Bautismo de fuego en el velódromo

Es mi primer día, me acerco al Velódromo Olímpico de Horta un lugar  que solo he visto desde las gradas, un lugar confiado a otras actividades más lucrativas y no siempre relacionadas con las dos ruedas. Un edificio que vivió tiempos de gloria, que te saluda como ese viejo boxeador lleno de cicatrices al fondo del gimnasio, con posters que reviven lo que fue en su día. Olor a humedad, me dirijo un poco perdido buscando a alguien que me guie pero solo encuentro unos carteles y un gentío al fondo. Allí, bicicletas de colores  se entremezclan entre antiguallas que me superan en edad y ruedas forjadas en épocas pasadas.

Allí me encuentro a Jaume Mas y Vicens Català, dos de los entrenadores más laureados dela historia del ciclismo español, me miran con una humilde sonrisa y con diligencia me asignan una máquina antediluviana bajo mis piernas y me invitan acompañarlos a las entrañas de la bestia, eso sí antes un calentamiento en una especie de máquina de tortura, llamada «rodillo». Todos sonríen cuando mi cuerpo se maneja torpemente con aquel cacharro, despertando miradas entre los veteranos de «todos pasamos por ello».

En breve los domino, “malditos rodillos, los quiero y los odio” pienso, pero me dan mi primer lección del día:

 

«El control y el equilibrio lo son casi todo en la pista»

 

De pronto abandonamos el interior para  descender y luego ascender rampas y escaleras oscuras y húmedas, y  salir al exterior donde golpea un  sol cegador. Allí se alza esa  majestuosa la pista de madera. Como si la cubierta de una fragata de madera tropical se hubiera doblegado bajo el envite del mar, por ella  danzan sobre sus 45º de inclinación danzan varios pistards en una lucha contra el crono.

Pero todo tiene un aprendizaje, primero por abajo, calentando, después subiendo poco a poco pisando líneas azules, blancas negras y rojas, hasta darte cuenta de que puedes rodar sobre el peralte a velocidades superiores a 60km/h o subirte a lo alto de la cresta y descender hacia el centro  de la pista como un surfista dejándose caer por la pared de una ola hacia su base.

Cuando alcanzas tu máxima velocidad y enfilas el peralte, la fuerza centrífuga te machaca contra el interior de la curva, mientras tus piernas te desplazan hacia delante como una exhalación.

El bautizo está completado, ahora solo falta reunirme con mis hermanos y danzar por la pista, todos en fila, muy rápidos, muy coordinados, muy concentrados, a cada vuelta los “senseis” gritan «¡más juntos!”  Tres dedos de separación entre las ruedas»… guau! tres dedos que te ponen en una situación de confianza total entre cuerpo, máquina y compañero.

Danzamos durante horas y aprendo lo que significa la base del ciclismo de carretera, la técnica perfecta de pedaleo, la confianza del compañero que te arropa en tu ignorancia, la sabiduría de los que llevan muchos kilómetros en las piernas y una amalgama de morenos marcada en antebrazos y muslos.

Me voy con las ganas de volver a los peraltes, de buscar los límites de mi fortaleza y de entender la plasticidad del “momentum”, de volar en un espacio controlado, sin más ayuda que mi bici, sin más gasolina que el empuje de mis piernas y siempre hacia adelante, nunca mirando atrás… pues si queremos que la grandeza perdida del ciclismo vuelva a brillar no tenemos más que aleccionar y dejar volar las jóvenes generaciones en los velódromos.

 

Por Cristian Marin, ideólogo de Pista Barcelona

 

En el velódromo está el origen

«Todo empieza como un viaje de vuelta a casa, de retorno. Mucho tiempo fuera del hogar hace que uno se pregunte si el origen de uno mismo es el lugar donde se fraguaban las leyendas o si simplemente es otro cuento de hadas plagado de frases vacías de marketing y espejismos de otra época…”

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el fútbol era un deporte más y los verdaderos héroes montaban sobre dos ruedas empujados con golpes de aire y latidos acompasados,  se creó una leyenda, ahora olvidada por los que no vieron morir al dictador, pero que sin saberlo siguen sus mismos pasos, pedalada a pedalada.

El fixed se apoderó de Barcelona hace poco más de un lustro, bicicleta de carretera reformada y alguna vieja gloria oxidada languideciendo en el garaje de algún abuelo, empezaron a ver la luz del día de nuevo… bicicletas y llantas que hacían daño a la vista con aquellos tonos sacados de la paleta de color de algún pintor estridente se escaparon por las calles, tiñendo la ciudad de transportes molones, cool, de moda…

Poco a poco la densidad de ciclistas que rodaban a piñón fijo se fue expandiendo y contaminando otras ciudades del país, hasta que la cosa empezó a llamarse fenómeno; el fenómeno del piñón fijo, del fixed. Empezaron aparecer tiendas con recambios, webs y blogs con información, entendidos en la materia…

Mientras todo aquello cocía a fuego lento, otro tipo de interés empezaba a despertar entre algunos de los  «nuevos» llegados… ¿Cuál es el origen de esta movida más allá de mensajeros y hypsters de gafa pasta y postura desafiante?

 

Y sólo había una respuesta: El Velódromo.

 

Así que muchos tocados por este pensamiento se dirigieron a la pista, picaron a la puerta y preguntaron por la pureza del ciclismo, por su base, por su plasticidad y por su belleza, y aunque no entendieron las preguntas quizá fue porque no sabían las respuestas… sin embargo el germen había plasmado: “Lo real y lo puro está dentro de la pista”.

Pasaron los días y algunos  se colaron en las peraltadas menos vigiladas, saltaron cual espontáneos al ruedo para probar su valía y hablaron de lo que sintieron a sus compañeros ciclistas. Pero las puertas de los velódromos seguían cerradas, en un entorno casi hereditario de padres a hijos, un secretismo del cual “los recién llegados” tenían ganas de aprender.

Así fue el contexto en el cual el Pista Barcelona se gestó, como llave para poder entrar, poder aprender, poder renovar…

 

Cristian Marin, ideólogo de Pista Barcelona

Foto tomada de www.ultimosprint.com