Els Cortals d’Encamp, la meta de Andorra

La etapa andorrana de la Vuelta asalta Cortals d´Encamp

Aún hay gente que se pregunta si vale la pena visitar Andorra en verano, Els Cortals d´Encamp es una excusa.

En todo caso, seguro que no serán ciclistas.

 

Puede que sean turistas de invierno que se acercan al País de los Pirineos para efectuar sus compras y disfrutar del deporte de la nieve en sus pistas de esquí.

Pero para los que amamos el cicloturismo y nos consideremos sobre todo pirineístas, Andorra es mucho más y nos sigue emocionando y despertando esa parte de nosotros como cuando descubrimos por primera vez y en bicicleta los verdes paisajes de los Pirineos.

Después de superar uno de los puertos más duros de este pequeño país, por fin había alcanzado lo más alto a 2086 metros de altitud.

Allí me quedé sentado en actitud contemplativa más de una hora.

No hay nada que me guste más que alcanzar una cima con mi bici, serenarme y deleitarme con las panorámicas.

Solo, sin que nadie me moleste, perdiéndome en la inmensidad de estas cumbres, llevando mi mirada sin rumbo fijo en el horizonte, absorto, viéndolo todo sin fijarme en nada.

Ni que sean sólo cinco minutos.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Es el único espacio de tiempo en el que desconecto de la realidad y me convierto en un espectador más.

Un observador, un admirador y curioso soñador de esta cordillera atravesada por pistas que en pocos meses estarían repletas de esquiadores.

Pero ahora la vall d’Encamp, con su intenso y homogéneo color verde, era de mi propiedad y de todo el que había llegado hasta aquí con la libertad que da el moverse con la pequeña reina.

Ya en Els Cortals d´Encamp, me quedé un buen rato allí arriba.

Els Cortals d’Encamp, un entorno único por su belleza y singularidad, donde tradición y modernidad confluyen en sus bordes (casas rurales) con sus cortals (corrales, pastos cercados) rodeadas por campos y aromas de la tierra.

Pero a la vez también, a menos de cinco minutos del telecabina Funicamp, el acceso más rápido al dominio esquiable de Grandvalira.

Venía remontando la carretera en suave ascenso desde Andorra la Vella, visitando las empedradas calles del casco antiguo de la parroquia d’Encamp y su iglesia románica del siglo XI que pervive inalterable al paso del tiempo.

Sorteando rieras y travesías adormecidas me dejé invadir por el legado cultural y natural, histórico y arquitectónico de un lugar enclavado entre el ayer y el hoy.

Una experiencia que perduró en mí durante mucho tiempo en el recuerdo.

 

La escalada se endureció saliendo de Encamp, y de qué manera, al afrontar una rampa mantenida al 10%.

Las vistas entretenían mi esfuerzo aunque algunas curvas colgadas en la falda de la montaña hacían prever una ruta muy variada.

Toda esta primera parte de la empinada y dura cuesta se interrumpió brevemente al final del tercer kilómetro, donde pude recuperar el aliento.

Observé, escondido detrás de las ramas de los árboles del frondoso Bosc de les Llaus, el camino hacia el precioso Llac d’Engolasters.

El río Pardines que bajaba sin contemplaciones desde lo alto del collado, flanqueado por los postes del teleférico, me conducía en la escalada.

Iba sorteando serpentinas escarpadas, capillas a pie de carretera como la de Sant Felip i Sant Jaume y bordas hasta llegar a Els Cortals.

 

La pendiente aún se amparaba al 8%, pero yo me sentía acogido por la intimidad de las piedras y la madera que me acompañaban en mi relajado ascenso.

La sensación fue de haber viajado a finales del s. XIX, cuando estas casas refugiaban al centeno y los rebaños del frío invernal, hoy rehabilitadas en alojamientos con gran encanto.

De vez en cuando, afrontando alguna curva, podía echar la vista atrás para contemplar la beldad del valle y como, poco a poco, Encamp iba quedando abajo y al fondo, mientras observaba la caprichosa cinta de asfalto que se aferraba a la ladera.

Tan sólo unos momentos antes yo había pasado por allí.

La calma era total.

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Sólo oía el jadeo de mi respiración y sentía los latidos de mi corazón mientras seguía admirando el entorno que destilaba encanto.

Descubría sensaciones inolvidables con la visión de nuevas bordas que intentaban mimetizarse en el paisaje y que me recordaban que estas tierras habían sido de los agricultores y los ganaderos que habían vivido en estas casetas cubiertas a dos aguas y que en aquel momento resplandecían bajo los rayos del sol.

Ya quedaba menos y la montaña ya empezaba a dar síntomas de rendición mientras afrontaba el penúltimo lazo que conducía directamente a la estación después de cruzar el breve, alegre y burbujeante arroyo hasta llegar a la confusa y gran roca en aquel lugar plantada para los amantes de la escalada.

Els Cortals d´Encamp ha entrado con todos los honores en la lista de cuestas irresueltas para cualquier cazador de puertos que se precie de serlo.

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Su puesta de largo en la Vuelta y elevación a los altares fue gracias a un excepcional corredor como Mikel Landa que ni miró para atrás y, sin escuchar la voz que salía de su pinganillo, se quitó el maillot de gregario para convertirse en gran líder coronando en solitario.

Aquel día tardé en iniciar el descenso y apuré todo el tiempo del que disponía, ya que después siempre me queda misma la sensación de no saber cuándo poder volver a sentir esta indescriptible emoción.

Eso sí, bajaba con suficientes argumentos para explicar a los «no creyentes» que Andorra es un país para amarlo durante las cuatro estaciones del año.

Foto: www.ramacabici.com

¿Qué extrañamos del Tour cuando no era aburrido?

Tour aburrido JOanSeguidor

Hace 35 años Joan Manuel Serrat le dedicaba una canción a ese Tour que no era aburrido…  

O, mejor dicho, la letra de una canción, porque aún hoy en día aquellas palabras que le dedicó a la Grande Boucle siguen sin tener su correspondiente melodía.

Nunca tuvo oportunidad de ponerle música a este simpático texto que a continuación os transcribimos un fragmento:

¨Si usted tiene libres tres semanas
y el mes para echar por la ventana
si en su casa, usted ya no interesa
pues cambió la pasión por la pereza
si le consienten sus fugas prolongadas
y sus ausencias ya no importan nada.
Es hora de que empiece
a pensar en el Tour
y abur, abur, abur.

(…)

Si usted es hombre de hábitos sencillos
como lavar de noche calzoncillos
y le caben de una sola vez
dos metros largos de ese pan francés,
deje en casa sus aires de elegancia
y venga a mover el culo al Tour de Francia.”

Esta supuesta divertida canción la escribió con la ayuda de su amigo colombiano Daniel Samper.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Jamás fue publicada en disco y desconocemos los motivos.

Corría el año 1984, en la 71ª edición del Tour de Francia que se iba a disputar del 29 de junio al 22 de julio.

Aquel Tour no era aburrido.

La carrera contaba esta vez con un corresponsal de lujo para cubrir la gran ronda gala por etapas.

Un invitado muy especial: nada menos que a Joan Manuel Serrat.

El noi del Poble Sec”, reconocido enamorado del ciclismo,  es solicitado por El Periódico de Catalunya como comentarista.

El cantautor no rechaza la propuesta y acepta con muy buen gusto el viajar al Tour junto a otro enviado especial de excepción: el periodista Chico Pérez, quien se encargaría de explicar los detalles más técnicos.

Serrat, con su toque y talento personal, redactaría durante aquellas tres semanas una columna diaria en las páginas de este rotativo.

Joan Manuel finalizaba así su primera colaboración: “Esto se pone en marcha. Con sangre, sudor, lágrimas y anfetaminas, el Tour demarra y yo me voy con él chupando rueda”.

Y así fue hasta aquel 22 de julio cuando en París se coronaba de nuevo, por segunda vez, como campeón del Tour el parisino Laurent Fignon.

Fue de esta manera cómo Serrat se despidió de la ronda francesa, y de su columna en el periódico, con este inolvidable “Abur al Tour”.

¿Por qué me he acordado hoy de estas palabras que Joan Manuel le brindó al Tour?

Evidentemente, las efemérides mandan y la ronda gala, como ya sabemos, está plagada de ellas y he pensado que 35 años era una buena fecha para recordar aquella edición con la letra de esta imaginaria canción.

 

Pero no sólo por este motivo.

La verdad es que hoy, viendo la deseada primera etapa de montaña pirenaica de la carrera, me he dicho: “abur al Tour”.

Sí, “abur”, porque me tiene de esta manera: aburrido.

El Tour aburrido…

Mucho.

Y “abur” también, porque ha sido para apagar la televisión y decir adiós al Tour -otro más- por cansino y tedioso, hastiado de contemplar un espectáculo vergonzoso para la afición.

Pero yo no voy a echar la culpa a los corredores, por supuesto.

Faltaría más.

Yo no me creo que los ciclistas salgan a pedalear ahí afuera de esta manera. De motu proprio.

Ellos siguen las consignas de los directores de equipo y si les dicen que no se muevan pues ellos, tan obedientes que son, pues ni se mueven.

Sí, ya sabemos: el pinganillo tiene la culpa.

Y el eterno debate: ¿pinganillo sí o no?

Yo desde luego lo tengo muy claro.

Y creo que muchos de vosotros, también.

 

Ayer Carlos de Andrés y Perico se mojaron y lo comentaron en directo: se tendrían que restringir y usarlos exclusivamente por la seguridad de los corredores.

El pinganillo sí, está bien, pero sólo para estar en contacto con Radio Tour, para estar informado de cualquier percance en carrera.

Sólo para ésto.

A los directores de equipo, nada, salvo urgencia o instrucción decisiva, por el motivo que sea.

Los corredores, antes de la etapa, deben salir con la lección aprendida y lo que quieren los directores de ellos.

A partir de aquí, hay que liberarlos y que sea la propia carretera la que les haga tomar las decisiones.

Sí, que corran por instinto, por sensaciones, por deseo o motivación.

Porque, vamos a ver… ¿es normal que los escaladores no se hayan dejado ver?

¿Con la que les va a caer en la contrarreloj?

Porque los especialistas, ni lo duden, les van a meter un verano.

En su mochila llevarán siempre este Tour aburrido…

Por eso hoy, los que van como un tiro en la crono, además de los esprinters, los rodadores o los caza-etapas, iban comodísimos con el ritmo de marcha cicloturista que se ha impuesto en el pelotón.

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Ver subir los puertos a los profesionales como ciclistas de fin de semana, ha sido de vergüenza ajena.

Si lo más destacado ha sido el abandono rarísimo de Dennis.

Y contemplar la entrada en la meta de Bagnères de Bigorre del pelotón principal, todos juntitos, casi de la mano, como una numerosa grupeta de amigos que han acabado felices y contentos su primera marcha cicloturista de alta montaña de 200 kilómetros, ha sido escandaloso.

Yo lo he visto así.

SQR – GORE

 

Tampoco ha ayudado la confección del recorrido por parte de la organización: ¿a quién se le ocurre poner una etapa así antes de una crono decisiva?

¿No habría sido mejor al revés?

Primero la contrarreloj y luego el bloque de etapas de montaña.

Como en la época de Miguel Indurain.

Sí, y cómo echamos de menos aquellos largos recorridos contra el cronómetro de 60 ó 70 kilómetros, en los que luego, los escaladores, no tenían más narices que intentar recuperar el tiempo perdido en su terreno.

Sí, en ese que hoy han dejado escapar, una vez más.

Si no intentan en la alta montaña que a los contrarrelojistas le duelan las piernas al día siguiente… ¿qué podemos esperar de ellos?

Sí, abur al Tour, porque lo que viene tampoco nos da muchas esperanzas: etapas de juveniles de no más de 130 km (a excepción de la de Limoux y la de Embrun).

Como la del sábado: apenas algo más de 100 km de excursión para ascender el Tourmalet.

Lo dicho. Igual que una marcha cicloturista.

Un puerto, el Tourmalet, que ya ni marca diferencias ni tampoco es el otrora antaño y mítico escenario de grandes proezas sobre el asfalto.

¡Qué va!

Para nada.

¿Y luego que queda? La tercera semana.

Sí, esa en la que nadie quiere perder lo ganado, ya sea mucho o poco.

Seis días para nadar y guardar la ropa.

Sólo la etapa de Embrun parece que puede salvar esta nueva decepcionante edición de la ronda gala.

Y sí no ¿qué?

Abur al Tour, por aburrido. 

Y nos duele el alma decirlo.  

 

¿Qué tiene la Quebrantahuesos que sigue causando furor?

El friki de la Quebrantahuesos tiene un nombre: «Frikibrantahuesos»

Hoy en día que tan de moda están los frikis, esas personas raras, raras, de las cuales muchas veces nos reímos, de ellos o con ellos, ¿acaso distamos mucho de estos personajes para nuestras familias y amigos?

Entendiendo claro, que nuestro entorno, salvo benditas excepciones, no es capaz de dar ni siquiera una pedalada para ir a buscar el pan o el periódico.

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Somos gente extraña para ellos, somos “frikis”… y quizás tengan razón, porque qué es lo que hace que nos unamos un sábado de solsticio de verano, con todo lo de mágico y esotérico que conlleva, para completar un recorrido de más de 200 km por el Pirineo, subiendo y bajando montañas, sorprendidos por el fuerte viento del Norte subiendo el Somport y por un frío del carajo descendiéndolo.

Y menos mal que el fresquito se agradeció subiendo el Marie Blanque, ya que otros años habíamos padecido un calor sofocante, convirtiendo la Dama Blanca en un horno a presión.

¡Están locos estos ciclistas, salir con este tiempo!”, “Yo, este recorrido no lo hago ni en moto”,… ¿y qué les explicas a la gente que no entiende nada de este deporte?

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Nada, seguiremos siendo unos frikis, que en el inicio del verano nos seguiremos juntando miles y miles para completar el ritual de purificación, en el que no faltará el sudor, seguro, la sangre, por desgracia en algunos casos, y las lágrimas en otros, ya sean de alegría o tristeza.

Así somos, unos “raros”, que disfrutamos padeciendo, capaces de levantarnos antes que las calles, después de haber dormido muy poco, prácticamente nada, algunos incluso pegándose una paliza previa de coche, para meternos entre pecho y espalda una kilometrada en bicicleta que pueda llegar a ser, para muchos, un esfuerzo sobrehumano.

Mira que llegamos a ser raros… por no hablar de esos desayunos, a primera hora de la mañana, a base de pasta, cereales, barritas energéticas, bebidas isotónicas,…cuando la mayoría de los mortales, en este país, se van a trabajar con una magdalena, bañada como mucho en un café…

En Cruz tienes todo lo necesario para llevarte la bicicleta a la marcha que te parezca 

Y es que sí, somos diferentes, y si no… ¿porqué nos miran en la playa como a un bicho raro?

¿Será por esas marcas en nuestras piernas, nuestras musculosas y morenas piernas?

DT-Swiss Junio-Agosto

 

¿O por esas otras en nuestros brazos, ese “café con leche” que con tanto orgullo lucimos, señal de muchas horas de entreno, de pedaleo intenso, bajo el sol, el sol de las más duras marchas del país?

Claro que todo se aclara cuando te pones tú camiseta preferida del verano, esa que pone Quebrantahuesos, Iratí Xtrem o Marmotte contestando en silencio a toda esa gente que te ha estado mirando con extrañeza: “¿es que no veis que soy ciclista?”.

Y te irás, luciendo gemelos y piernas depiladas, bajo la atenta y admirada contemplación de los playeros…

Pero como decía al principio, qué es lo que hace que año tras año nos juntemos en esta tradicional fecha con nuestras bicicletas para realizar semejante barbaridad, ¿será la belleza del Pirineo?

¿Será contemplar la majestuosidad del vuelo del quebrantahuesos sobre nuestras cabezas?

¿La hospitalidad de los habitantes de esta región?

¿La paciencia, amabilidad y eficacia de los voluntarios?

¿Demostrarnos a nosotros mismos que podemos?

 

¿Que fuimos capaces en un solo día de completar un recorrido tipo Tour?

¿Poder presumir con nuestros familiares y amigos que somos algo más que una buena pareja, un buen padre, un buen hijo o un buen compañero de trabajo?

Seguro que sí, que todo esto y más es lo que nos mueve a formar parte de esta aventura que es la Quebrantahuesos, en una jornada que dará para mucho, muchas historias, muchas anécdotas, de todo tipo, desde el petardazo de inicio, remontando los llanos de Jaca hasta el Somport, bajo la seriedad y la concentración, en la mayoría de casos, de los pelotones que se van organizando, a buen ritmo, la gente callada, en silencio, nadie bromea, sólo el sonido de los tubulares, o las cubiertas, rodando por el asfalto, nadie dice nada: ¿qué ocurre?

 

Qué raros qué somos… parece que ni siquiera entre nosotros seamos capaces de conocernos, y así hasta el Marie Blanque, la agonía hecha montaña, en una rampa interminable de 4 kms, donde cada uno subirá como pueda, el tiempo se parará, en esta especie de túnel, de agujero negro hecho puerto donde cada historia personal de cada ciclista será una anécdota en si misma, un vía crucis que nos llevará al monte del calvario: el Portalet, donde para muchos serán más de dos horas de sufrimiento, de rosario, rematados por la lanza de la Hoz, aunque después llegará la resurrección, la recuperación, como si de un milagro se tratara, donde seremos capaces de rodar de nuevo a un ritmo alto camino de la gloria, de la ascensión a los cielos de Sabiñánigo.

Y bien sabe nuestro entorno lo que nos habrá costado nuestra santificación: horas de esfuerzo, de sacrificio, de lo que para muchos tildarían de vida monacal: no beber, no fumar, no salir, pelearnos con nuestros compañeros de trabajo por el uso extremo del aire acondicionado…

¿Aún creéis que no somos frikis?

SQR – GORE

 

Y si no, pensad en otra rareza, ¿porqué precisamente ahora, cuando las bicicletas son para el verano, muchos la cuelgan, dan por finalizada la temporada, después de haber completado con éxito una gran marcha?

¿Por qué ahora, cuando podemos disfrutarla, nos olvidamos de ella?

Pensad y reflexionad, y creedlo, que hay vida después de la Quebrantahuesos.

Amén.

Foto: SPORTARAGON.com

Col du Tourmalet: ¿Qué vertiente es más dura?

Manolo Lama- TOurmalet JoanSeguidor

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El Tourmalet, dos mil metros y dos vertientes casi idénticas

¿Quiénes de vosotros, amigos cicloturistas de digno currículum, no tiene todavía una foto en su cima posando junto al Ciclista plateado?

Y cómo presumís de ella, ¿verdad?

De aquella memorable ascensión al coloso que cambió por completo la historia del Tour, del ciclismo y la montaña.

¿Tantos años hace ya?

Pronunciar el nombre de este paso en pleno Pirineo francés, o escribir la palabra Tourmalet, delante de los amantes al ciclismo, sean practicantes o no, ya causa por sí sola pasiones desatadas, sobre todo entre bisoños aficionados que aún puedan pensar que es lo más duro que se puede ascender en bicicleta.

Hablar de este monumento del ciclismo nos hace invocar a la épica y al mito, a la tradición y a la epopeya, que es ciertamente decir mucho, porque la leyenda pesa toneladas, una cima memorable, exaltada desde 1910, año que el Tour, de la mano de Desgrange y una mentirijilla de Steinés, lo descubriera para goce de este deporte, ocupando un lugar honorable, quizás el que más, en la historia del ciclismo. Como curiosidad pocas veces ha sido estación término, siendo la mayoría de ocasiones puerto de paso para alcanzar otras grandes cumbres de fábula.

Tourmalet desde un lado u otro

Bien si lo habéis grimpado por su vertiente de Luz-St.Sauveur o bien por la de Saint-Marie de Campan, habrán sido muchos kilómetros de exigente Hors Catégorie, sin poder determinar aún, a estas alturas, cuál de ellas es más dura: el debate eterno.

Durante estos más de 30 años subido a una bici, y más de 15 de mi primera ascensión a este puerto legendario, como imaginaréis, he conocido muchísimos cicloturistas que han alcanzado el dulce sabor de la gloria allí arriba, a 2115 metros de altitud, subiéndolo por ambos lados, sufriéndolo y disfrutándolo a partes iguales.

Con ellos pude  debatir y opinar sobre qué vertiente les pareció más exigente, si la Este o la Oeste.

Los comentarios, de lo más variopintos, fueron argumentados por muchos y variados motivos.

Y es que ya sabemos que para gustos, los colores, y para dulce sufrimiento, los puertos, y más si se tratan de colosos como Monsieur Tourmalet.

Pero la duda sigue estando ahí.

A algunos, les pareció más dura la vertiente Oeste, la de Luz-St. Sauveur, porque sus pendientes son más exigentes y más irregulares, a diferencia de la Este, la de Saint-Marie de Campan, que a pesar de tener unos kilómetros duros parece que son muchos los que piensan que así se «regulan» mejor.

Otros, sin embargo, apuestan sin duda por la dureza de la vertiente Este, donde la encuentran más concentrada, casi sin descansos, porque por la Oeste se les ha hecho más asequible porque sólo su final es verdaderamente exigente.

Además algunos argumentan con razón, que si atacas su lado Este, es que normalmente vienes de ascender otros puertos, como puede ser el Aspin, por ejemplo.

Hay quien comenta, y se quedan  tan panchos, que el costado Este es más duro por su tramo final, pero que el Oeste es más exigente a lo largo de todo el recorrido, con lo que nos quedamos igual y no nos aclara para nada su experiencia vivida.

Pero echemos mano de los números, a ver qué nos dicen.

Si consideramos los 10 kilómetros más difíciles de cada lado y los comparamos por ejemplo con otro gigante pirenaico como es el terrorífico Larrau, nos daremos cuenta que sólo Tourmalet Este está a su altura en cuanto a dureza: una media entre el 9 y el 9,5%, mientras que su lado Oeste «sólo» alcanza el 8%, media inferior a cols como Pailhères, Aubisque, Pla d’Adet, Soulor, Menté o Spandelles en los que sus vertientes con mayor desnivel estarían entre el 8 y el 9%.

Es verdad que estos datos no significan nada a la hora de afrontar ambas vertientes, porque todo depende, todo es relativo, y muchos preferirán ascender los 18 km del Oeste, antes que escalar los 23 km largos del Tourmalet Este, si bien, sus primeros 11 km, suaves, no tienen nada que ver respecto a los 12 duros restantes.

Cruz Cyclone 2: Portabicicletas funcional, disponible para dos bicicletas. Fácil acoplamiento a la mayoría de bolas de remolque

En cualquier caso, analizando los 18 últimos km, veremos que ambas vertientes tienen una media similar del 7,5%.

Con estas cifras, lo que podemos decir sin temor a equivocarnos es que ambas vertientes son notablemente diferentes estudiadas por tramos, pero para nada si lo hacemos globalmente.

Puede que aquí descubramos uno de los motivos por los cuales el col del Tourmalet mantiene su mágica aureola al presentarnos dos caras tan similares en cuanto a dureza pero distintas para el que explica sus sensaciones superando las rampas de cualquiera de las dos vertientes.

Curioso, ¿verdad?

Tourmalet: dos vertientes casi gemelas

Además esta rareza sólo se da en el Tourmalet, ya que en ningún otro mítico puerto pirenaico existe duda alguna de qué vertiente es la más severa, ya sea por presentar una sola cara como Gavarnie, Pont d’Espagne, Hautacam o Pla d’Adet, o bien porque la diferencia entre ambos lados es evidente y, en este caso por ejemplo, podemos hablar de Marie Blanque, Somport, Aubisque, Soulor o Aspin, en los que sus desniveles son más inclementes en una pendiente que en la otra.

¿Y vosotros qué pensáis?

¿Dónde lo pasasteis peor?

Foto: @Meteo_Pyrenees

El Tour x los Pirineos: Miguel Indurain como ciudadano ilustre

Miguel Indurain Larraya es ciudadano navarro, nato en Villaba integrado en esa mágica añada surgida en 1964. Ubicado en el camino de Santiago, la localidad vecina a Pamplona tiene los Pirineos a unos 40 kilómetros. En esa distancia Miguel Indurain tenía Roncesvalles y los parajes aledaños a su alcance. Desde la localidad iniciática de la ruta jacobea, Indurain tomaba las rutas de Larrau, Ochagavía y Valcarlos para perfilar sus poderosas piernas.

El Tour de 1991 no estaba siendo sencillo para los españoles en general y Banesto en particular. A la pérdida de tiempo de las primeras jornadas se le sumó la jornada de Jaca, donde los nuestros pasaron con total discreción. La única victoria de Miguel Indurain en la primera crono larga suavizó un poco un ambiente que no era el más propicio.

Sin embargo la gran etapa de la edición, que iba de Jaca en Val Louron, fue el escenario elegido para dar el golpe. En un maratón pirenaico como pocas veces se vio Miguel Indurain se dejó caer al inicio del Tourmalet, se acompañó de Claudio Chiapucci y acabó vistiendo el amarillo, el primero de su carrera, en el podio.

Y es que el gigantón de la cuenca pamplonesa tuvo en los Pirineos un baluarte logrando en Cauterets su primer éxito en el Tour, y postulándose en Luz Ardiden como el gigante que acabaría siendo, una vez dejó a Greg Lemond en la estacada. Incluso, antes, en el Tour del Porvenir, ya moldeó maneras de grande en la cordillera que le acogió en sus jornadas de entrenamiento, gloria e pero también miseria, pues en 1996, en Hautacam, hincó la rodilla para despedirse de su sexto Tour.

Movistar se quedó a medias

El Tour de Francia toma un vuelo y se va para el norte, lejos, muy lejos, por donde ha rodado estos días. Los Pirineos en esta edición son historia tras dos días de convulsas sensaciones y encontradas conclusiones de las que sale un líder, Chris Froome, que posiblemente sea el único que ha estado en el lugar donde todos presumimos que iba a estar. El resto de ciclistas y componentes han ofrecido rendimientos dispares que obligan a guardar prudencia para decir que esta carrera está sentenciada o no.

Sea como fuere esta etapa ha sido inconclusa. Si un equipo por eso tuvo color y protagonismo en el maratón montañoso de este domingo, ése ha sido el Movistar Team. A más de cien kilómetros de meta se fueron Alejandro Valverde son sus compañeros para buscarle las cosquillas a un Team Sky que de inicio ya no ofrece la solidez del año pasado, si bien entonces nunca fue testado a fondo. Un ataque enorme, fantástico, que mucho me temo no estuvo a la altura del último tercio del día, ahí donde se debió resolver.

El movimiento de los ciclistas que visten de azul respondió a la sensación que cualquier persona que entienda un poco de ciclismo percibe. Movistar es el mejor equipo de este Tour, por grandes nombres y también por los ciclistas que los sostienen. Durante muchos kilómetros Movistar ejerció ese rol de equipo grande. Cogió la carrera desde adelante, lanzó sus hombres, cercó al líder, que tan solo 24 horas antes había dado muy duro, y lo llevó adelante rodeado de rivales. Froome estaba en situación de ser vulnerable, como pocas veces se logró con un hombre fuerte del Sky, sin embargo los acontecimientos en los tres puertos que siguieron el gran movimiento del equipo telefónico no tuvieron la altura de miras de los primeros momentos.

Un paso cansino, a buen ritmo, el suficiente para cargarse a Richie Porte, pero inútil para plantearle a Froome un pulso de iguales marcó el resto de la jornada. Un día sin duda desigual, saldado además de la peor de las maneras pues al final la fortaleza de los azules se quedó en nada para el control en la pugna por etapa. Como diría mi abuelo, mucho ruido para tan pocas nueces.

Y que se lo hagan mirar por que repasando el recorrido, éste no ofrece días tan complicados para hacer daño a Froome más con llegadas en alto y dos cronos en las que el inglés es netamente muy superior. Hoy fue el día porque aislado el líder, la sucesión de puertos, el llano final y la presencia de varias bazas exigían algo más de lo visto. Froome sólo tuvo que enfrentar tres ataques de Nairo Quintana que de haber tenido correspondencia con por ejemplo alguno de Roman Kreuziguer podrían haberle inquietado, mas si Contador, Valverde y compañía no estaban para tirar cohetes al final. Sin embargo todos quietos, sumisos al guión establecido y nada que objetar a Froome. Una pena, ciertamente. Lo de hoy creemos que ha sido excepción y hacer quebrar al Team Sky de esta manera no ocurre tantas veces como desperdiciarlo.

Foto tomada del Facebook del Tour

El Tour x los Pirineos: Jugando con la muerte

 

Infestos caminos de pastoreo, en medio de la nada, mirando los 2000 metros de tú a tú. Circos montañosos, anfiteatros salvajes repletos de yerbajos informes desde que el mundo era mundo. Lugares que acariciaban el cielo, ajenos, inconexos al mundanal ruido que crecía a sus pies, allá en los valles. Era el círculo de la muerte. Era el lugar que en 1910 sólo un puñado de pastores conocía y que el Tour de Francia quería abordar con la pandilla de inconscientes que malamente se cosió dorsal al deshilachado jersey de lana que hacía las veces de maillot.

Ese círculo de la muerte estaba entre Bagnères-de-Luchon, en el cogollo pirenaico, y Bayona, a orillas del océano. El día 21 de julio de 1910, cuando algunos de nuestros abuelos ni siquiera habrían nacido, cincuenta y nueve ciclistas se aprestaron a cubrir la primera gran etapa montaña de la historia del Tour. Un ciclista con muy mala leche, hastiado de tanta penuria pero lo suficientemente orgulloso para plantar su nombre a perpetuidad, Octave Lapize, coronó todos los altos en cabeza a excepción del Aubisque.

La flecha amarilla había hecho su primera expedición por esos lugares donde sólo habitaban lobos y posiblemente brujas. A esa travesía infame de Bagnères a Bayona, se le había acoplado la anterior entre Perpiñán y Bargnères. En dos coletazos, en unas 48 horas, se solventó el tramo pirenaico de mar a mar. No fue fácil, los mentores del Tour se la jugaron, nadie salió muerto de algo que muchos presumieron una temeridad, más cuando días antes unos alpinistas habían perecido en Suiza.

Cuando Lapize atravesó con las únicas compañías de su sombra, un sudor hecho mierda por el polvo y una quebrada respiración Saint Jean Pied du Port hacia Bayona, 10.000 personas a pie de carretera le hicieron el pasillo. Había sido el primero en la primera vez que el Tour se adueñaba de lugares que con los años, no muchos, se convertirían en templos. El ciclismo se hacía mayor a marchas forzadas.