La montaña que el ciclismo hizo mítica

Un recorrido por esa montaña que el ciclismo puso en el mapa

Desde aquel momento, hemos ido creando mitos a partir de las montañas, ya sea por un motivo u otro, bien por caprichos del destino, porque han saltado a la fama y se han dado a conocer entre los aficionados al ciclismo, tan ávidos como siempre hemos estado de descubrir nuevos retos en forma de puertos de paso o altos inéditos, los cuales han pasado del anonimato a la popularidad al conseguir dichas cimas ser finales de etapa en alguna vuelta ciclista.

También tenemos casos de puertos de montaña que han sido encumbrados y, debido al paso del tiempo, han caído de nuevo en el olvido o en el ostracismo, por la razón que sea, siendo los mismos organizadores de las pruebas ciclistas quienes los han dado a conocer y lanzado al estrellato, y quienes, del mismo modo, han dejado de ascender sus duras rampas, abandonándolos entre sus brumas.

Desde que Alphonse Steinès inventara la montaña para el ciclismo con la incorporación del Ballon de Alsacia en el Tour de 1905, han sido innumerables los puertos de paso que han saltado a la fama, como ya es bien sabido.

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Podemos hablar de cómo la televisión, aún en blanco y negro en el año 1952, nos mostró las 21 curvas imperturbables del Alpe d’Huez, siendo la primera ascensión mediática por este motivo.

De la misma manera, en primavera del año 1983, también la tele, aunque ya en color, fue testimonio del nacimiento de una estrella con la subida a los míticos Lagos de Covadonga.

Y donde no llegaba la televisión lo hacían los aficionados, anónimos en su mayoría, que daban a conocer nuevos puertos asfaltados a los organizadores de las grandes vueltas, como fue el caso, por ejemplo, de la carta que escribió Miguel Prieto, director nacional de informática de la ONCE, a la dirección de La Vuelta: tuvo que ser una persona casi ciega la que descubriera el puerto recién asfaltado del Angliru, para competir en dureza extrema con otros colosos como Mortirolo o Zoncolan.

Podemos recordar también el espontáneo correo electrónico enviado a Unipublic en el año 2001 por Juani Zafra, una joven profesora de Educación Física de Valdepeñas de Jaén, para avisarles de una ascensión inédita, dura y bella, conocida con el nombre de la Pandera, que nada tenía que envidiar al gigante astur.

Como vemos, gracias a la tele, a una carta o un correo electrónico, muchos puertos desconocidos se han ido incorporando al imaginario colectivo ciclista, pero también hay que agradecer que en muchas de estas cimas vírgenes para la competición se hayan instalado valiosas infraestructuras para la ciencia, como pueden ser los observatorios astronómicos, o bien para los deportes de invierno, como las pistas de esquí, que han hecho posible el asfaltado de empinados caminos forestales para nuestro dulce sufrimiento.

Es cierto que detrás de esas novedades se suelen esconder intereses económicos, que han podido perjudicar otras zonas montañosas incluso más interesantes, y a pesar de ello nunca han tenido un merecido protagonismo por falta de recursos.

Tenemos abundantes ejemplos por toda nuestra geografía.

El salto a la fama de muchos puertos de montaña ha conseguido que municipios incomunicados ahora se encuentren interconectados entre sí y, con ocasión de la presencia de algunos de esos altos como finales de etapa, en alguna de las grandes vueltas, se ha aprovechado la circunstancia para construir nuevas infraestructuras viarias.

Estas recientes comunicaciones que se han despejado entre pueblos, regiones y valles, han potenciado el turismo a ambos lados de las montañas y han fortalecido la resiliencia de sus habitantes, garantizando un desarrollo sostenible de su entorno.

De esta forma la montaña desconocida se descubre, mejorando la calidad de vida y la salud de sus lugareños y, aunque siempre preservando su identidad y patrimonio, se convierte en un nuevo espacio visitado y consumido por miles de cicloturistas ávidos de naturaleza, deporte y aventura, que disfrutan de la belleza de sus paisajes que pueden llegar a ser sobrecogedores.

Es el precio de la fama de estas ascensiones, que dejan de ser lugares remotos, lejanos o inhóspitos para convertirse en sitios codiciados, de ocio, de anhelo y de deseo por conquistarlos, sobre todo, en nuestro caso, para cualquier avezado ciclista caza-puertos, que se precie de serlo.

Puede tratarse de un puerto desconocido entre los aficionados, inédito en carreras profesionales, hasta el momento que es transitado por alguna competición ciclista que  aborda alguna de sus dos vertientes, quedando su opuesta al margen de la carrera, esperando su momento.

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Puertos que luego se han convertido en míticos, donde se han librado descomunales batallas ciclistas, pero hay que tener en cuenta que aún siguen existiendo muchos colosos en potencia, ocultos en la geografía y por descubrir, que nunca han visto ciclistas afrontar sus cuestas.

Quizás deberíamos hacer una breve memoria de esos gigantes olvidados, muchos de ellos posiblemente más duros que los más reconocidos, pero privados de la fama y el reconocimiento merecidos.

Los aficionados al ciclismo, los organizadores o la propia prensa, seguirán inventando nuevas subidas o descubriendo nuevos puertos, pero mientras no se planteen una vuelta a los recorridos de toda la vida, planificando etapas con combinaciones de varias dificultades montañosas, que posibiliten la batalla desde lejos de meta, a la vieja usanza, muchos de ellos irán cayendo de nuevo en el olvido.

Esto pasará, y de hecho está ya ocurriendo, porque cada vez más algunas pequeñas o grandes vueltas prescindirán de ellos al no considerarlos importantes para el espectáculo, y apostarán por finales en cuestas de cabras, tal y como se está haciendo, renunciando a un encadenado de puertos en el que, contrariamente a lo que ellos piensan, sí se disfrutaría de un ciclismo más selectivo, competitivo o combativo.

El hecho de que una etapa sea “unipuerto”, ya sabemos que bloquea la carrera prácticamente hasta sus últimos kilómetros, lo que viene a ser, como ya hemos comentado más de una vez, ciclismo de youtube, donde la diversión para el aficionado se reduce a unos pocos minutos de la exhibición que quieran demostrar en ese momento los pros.

Hay que añadir que muchas de estas cimas también pueden caer en el ostracismo a base de repetirlas una y otra vez, abusando de ellas en estos recorridos hasta la saciedad, provocando que el gran público se aburra de ellos.

¿Y vosotros qué puerto creéis que debería saltar ya a la fama, pero aún permanece escondido a la espera de que alguien lo recupere de la memoria del olvido?

Foto: Pau Catllà

Cicloturismo blanco: Seis destinos buscando la nieve

El cicloturismo blanco nos llena la mirada de paisajes exóticos

El pasado 1 de diciembre dio comienzo el invierno meteorológico que se prolongará hasta el 29 de febrero.

Meteorológico, que no astronómico, ya que oficialmente lo hizo el 22 de diciembre a las 5.48, hora española:  fue el solsticio de invierno.

Es ahora cuando tenemos los meses más fríos combinados con los días más cortos del año.

 

¿Representa esto un impedimento para seguir disfrutando de nuestras salidas en bici?

Posiblemente, dependiendo de lo rigurosa que sea la estación, o de las ganas que pongamos cada uno, si queremos tomarnos un descanso o decidimos no arrugarnos ante los elementos y salir ahí afuera a pedalear.

Eso sí, bien abrigados, que para eso disponemos de ropa con los mejores materiales, para disfrutar de una manera diferente del innegable cambio en el paisaje, haciendo de nuestras salidas cicloturistas algo realmente exótico.

Se trata de pedalear en condiciones diferentes, porque nuestra afición no ha de disminuir en invierno y simplemente podemos cambiarla.

Hemos de animarnos a continuar con nuestras cabalgaduras en bici, pero buscando esos destinos que nos ofrezcan otro punto de mira, otra visión desigual de nuestras montañas cubiertas de nieve, que nos animará a experimentar y sentir de manera distinta.

 

Es un buen momento para elevar nuestra mirada y dirigirla hacia los territorios de los esquiadores.

Ellos son los que ahora dominan los puertos, tan aficionados como nosotros a la alta montaña, espacio blanco en invierno, y a los que debemos estar agradecidos porque han hecho posible que se hayan asfaltado pistas dirección a las estaciones de esquí, carreteras que salen disparadas hacia el cielo.

Pero alguien puede preguntarse…

¿quién fue primero el ciclista o el esquiador?

La respuesta la tenemos en la historia del esquí en nuestro país, y ésta es antigua.

SQR – GORE

 

A finales del siglo XIX, este deporte de invierno ya era practicado en Navacerrada por noruegos que vivían en Madrid, si bien su expansión comenzó en la primera década del siglo XX hacia Pirineos y Sierra Nevada.

No sólo fue una incipiente modalidad deportiva, sino también un medio de desplazamiento de los habitantes de la alta montaña que les permitía romper su aislamiento en los meses invernales.

Por tanto podemos comprobar que la nieve es pasado, presente y futuro, porque este oro blanco ha ayudado a prosperar muchos municipios deprimidos que gracias a este turismo han mejorado su nivel de vida, infraestructuras y comunicaciones.

Algunos ejemplos de lo que os estamos hablando para esta época del año, podrían ser Cerler, la Covatilla, Valdezcaray, la Bonaigua, Sierra Nevada o Navacerrada-Bola del Mundo, por citar algunos destinos buscando la nieve en otras tantas estaciones de esquí situadas en espacios de gran interés natural.

Parajes que no deberían ser obstáculo para seguir disfrutando del pedaleo mientras duren las bajas temperaturas.

SQR – GORE

 

La bicicleta no entiende de fronteras ni de dificultades y siempre habrá algún ciclista dispuesto a intentarlo para poner pedales a sus sueños e ilusiones.

Foto: Pau Catllà

Valdezcaray, la montaña del ciclismo riojano

Si una montaña es emblema de ciclismo en La Rioja esa es Valdezcaray

Así con mayúsculas, porque Valdezcaray es estación de esquí y es la Montaña de La Rioja, del ciclismo de Rioja: la Sierra de la Demanda, dentro del Sistema Ibérico.

Una más que aceptable estación invernal que aprovecha las laderas de la cara norte del monte San Lorenzo, a 2272 metros de altitud, el más alto de La Rioja, para disfrute de los amantes de la nieve y los deportes de aventura.

Nosotros, a lomos de nuestras bicis, no podremos practicar tan excitantes sensaciones.

Las nuestras son otras: el camino, los pueblos, el paisaje y el entorno, y claro está, el poder superar una muy asequible ascensión, sin que sirva de precedente, la que ahora os proponemos en esta escapada.

 

La subida no os supondrá mayor dificultad que el intentar escalarla lo más rápido posible, por otro lado poco recomendable, ya que en ella no vais a encontrar ni rampas exigentes ni mucho menos imposibles.

La única complicación la encontraremos al inicio del puerto, cuando tengamos que sortear algunas paellas salpicadas por algunos pequeños muros que en algún momento puedan alcanzar el 9 ó 10%.

El resto, un paseo para descubrir un paraíso de montaña, para sentir y admirar un entorno natural privilegiado para practicar nuestro deporte favorito entre pinos y hayedos.

Un lugar para movernos, degustar y también, claro está, poder descansar después de una intensa jornada de pedaleo.

Se trata pues de una subida accesible de prácticamente 15 kilómetros, distancia que nos separan desde el pueblo de Ezcaray hasta la estación de esquí, a más de 1500 metros de altitud, después de haber superado el Collado de las Tres Cruces.

Será desde esta localidad señera y noble donde partiremos siguiendo las pedaladas de Sean Kelly, Belda, Perico, Bernard o Parra, que con sus memorables escaladas -los dos primeros en dura pugna en la primera etapa línea que se disputó en sus cuestas en el año 1988, con victoria para el irlandés-, convirtieron este rincón inclinado en todo un emblemático puerto de la Vuelta a España.

SQR – GORE

 

El resto de nombres míticos, grandes escaladores todos ellos, fueron los ganadores durante los años siguientes (89, 90 y 91, respectivamente), si bien en aquellas ediciones el reto fue competir contra el reloj en sus suaves desniveles, en forma de cronoescalada, ya que parece ser que, según el gusto de la organización, el puerto no reunía la suficiente dureza para ser selectivo entre los corredores.

Sin embargo, recordemos que en la etapa contra el crono que ganó Pedro Delgado, un tal Indurain que ya asomaba, y asombraba, con sus piernas en las grandes carreras, lo pasó muy mal en su ascensión debido, cómo no, a una alergia, en unas fechas en la que la ronda española se disputaba en los meses de primavera, algo que al gran Miguel le iba fatal.

De todas formas, si necesitáis más marcha, podéis añadir a vuestra visita a la zona la subida a la Cruz de la Demanda, ahí al lado, dura y espectacular como pocas, mucho más que su “tendida” vecina.

Foto: coronandoelpuerto.com

La Bonaigua es la escalera al Cielo

En la subida a la Bonaigua nos espera un puerto mayúsculo

En la Bonaigua tendremos la certeza que tocaremos el cielo con nuestras manos después de haber superado una de las cimas más bellas e increíbles que podamos ascender en bicicleta.

Y lo haremos sin temor hasta alcanzar sus 2072 metros de altitud, el puerto de carretera más elevado de todo el Pirineo catalán.

La ascensión es larga, casi 22 kilómetros de subida continuada, sin fuertes desniveles para, poco después de iniciar su descenso, encontrarnos con la estación de esquí de Baqueira Beret que según dicen los entendidos es la mejor y más grande de España.

Seguramente, también, una de las más famosas.

 

En estas reconocidas instalaciones para la práctica de los deportes de invierno también podremos oler y sentir nuestra pasión por las dos ruedas.

Inaugurada la estación de esquí en diciembre del 64 tardó bastante en hacerse un hueco entre los aficionados al ciclismo, pero al final aquí también respiramos ciclismo a los cuatro vientos y pudimos vivir épicas etapas tanto en la Vuelta como en el Tour.

Podemos recordar, por ejemplo, algunos nombres de los que aquí vencieron como Unzaga en el 92, Zulle en el 95, Purito en 2003 o Moncoutie en 2008, saliendo también de aquí victorioso Denis Menchov, pero esta vez en un marco como el de la Grand Boucle.

 

La propuesta está servida: partir desde las estribaciones del Pirineo para sumergirnos en uno de los parajes más atractivos del Pirineo: el Valle de Arán.

Para eso tendremos que subir el puerto de la Bonaigua, puerta de entrada a este valle de valles, mientras nos deleitemos con la belleza y la soledad de un bucólico paisaje.

El ascenso propiamente dicho lo empezaremos a notar cuando alcancemos el pintoresco pueblo de València d’Aneu, situado ya a 1050 metros, pedaleando por una estrecha carretera de cuento con sus impresionantes bosques alpinos, abetos negros que parecerán echarse encima de nuestras cabezas.

 

Esta exuberancia de árboles, y los rayos del sol jugueteando entre las hojas, nos transportarán a toda una sinfonía de luces y colores.

Hasta aquí, disfrutando de un buen ritmo pues rara vez la pendiente supera el 4% de inclinación, iremos ganando altura más deprisa con tramos ya más serios al 7-8%, pues la carretera empieza a serpentear sobre sí misma ofreciéndonos en el tramo final su vertiente más espectacular, mientras iremos contemplando hermosas panorámicas del valle, dejando atrás curva tras curva.

En esta parte del puerto los árboles han dado paso a extensos prados de alta montaña y, según la época en que abordemos la ascensión, es muy fácil que en sus últimos cientos de metros pedaleemos entre blancas paredes de varios metros de altura, porque lo normal es que la carretera está cerrada algunos meses del año.

SQR – GORE

Una vez hollado el puerto, rendido a nuestros pedales, la visión será fascinante sólo para nuestros ojos del Aneto y la Maladeta nevados como telón de fondo de este valle del Pirineo, considerado como el más grande de esta cadena montañosa y donde según dicen su brazo izquierdo y su brazo derecho, su lado atlántico y su lado mediterráneo, se juntan y estrechan las manos en esta bella depresión que es el valle de Arán.

Nos vemos en la cima del Tourmalet

Tourmalet cima JoanSeguidor

«¿Nunca subirás el Tourmalet…?» espera a vernos en su cima

Hoy nos hemos visto un rato Ibán y yo.

Sí, el “dire” de este mal anillado Cuaderno.

Este fin de semana se va al Tourmalet.

A subirlo en bici, claro.

Será su primer Tourmalet.

SQR – Cerdanya Cycle

 

Envidia sana.

Charlando con él, he recordado mi primera ascensión al mítico puerto pirenaico, el siempre reconocido como “no es el más largo, no es el más duro, no es el más bello”.

Pero sigue siendo el Rey.

Por muchos motivos.

En aquellos años de principios de los 90 había mucha gente -cicloturistas como yo- que andaban más picados con un anuncio de televisión que con su propio cuñado.

Sí, con un anuncio, con un reclamo publicitario.

Los que ya tenéis una edad seguro que sabréis a qué spot me refiero.

Sí, hombre, los cuarentañeros, cincuantañeros, sesentañeros o más.

Más jóvenes no creo que lo recordéis, a no ser que alguien os lo haya explicado.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Pues como os digo, el personal andaba mosqueadísimo con este anuncio de Aquarius en el que decía: «Nunca subirás el Tourmalet…»

En bici, claro.

Sí, como lo leéis.

Aún hoy, me gustaría haber conocido al iluminado creativo que se le ocurrió semejante idea, que pensó en lanzar este reto que creía imposible para la mayoría de mortales de este sufrido país.

«Nunca subirás el Tourmalet…»

Repetía una y otra vez el anuncio, hurgando en nuestro orgullo y machacando nuestro ego como un martillo a un yunque.

Pero éstos… ¿qué se habían creído?

Daba bastante rabia, la verdad.

No tenían ni idea de que en España se estaba fraguando una auténtica legión de locos aficionados a aquellos locos cacharros a pedales que eran muy capaces de superar ése y otros retos aún mayores.

Como no podía ser de otra manera, por supuesto.

Muchos se sintieron -nos sentimos-, soliviantados y, espoleados por aquel poco acertado anuncio, muchos componentes de clubes ciclistas de todo el país tomaron la decisión, aunque solo fuera por llevar la contraria a aquella advertencia, de ir a la conquista del Tourmalet.

No hace falta decir que muy pronto el anuncio quedó en evidencia.

No tenía sentido alguno.

 

Incluso algunos optaban por celebrar su conquista dejando constancia que lo habían conseguido sin beber ni una sola gota de Aquarius.

¿Y cómo es el Tourmalet? –me ha preguntado Ibán.

Aquí no he podido evitar echar mano de la nostalgia para hablarle de mi experiencia de aquel día cuando, pasando por Saint-Marie de Campan, y respetando la tradición, rellené bidones en la fuente de más prestigio del mundo del ciclismo.

Cómo, partiendo desde aquella población, enfilé mi manillar, sin pulsómetros, ni GPS ni cualquier otro tipo de medición, dirección al Col del Tourmalet, a pecho descubierto, solos el Gigante y yo.

Justo al llegar a Gripp es cuando empezó la fiesta.

Recuerdo que a la salida del pueblo un lugareño, muy amablemente, me deseó “bon courage”, mirándome con algo de compasión.

Pues sí, algo más que suerte iba a necesitar para llegar, pero a ritmo muy tranquilo, regulando mucho, y con todo el mínimo desarrollo metido, despacio, empecé a afrontar las primeras rampas.

Aquellos primeros kilómetros ya no iban a bajar del 9 y el 10 % de desnivel, muy mantenido y muy duro.

Los kilómetros, marcados todos con su porcentaje de desnivel y la distancia que quedaba al puerto, me iban comiendo la moral, pero yo continuaba pedaleando, casi artesanalmente, pero de momento, no me descabalgaba.

 

Toda la gente con la que me iba cruzando, ya fuera en bici o andando, me seguían dando muchos ánimos (“allez, allez,…”).

De repente, a lo lejos y muy altos, contemplé los primeros edificios de La Mongie: “¡madre mía! ¡pero eso qué es! ¿hasta allí arriba tengo que llegar?”

Pasé los túneles y aún se podían observar en el suelo las pintadas hechas al paso de la caravana del  último Tour.

La travesía por La Mongie se me hizo bastante penosa, hundido en la tremenda carretera que cruza el pueblo, y es que esta calle, pues no deja de ser una calle más de La Mongie, se me apareció como una rampa increíble, continua, sin descanso, como todo el puerto.

Cuando empecé a salir de este infierno, ya empecé a vislumbrar el paraíso, después de pasar el último purgatorio, y me veía insignificante ante la grandeza y la belleza de estas montañas: el paisaje era espectacular, el esfuerzo también.

Lo único que no me gustó fue el edificio piramidal que rompe con la naturaleza del entorno, pero enseguida lo dejé atrás y ya oteaba el final del Tourmalet: 3 kilómetros para el col.

Pero vaya últimos kilómetros.

Y vaya paellas.

Estaba ya cerca pero aún muy lejos.

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Había gente que se me acercaba y me preguntaban en francés si venía desde abajo: “oui, oui”, les contestaba con cara de pocos amigos.

¡Menuda pregunta!

Entré en el último kilómetro y aquello seguía sin ceder, más bien al contrario, y tuve que acometer otro tramo entero al 9,5%.

En aquel momento me encontraba cansadísimo, pero respiré, miré para atrás, y me recreé con todo lo que había dejado a mis espaldas, porque desde aquel punto se veía toda la subida completa desde La Mongie.

Los últimos metros fueron tremendos.

Me animé algo al ver ya el aparcamiento destinado para coches, señal inequívoca de que estaba a punto de coronar y certificar que, efectivamente, hay llamas andinas en sus laderas.

 

 

Giré a la izquierda y allí estaba el CICLISTA plateado, así con mayúsculas.

Había mucha gente -era el mes de agosto- que me observaban con cara de admiración y es que había algunos que aún me seguían preguntando si venía desde abajo (“oui, oui,…”).

Me recreé en el Col, en aquella historia viva, visitando el bar, la tienda de recuerdos y observando la otra vertiente, bellísima.

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El Tourmalet, seguirá ahí siempre, inalterable, para que el avezado cicloturista que se acerque hasta aquí escriba su propia historia, su primera vez al encuentro con la épica y la leyenda.

Así pues, acercaros sin temor hasta su cumbre y, de paso, dejaréis en evidencia a aquel absurdo anuncio de Aquarius dedicándole un buen corte de mangas junto al Gigante “Octave”.

¿Dónde si no?

Que ustedes lo sufran con mucho goce.

Passo di San Boldo, el puerto intermitente del Giro

El Giro asciende esta maravilla llamada Passo di San Boldo, una carretera que os dejará con la boca abierta 

Los supervivientes de la corsa rosa tendrán la oportunidad de grimpar este muro de 18 exquisitas curvas numeradas del tirón, ya sea en pelotón, en grupo o escapados.

¿Por qué del tirón?

El Passo di San Boldo es un puerto intermitente, es el Guadiana de los pasos de montaña, porque aparece y desaparece ante nuestros ojos de manera caprichosa.

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Con sus cinco túneles que trepanan la montaña, los cicloturistas lo tenemos imposible para poderlo subir de una sola vez sin parar, en algún momento, en uno de sus 7 kilómetros de escalada desde Tovena, en la provincia del Véneto italiano.

Y no es precisamente por su dureza contenida para su casi 7% de porcentaje medio.

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Tampoco por su gran altura.

El Passo San Boldo, a pesar de su gran magnitud, es un puerto bajito y a duras penas supera los 700 metros de altitud.

Lo que hace que sea una subida interrumpida y discontinua es que, aunque de doble sentido, la carretera es muy estrecha -apenas 5,50 metros- y hay que dar paso alterno a los vehículos que caracolean -nunca a más de 30 km/h- por semejante pared.

Incluidas las bicicletas.

Esto hay que tenerlo en cuenta.

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No somos tan rápidos y es fácil encontrarnos que el semáforo de turno, que regula el paso en cada uno de los túneles que perforan estos muros, se haya puesto en verde para los que vienen en sentido contrario.

Es el momento de parar y esperar nuestro turno.

Mejor, así podremos deleitarnos con más detalle con este monumental camino pavimentado.

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Eso los que no lo conozcáis, porque ya sabemos que en la actualidad es muy difícil sorprender a nadie ya que todo lo consultamos en internet y queda poco margen para la imaginación.

Quizás, por tanto, igual tendría que dejar aquí mi redacción para recomendaros que fuerais de inmediato a preguntar a Google por esta impresionante obra de ingeniería de principios del siglo XX.

Es fácil, teclead “Passo San Boldo” y veréis.

Bromas aparte, si lo hacéis, sino lo habéis hecho ya, sobran las palabras y basta con contemplar con detenimiento las fotos de esta bendita locura en forma de paso de montaña.

 

Esto sería lo fácil para dejar de escribir ahora mismo, pero no lo voy a hacer porque no es mi estilo y, por tanto, el desafío es intentar expresar negro sobre blanco sobre lo que significa, en nuestro caso, pedalear por este increíble lugar.

Yo tuve la suerte de estar por aquí hace ya unos cuantos años, en 2007, camino de mis vacaciones a Dolomitas, donde pude ascender míticos puertos como las Tres Cimas de Lavaredo.

Pero no os voy a engañar.

No pude abordar estos increíbles tornantis a lomos de mi bici.

Me tuve que conformar con hacerlo en coche.

Sí, una verdadera lástima.

Iba de paso y no tenía mucho tiempo, pero quise dar un pequeño rodeo para acercarme hasta aquí y ver este tremendo paso de montaña en vivo.

 

Sí es cierto que también había visto ya algunas imágenes de la subida, muy bonitas y fotogénicas, además de que tenía -tengo- algún amigo que ya había estado antes por aquí y me había hablado con fascinación de este puerto de ensueño.

Ya os puedo decir, en este preciso momento, que por muchas fotos que hayáis visto antes la visión de esta carretera, contemplada desde abajo o desde arriba, os va a impresionar igual y quedará grabada en vuestras retinas para siempre.

Los túneles encadenados son espectaculares y es un puerto que no olvidaréis jamás.

De la misma manera que a mí me estremeció, allí parado, esperando a que uno de los semáforos me diera vía libre para continuar mi camino por esta cinta asfaltada que se agarraba, cuesta arriba, a esta pared de roca dolomítica.

Desde luego que eché de menos, en aquel instante, el poder disponer de una bici para disfrutar de semejante rincón inclinado, que parecía sacado de un cuento de sueños ciclistas. ¡Qué rabia!

De este modo tuve tiempo para ir leyendo, a través de las imágenes que documentan el paso, la historia de la construcción de este exclusivo puerto en el mundo.

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Hace siglos también se subía por aquí.

Lo hacían los comerciantes, los pastores con sus rebaños, los granjeros con sus mulas cargadas, que ascendían penosamente estos empinados tramos de piedras y de rocas que llegaban hasta la cumbre.

San Boldo es también el puerto de los 100 días.

Que es su eslogan más reconocido, porque se construyó en tan sólo ese corto espacio de tiempo.

Siete mil trabajadores, en su mayoría prisioneros de guerra rusos, niños, mujeres y ancianos, que fueron obligados por el imperio Austro-Húngaro  a construir a toda prisa esta carretera por motivos militares durante la 1ª Guerra Mundial.

San Boldo, el puerto de los 101 años.

Porque el próximo mes de junio esta carretera cumplirá esta mágica cifra.

San Boldo es uno de los puertos más pintorescos del mundo.

Muchos así lo consideran: mítico, impresionante, turístico.

San Boldo, un  puerto italiano con nombre de un ermitaño español.

Que es quien da nombre a este paso y que vivía en estas montañas haciendo milagros.

San Boldo, un puerto que deseareis que no se acabe nunca.

Como una bonita historia interminable.

Fotos: it.wikipedia.org/

www.italybikehotels.com

¿Qué hacemos con el #cuestacabrismo?

Cuestacabrismo Itzulia Joanseguidor

Cuestas de cabras o #Cuestacabrismo: ¿Son tan necesarias?

En España se han ascendido en competición 41 altos o puertos de montañas, cuestas o rampas por encima del 20%, muy por encima de Italia con 21 y sobre todo Francia con tan sólo 6.

Andaba yo el lunes pasado viendo la contrarreloj inicial de Zumárraga en la Itzulia, una crono de unos 11 kilómetros que incluía el ascenso al terrible muro de La Antigua, todo un espectáculo.

Las cunetas de aquellos 2,2 kilómetros durísimos, nada menos que al 9,5% de pendiente, si bien el último, entero, al 15% con rampas de hasta el 21-22%, estaban abarrotadas de público, sobre todo en su inclinación más dura, allí donde el sufrimiento se convierte en un calvario.

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Hace unos años, ya pudimos comprobar la exigencia de esta pared en la Itzulia de la temporada 2015, cuando una gran parte del pelotón, imaginamos que sorprendidos por semejante cuesta, no tuvo más remedio que echar pie a tierra.

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Este año los pro repetían, aunque de manera individual, que es muy diferente a tener que afrontarla en un grupo numeroso, claro está, con la dificultad añadida al altísimo porcentaje de tener que sortear aficionados y ciclistas que se van clavando en el intento.

Además, se suponía que esta vez los corredores, o al menos los mecánicos de equipo, iban con la lección bien aprendida, y saldrían con los desarrollos acordes para acometer semejante bicharraco pavimentado.

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De esta forma pude ver cómo los profesionales se comportaron como lo que son: auténticos profesionales, unos campeones que muy pocas veces se quejan de las putadas que les hacen obligándolos a subir este tipo de rampas inhumanas.

A pesar de esto, no fueron pocos los que superaron esta tremenda cota a golpe de riñón, dando chepazos, pegando algún que otro bandazo, retorciéndose de manera literal, y casi clavándose en el asfalto.

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En mi opinión, no hay nada más ridículo que ver a algunos corredores con la cabra subiendo por aquí, con lo que ello limita, porque la bici, de esta forma, no se puede bailar bien y, por supuesto, la postura es de lo más incómoda.

Incluso algún ciclista, como George Bennett del Jumbo Visma, tuvo que echar pie a tierra, dejando una imagen bastante surrealista del ciclismo y en lo que lo hemos convertido, porque… ¿qué estamos buscando con esto?

#Cuestacabrismo: ¿Acaso este sufrimiento al que exponemos a nuestros ciclistas no es lo más parecido a un circo romano?

Vamos, digo yo.

Porque es lo que hacemos, echamos a nuestros corredores a esos leones de cemento y de hormigón que se levantan rampantes a la espera de devorar al avezado ciclista que se atreva a desafiarles.

¿No es así?

 

Lo curioso del caso es que, al leer los comentarios de cómo se había vivido la jornada, al día siguiente, muchos echaban la culpa a los mecánicos por no haber acertado, o por no haber sabido, dar con el desarrollo adecuado para afrontar el repechón de La Antigua.

O sea, que la culpa toda es para el mecánico, que es un incompetente.

Igual que si el remero no rema es por culpa del remo.

Eso sí, en lo que casi todo el mundo estaba de acuerdo es que una CRI inicial con esa escalada a La Antigua no tenía ningún sentido.

 

Pero yo ahora quiero ir un poco más allá.

¿No será que igual los integrantes del equipo no estaban un poco engañados con la dureza real de estas rampas?

Vamos, que ni 21 ni 22%, que en ese tramo final el porcentaje tiene que ser, por fuerza, mucho más duro.

Por este motivo, me he puesto a indagar por la red de redes, porque yo además había leído, o había visto, y no me lo podía haber inventado, que lo más duro de La Antigua alcanzaba hasta un 30%.

Sí, como lo leéis.

Y en según qué sitios le dan hasta algo más.

 

Vamos a por los datos.

«Chafardeando» por Twitter, he encontrado, por ejemplo, que la página oficial del mismísimo Deceuninck-QuickSetp habla que “la contrarreloj de la Itzulia vio a los corredores asumir la corta pero brutal escalada de La Antigua, que presentaba una pendiente máxima del 30%”:

Como rareza, también he visto que el TL de una página… ¡finlandesa! como https://ammattipyoraily.wordpress.com/ que tiene casi 21 mil seguidores y es especialista en puertos de montaña, comentaba en su previa de la etapa que casi habrían tenido que elegir mejor una TT para subir a La Antigua y que “será interesante ver cuántos corredores tienen que poner sus pies en el suelo porque sus últimos 50 metros son del casi 30%”.

Si bien, especificaba que este dato no era oficial:

 

Aún no contento ni conforme con todos estos datos, he continuado indagando y buscando altimetrías de esta salvaje subida.

No dejes de experimentar sensaciones reales sobre una bicicleta eléctrica en cualquier subida que te propongas 

En muchas de ellas queda especificado que el máximo oficial era el ya sabido: ese 21-22%, aunque en algunos sitios ya he visto que alguna marca un 23% y hasta incluso un 25%, con comentarios de este tipo:

 

Pero lo que ha sido «el no da más», es encontrar esta altimetría del amigo Asier, un guipúzcoano que conoce muy bien esta tierra y que suele publicar sus gráficas en páginas de prestigio como  Altimetrías de Puertos de Montaña (APM).

En ella, como podéis observar, le da una máxima de hasta un… ¡33%!

Hasta esta altimetría he llegado, navegando por Internet y pasando de enlace a enlace, a través de la reconocida página de la Plataforma Recorridos Ciclistas (PRC) en la que efectúa un exhaustivo y detallado estudio sobre las rampas máximas superadas en competición.

Leed la entrada porque es imperdible.

En ella, estos amigos, explican que “han hecho una lista con los porcentajes máximos que se han superado en carreras profesionales, y para ello hemos puesto como límite que superen el 20%”.

Visto el impresionante catálogo, podréis ver que en este gran inventario no faltan puertos, muros, cuestas, rampas, paredes, etc., bien conocidos por todos nosotros.

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También, claro está, nuestra querida amiga de La Antigua, si bien, los comentarios a este porcentaje es puesto en duda por los propios responsables que creen que “ese pico final del 33% es un poco exagerado” a lo que alguno ha contestado que “puede que sea exagerado, pero viendo la cuesta, un 23%  parece poco para esa rampa justo antes de coronar”.

Sin embargo, lo que más me ha gustado de todo ha sido el alegato final que PRC ha hecho sobre este repertorio de puertos:

«La distribución por países está clara: dominan España e Italia, con 41 y 21 respectivamente; seguidos por Bélgica, con 8; mientras que en Francia se han subido 6; en Reino Unido 4: Estados Unidos y Austria 2; y con uno quedan Alemania, Irlanda, Holanda, Austria, Polonia, México y Malasia».

Curioso y para reflexionar ¿verdad?

En Francia sólo se han superado en competición seis puertos con ese porcentaje (o más), mientras que en España han sido nada menos que… ¡41!

Equidistante queda Italia, con 21, ni tan pocas rampas como en Francia ni tantas como en España.

La pregunta sería… ¿no será que en este país se está abusando demasiado de las cuestas de cabras?

Imágenes: © BORA – hansgrohe / Bettiniphoto

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El puerto de su vida

Salió disparado de repente. En aquel momento se encontraba como nunca, muy fuerte. Iba sin cadena, devorando los kilómetros, como una moto vamos… Se quitó un momento las gafas ya que iba a atravesar un largo y oscuro túnel. No veía nada. Fueron algunos kilómetros algo angustiantes en los que tuvo tiempo para pensar de todo, en lo bien que se lo pasó subiendo puertos en Alpes o Pirineos, o participando en aquella marcha tan dura en Asturias.

Le venían las imágenes a la cabeza, una tras otra, recuerdos imborrables que no sabía muy bien por qué, pero que en aquel momento se le proyectaban en su cabeza. Al menos fue una bonita manera de entretener la mente mientras atravesaba el interior de aquellas montañas. Por fin vio el final del túnel y una luz cegadora se dejaba entrever al fondo. Cuando salió al exterior, no pudo reprimir un oh de exclamación, al comprobar la extraordinaria belleza de aquel paisaje.

Un paraíso en forma de verdes montañas, ríos de agua cristalina, todo bajo un cielo azul incomparable. Se disponía a afrontar la última subida, la más exigente y dura de todas las que había hecho hasta ahora, un puerto durísimo pero precioso. Encaró la primera rampa y se sorprendió de lo “fácil” y rápido que iba. Con una ligereza digna del mejor escalador fue sorteando curvas imposibles una tras otra, demarrando con fuerza en cada cuesta.

Unas voces invisibles le jaleaban, seguramente fruto de su imaginación, que le iban animando cada vez más y más para que llegara hasta arriba. A veces, parecía que incluso en las cunetas había gente animándole. En algún momento creyó ver entre aquel “público” a alguien de su familia. Pensó que la cabeza, quizás debido al esfuerzo, le estaba jugando una mala pasada y siguió ascendiendo, pedaleando como los ángeles.

Faltando poco para coronar fue cuando se lo encontró, un extraño pero autoritario personaje que le impedía continuar: “Lo siento, no puedes seguir. La carretera acaba aquí y debes dar la vuelta”. Perplejo, porque aún faltaba más de un kilómetro de subida, se dio la vuelta y prefirió no discutir con alguien que parecía realmente una autoridad competente. Inició el descenso, algo desilusionado, y es cuando empezó a oír de nuevo las voces. Cada vez se oían más claras y más cercanas.

Finalizado el descenso fue cuando vio una multitud rodeando a algo o alguien que estaba tumbado en el suelo. Parecía que había sido un accidente. Al acercarse, el mundo le cayó encima. El que estaba en la calzada, con el casco roto y su bicicleta destrozada era ¡él mismo! En ese momento las voces le despertaron: “¡Ya vuelve en sí!, ¡Ya vuelve!”. Efectivamente, abrió los ojos y allí se encontró con su familia y sus amigos que lo estaban reanimando. Acababa de volver de escalar y descender el puerto de su vida.

Fotografía tomada de www.elmundo.es