Y Pinarello traicionó su historia

Un día, hace unos años, contamos en este mal anillado cuaderno el origen de la marca Pinarello

Giovanni Pinarello finalizó último el Giro de 1951. Aunque pareciera lo contrario, la “maglia nera” era muy apreciada en la época y ello le reportó a Giovanni un dinero con el que, sí, abriría el negocio que daría lugar a la firma que hoy conocemos como Pinarello. A los pocos años, esa pequeña factoría de Treviso ya patrocinaba un equipo, el Mainetti. Fue a partir de 1960, antes de que Fausto, el hijo de Giovanni y actual mandamás, entrara en la empresa para lanzarla, entre otros mercados, al estadounidense, donde sus cuadros Dogma causan furor llegando a facturar el 20% de esta línea.

Con el tiempo nos impresionamos de la evolución de la marca, al punto que un emblema del lujo, como el conglomerado que incluye entre otras Louis Vuiton, se fijó en ella para poner la bicicleta en el pasillo de los más caprichosos…

Hoy poco queda de pequeño y humilde en Pinarello, una marca que se ha convertido en orfebre mundial de bicicletas con un “savoir faire” que le ha valido el reconocimiento “world wide”. Y el último paso en esa sofisticación lo encontramos en el interés por comprar Pinarello por parte de las siglas LVMH, o lo que es lo mismo el conglomerado que gestiona marcas como Louis Vuitton, Moet Chandon, Guerlain, Tag Heuer o Loewe, es decir un trasatlántico del lujo queriendo meter bicicletas a porfolio, algo que realmente abruma por lo que significa.

Entre una historia y otra median muchas cosas, muchos años, tiempo eficiente en este caso para haber posicionado la marca de Treviso entre las mejores en su género. Dos pruebas, cerca de Picadilly Circus, el corazón más luminoso de Londres, camino de The Mall, el eje real, hay una tienda cuyo cartel reza Pinarello. La otra muesca, que un equipo como el Team Sky trabaje en exclusiva con la enseña de don Giovanni.

Lo dicen muchos sabios, e incluso algún gurú de marketing lo recalca, lo tiene a sangre grabado en la mente, y casi diría que en sus carnes: “Lo que te lleva una vida conseguir se puede ir al garete en un segundo”.

En la última edición de Unibike, pudimos ver muchas, pero muchas bicicletas eléctricas, sencillamente abrumaba. Ver grandes marcas, ver a Bianchi, que es la que tengo ahora mismo en mente, con el tubo oblicuo hinchado, casi hasta lo imposible, porque ahí había que encajar un motorcillo y todo el sistema, pues nos extrañaba y hasta hacía mal a los ojos.

Y Pinarello entró en escena con este anuncio

Y obviamente se lio, y gorda. A la marca de Treviso la han marcado en rojo en muchos hogares. No sé quiénes fueron los publicistas, pero si querían provocar, lo han hecho, aunque en el sentido contrario al buscado. Creo que, si me apuráis, llamaron a los mismos que dibujaron la publicidad de Benetton, curiosamente también empresa véneta.

Hay que ser muy inconsciente del nivel de sensbilidad del personal para decir que una e-bike es perfecta para que la chica descolgada pueda seguir a su novio en las salida dominicales. A ver, en cierto modo es eso lo que se logra, entre otras muchas cosas –no os engañéis, en las cocinas de las grandes marcas se habla así-, pero decirlo abiertamente es meterse en un jardín complicado.

Mirad el hilo que se abre entorno al comentario de Francisco San Román en FB. Comentarios muy contrarios a esta publicidad y, ojo, muy acertados cuando nuestro amigo Francisco dice que esto no es más que querer satisfacer una moda, más que otra cosa, y con ello se la han cargado con todo el equipo, porque en el fondo, con tanto cambio, tanto gestor, tanta nebulosa y todo tan diferente al origen, Pinarello ha traicionado su historia, intrínsecamente trenzada al ciclismo, al esfuerzo, artesanía, superación,… y esos «palabros» tan poco usuales hoy en día.

Imagen tomada de FB de Giro d´ Italia

La bicicleta como objeto de lujo

Hace un tiempo os hablamos de los orígenes de Pinarello, de aquel jovenzuelo de los cincuenta que bebió de la leyenda de Learco Guerra, la primera personalidad del ciclismo itálico, para hacerse ciclista. En el 51, Giovanni, oriundo de Treviso, quedó último en el Giro y eso le reportó un dinerillo que invirtió en un taller de bicicletas del que colgó el nombre de Pinarello.

Hoy esa marca calza los éxitos de Chris Froome y el Team Sky y fue el partner de ciclistas como Pedro Delgado, Migul Indurian y Jan Ullrich, aunque su primer gran éxito en el ciclismo fue olímpico, en los Juegos de Los Angeles, en 1984, cuando Alexis Grewal se proclamó campeón de fondo en carretera.

Hoy poco queda de pequeño y humilde en Pinarello, una marca que se ha convertido en orfebre mundial de bicicletas con un “savoir faire” que le ha valido el reconocimiento “world wide”. Y el último paso en esa sofisticación lo encontramos en el interés por comprar Pinarello por parte de las siglas LVMH, o lo que es lo mismo el conglomerado que gestiona marcas como Louis Vuitton, Moet Chandon, Guerlain, Tag Heuer o Loewe, es decir un trasatlántico del lujo queriendo meter bicicletas a porfolio, algo que realmente abruma por lo que significa.

En este caso lo que ocurra con Pinarello, debe interesar a todo el gremio y colectivo de la bicicleta. Este interés en adquirir una marca del calado simbólico de Pinarello creo que viene a refrendar lo que comentamos hace una semana aquí mismo, sobre la bicicleta y el valor inconográfico que ha alcanzado. Parece que sobre la flaca de hierro y dos finas ruedas muchas veces gira el mundo y eso favorece, entre otras cosas, que siga creciendo por las ciudades, algo que, a la vista de lo horrible que es ir or algunos sitios a causa de los coches, nos obsesiona.

Que siglas versadas en el lujo se interesen por ella es situar la bicicleta en imaginarios que yo creo nunca aspiró a abordar. El solo estar ahí, como por ejemplo serle atractiva al capital árabe que invierte también en lujo y premios de fórmula uno, le supone un plus para saber que el recorrido que tiene es enorme y el margen nadie lo adivina.

A mi juicio, sinceramente, creo que quien va en bicicleta por una ciudad, sea por donde sea, se arroga la responsabilidad de que esa proyección sea redonda y la bicicleta entre en la sociedad con la normalidad que merece, para ir a todos los sitios, sin necesidad, y eso ya sería la utopía, de construir un kilómetro de carril bici más, porque sencillamente los conductores la asimilan como asimilan un semáforo, un peatón o un tablón publicitario. Sé que son pequeños pasos, pero todos suman, y todos van en la misma dirección, en la dirección adecuada.

Imagen tomada de FB de Pinarello

La leyenda de Pinarello nació con una linterna roja

En la Italia de los años veinte y treinta había efervescencia ciclista. Eran los tiempos del llamado ciclismo heroico, aquel que según definición no científica, se protagonizaba desde el corazón, con los tubulares al hombro y carreteras inmundas por delante. En esa Italia de entreguerras crecía la pasión con dos nombres como Alfredo Binda y Constante Girardengo. Dos monstruos, gigantes de su momento, que enrolaron una no pequeña militancia de fieles adeptos a la bicicleta.

Luego vino la Segunda Guerra Mundial y de sus cenizas surgieron emblemas de la manufactura itálica que hoy sigue muy vigentes. Encandilado por Girardengo y Binda, un joven chaval nacido en las inmediaciones de Treviso crecía como ciclista. A pesar de algunos triunfos, su salto a la fama se lo propuso una “maglia nera”, sí un jersey negro, el que se daba al último clasificado del Giro de Italia. Esa prenda la vistió nuestro hombre, Giovanni Pinarello, el primero de la saga de “bicicleteros”, el hombre que abrió la historia de uno de los orgullos del Véneto.

Giovanni Pinarello finalizó último el Giro de 1951. Aunque pareciera lo contrario, la “maglia nera” era muy apreciada en la época y ello le reportó a Giovanni un dinero con el que, sí, abriría el negocio que daría lugar a la firma que hoy conocemos como Pinarello. A los pocos años, esa pequeña factoría de Treviso ya patrocinaba un equipo, el Mainetti. Fue a partir de 1960, antes de que Fausto, el hijo de Giovanni y actual mandamás, entrara en la empresa para lanzarla, entre otros mercados, al estadounidense, donde sus cuadros Dogma causan furor llegando a facturar el 20% de esta línea.

Aquella historia que arrancó con una maglia nera, con una nada indigna última plaza en el Giro, siguió su curso. Pinarello entró en el profesionalismo y vivió en la persona de Alexis Grewal su primer éxito de postín: la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984. A los cuatro años Perico Delgado calzaba una Pinarello roja en su conquista del Tour y desde 1992 Miguel Indurain alcanzó cuatro Tours sobre esta firma de cuyos  moldes salió la eterna “Espada”, la bicicleta con la que batió el récord de hora.

Luego vendrían los Telekom con Bjarne Rijs y Jan Ullrich. Pinarello copó el podio de Sídney 2000 con Ullrich, Vinokourov y Kloden, oro, plata y bronce en la ruta. Durante esa época la firma equipó tres equipos como Banesto, T Mobile y Fassa Bortolo simultáneamente. En los tiempos recientes, el matrimonio Pinarello- Team Sky parece de los más sólidos, aunque nunca se sabe, Movistar ha pasado de largo y se ha ido a las manos de otro proveedor, tras años de idílica convivencia. No obstante, y de cualquiera de las maneras, la saga Pinarello se mantiene firme y vigente, en un mercado global y tremendamente feroz. Esta historia arrancó, no olvidemos, con una “maglia nera”, un orgullo transmitido de generación en generación. Tal es el orgullo, que esa maglia luce encuadrada, eterna, en lo alto de su tienda de Treviso.

Foto tomada de revistaofftopic.com