Oropa puso a prueba la fe de Indurain

ciclista español Miguel Indurain JoanSeguidor

El Giro caminaba sin novedad hacia Milán. El dorsal número uno Miguel Indurain había sorteado con suerte jornadas realmente dantescas, como la maratón dolomítica que acabó en Corvara Alta Badia, el día que Claudio Chiapucci ganó la etapa pero que el navarro con el rosa incrustado se hizo fuerte en la general.

Ese día un ciclista siempre merodeaba la parte baja del primer ruso. Era letón. Vestía azul con franjas amarillas en el centro de maillot. Se quedaba en los repechos, recuperaba en los descensos que les seguían. Corría para el Mecair, el equipo que recogió el testigo del Ariostea de Cassani, Riis y Argentin y puso la simiente del Gewiss, al año siguiente. Era Piotr Ugrumov, un ciclista despoblado de cabellera, con pasado en el pelotón español. Un ciclista callado pero incisivo, un ciclista con visos de cambiar el paso, de hombre destacado a capo de la general, estaba quieto, discreto, hasta que llegó Oropa.

#DiaD 12 de junio de 1993

El Santuario de Oropa es una elevación al norte de la ciudad de Biella, con B, a diferencia de la capital aranesa, que se define como uno de los lugares sagrados de la Lombrdía. No es muy alto, tampoco el más duro, pero en el filo del fin de semana final de una gran vuelta, cualquier tachuela hace daño y Oropa puede obrar el “milagro” de ver caer la torre más alta.

La carrera no tiene mayor interés, más allá de una escapada compuesta por ciclistas de caché, entre otros Gianni Bugno, que poco a poco comprueba que las generales de la agrandes vueltas van a ser un quimera para sus posibilidades. De ese corte surge Massimo Ghirotto, otro ciclista de escaso pelo en la testa, que sale victorioso de un duelo que incluye interesantes nombres, Abelardo Rondón, Marco Giovanetti y Laurent Madouas.

Por detrás el pelotón inicia la escalada con Moreno Argentin en maestro de ceremonias. El otrora campeón del mundo en Estados Unidos va fresco, exhibe poder en la pedaldada y sobretodo una clase de esa que viene de serie en el ciclista. Argentin aprieta el ritmo desde abajo, su acción, dada la solidez del líder, que acababa de ganar en cronoescalada de Sestriere, parecía sin sentido, pero tenía, vaya si lo tenía.

De repente emerge Ugrumov, son varios intentos, cambios de ritmo bruscos, una subida a tirones, un auténtico látigo sobre la espalda de la maglia rosa. Uno, dos, tres y… cuatro. Indurain va incómodo, coge el manillar por abajo, se inclina tanto que parece besar el ángulo de su potencia. Ugrumov se va, no queda mucho para meta, pero es un momento crítico. Más cuando Chiapucci, Roche y Tonkov superan al navarro.

En meta Ugrumov saca de donde no hay para embolsarse medio minuto que es insuficiente en la práctica, pero simbólico en el ánimo. “Le falta ser más agresivo” dicen algunas leyendas del pasado. Indurain admite que la crono le pesó en exceso pero puntualiza “nunca vi perdida la carrera” y eso era lo que realmente le importaba. Estaba en el arco de su segundo Giro.

Imagen tomada de Rueda Lenticular

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#GiroPost El homenaje a Pantani carece de sentido

Este 2014 es un año redondo para muchas celebraciones y efemérides. Como si los signos del tiempo se hubieran concitado en este redondo número una figura emerge en el horizonte emocional de este Giro, y esa no es otra que la de Marco Pantani. El ciclista cuyo recuerdo aún emociona murió hace diez años víctima de la miseria moral de esta sociedad que encumbra y chafa personas con total naturalidad sin valorar circunstancias, motivos y atenuantes.

Este fin de semana se recordará a Pantani con dos llegadas en alto que para muchos encierran gran significado. Empiezo por la del domingo pues creo que es la que está justificada. Hablo de Montecampione, una de las subidas más hermosas que jamás he disfrutado. Con una carrera claramente descantada a favor de Pavel Tonkov, Marco Pantani perdió la cuenta de sus aceleraciones para poder dejar al ruso atrás y asentar su maglia rosa sobre cimientos más sólidos. Aquella etapa fue un claro ejemplo de cómo Pantani pudo retorcernos en el sofá y de lo grande que empezó a ser hasta que la podredumbre del ciclismo de los noventa se lo tragó de un bocado.

Y aquí llegamos a Oropa, final de la etapa del sábado, dicen que en recuerdo a su remontada en la edición de 1999, una carrera rosa que fue negra aquella mañana de Madonna di Campliglio. La remontada de Pantani en Oropa fue espectacular, sí, pero en el momento. Homenajearla es un síntoma obvio de la hipocresía que mueve el mundo y por defecto el ciclismo. Convendría recordar en qué circunstancias hizo esa remontada Pantani, con el hematocrito disparado, como luego los análisis revelarían, y lo efímera que fue esa maglia rosa que llevaba con el dorsal uno cosido a su espalda.

A mí personalmente Pantani fue un ciclista que me encantó, de hecho no he visto nada igual subiendo, pero ojo, aquella época la debemos tomar como los dibujos de Oliver y Benji, ni más ni menos. Es más, que el Giro se afane por recordar aquellas gestas cuando, como bien se narra en su libro y en crónicas del momento, estaba claro que había una orden de que Pantani no acabara esa carrera. Sólo pedimos una cosa, que no se nos llame desmemoriados.