante el delirio asturiano por ver triunfar al líder del equipo de casa, Rominger ganaba pero no sentenciaba como se pudo ver en la crono final, sí en la mentada de Santiago, en la que Zulle puso la última gota de emoción.

En estos tiempos en los que se debate esperar o no, conviene recordar aquella gesta de Rominger como el signo de lo que es la competición, algo así como un “maricón el último”.

Foto tomada de PezCyclingNews

Acerca de la calaña de Isidro Nozal y Jesús Manzano

Recuerden la Vuelta de hace diez años. Una edición rara. Marcada por una fuga bidón, o medio bidón, camino de Burgos, creo. En ella Manolo Sainz insertó uno de sus peones. Isidro Nozal era su nombre. Un día antes Toño González Linares utilizó los micros de la “gran” cadena Ser para descargar su ira sobre Purito Rodríguez. Al parecer el catalán debía ser lo suficientemente habilidoso para que en la llegada a Santander el liderato pasara a manos de Isidro Nozal, compañero de equipo en aquel entonces.

Según el iracundo comentarista cántabro, Nozal recibió una mal llamada “puñalada trapera” de su propio compañero, quien según el tácito acuerdo, que no escrito, debía dejar que el dorado caminara por las espaldas de algunos de los compañeros que en la crono por equipos situaron a la ONCE delante de todos. Pero las circunstancias de carrera, agolpados y machacados por la tensión, no invitaban a florituras, y Purito mantuvo el liderato. Nozal se lo arrebataría sin alquimias ni pactos de alcoba metiéndose en una fuga que a la postre le situaría en la quiniela de lo único grande que ha tenido a su abasto: ganar la Vuelta de 2003, muy a su pesar.

Cuán diferente puede resultar un juicio de un día a otro, dependiendo de quién se siente en el estrado y lo que éste dispuesto a contar. Los escuetos mensajes tuiteros dieron cuenta, sobradamente, de la catadura de Isidro Nozal, una persona que más que tal fue algo inerte sobre una silla que casualmente pasó por la sala de la videoconferencia en el momento de testificar.

A Nozal le podían haber vaciado de sangre que dada su aprensión ni habría preguntado. Son ya tantas las veces que se toma por gilipollas al respetable que ya ni reparamos. Te sacan medio litro de sangre y es para un análisis. Este excorredor que acabó sus días con un triste positivo es el mismo que siendo líder de la Vuelta no pestañeaba en decir que lo que él quería es un camión. Perdió una carrera que tenía en su mano ante el empuje de Roberto Heras, alentado por el propio desconcierto mental que movía a su rival, y la desesperación de su director, Manolo Saiz, quien en un puerto madrileño explotó a tal punto que se peleó con un motorista, creo. Muchos años después no ha cambiado. Que le vaya bonito.

Y en el otro lado de la balanza Jesús Manzano. Del “no me acuerdo” y “yo no sé nada” a un catálogo de detalles y precisión sobre todas y cada una de las pastillitas, jarabes y polvetes para la punta del capullo y enmascarar el EPO en la orina. Las declaraciones de Manzano en el juicio de la Operación Puerto –complementadas con el morbo en persona que es José Ramon de la Morena cuando habla de ciclismo- no significaron nada nuevo frente aquel bombazo sacado con lujo de detalles hace nueve años en el diario As, un rotativo que entonces abría con un afamado central del Sevilla amenazando de muerte a Zinedine Zidane. Menudo crédito.

Del testimonio de Manzano queda la misma sensación que en aquel entonces. ¿Cómo puede existir en este mundo personas que se prestan a tales aberraciones con su propio cuerpo? Con todos los respetos hacia la profesionalidad, y supongo que incondicionalidad, que movía su persona, lo que Manzano explica es tan flipante, que el sólo hecho de escucharlo de su impertérrita boca significa que en esta vida las hay de todos los colores y quizá no hayamos visto ni el diez por ciento de lo que se nos propone.  Esperemos por que esto acaba de empezar.

Foto tomada de www.abc.es