Santuario de Bellmunt: una historia de ciclismo medieval

Bellmunt es una cima que parece suspendida del aire

 

Hoy subimos a Bellmunt…

-«Me pondré herraduras del 29» ­–le dijo Alltac, el noble y valeroso caballero, a su fiel escudero Idroj.

Curtido en mil batallas, el señor de Taguc se disponía a afrontar la última contienda para hacerse con todo el condado de Barcelona y sus preciadas montañas.

Montados en sus corceles metálicos y cansados después de duros combates con los oscuros habitantes de los montes de Bracons y Collfred, se dirigían hacia Sant Pere de Torelló a la conquista de Bellmunt y el Santuario de su cima, que ya divisaban desde muy lejos, y es que la ermita, como siglos después diría Jacinto Verdaguer, “está suspendida en el cielo”, a 1246 metros de altitud.

-«¿Hasta allí arriba tenemos que llegar, mi señor?»

 

Alltac miró con compasión a Idroj, asintiendo con la cabeza, sabía que su compañero de batallas andaba tocado y que no le iba ayudar mucho el hecho de que su montura sólo dispusiera de herraduras del 27, pero confiaba plenamente en él y sabía que le iba a acompañar en este último reto hasta el final, hasta el último suspiro, y que se dejaría la última gota de sudor y sangre que le quedara.

Cundía entre ellos un cierto miedo escénico, al ver en todo lo alto el destino final de la conquista.

No sabían qué se iban a encontrar, ni entre qué duros caminos tendrían que abrirse paso.

Ni siquiera conocían qué tipo de guerreros defendían estas tierras.

Habían oído decir muchas cosas como que entre sus bosques se escondían hábiles combatientes con la espada, de hojas afiladas ¡hasta un 23%!

«Los moradores de esta montaña cuentan además con la ayuda divina de la Virgen de Bellmunt» –explicaba Alltac dirigiéndose a su escudero.

«Dicen que la imagen de la Virgen viajaba en un barco proveniente de Alejandría, hace muchos siglos, –proseguía Alltac-, y que era tan brillante que incluso la noche era clara como el día y podía navegar sin peligro, pero al pasar por estas costas su resplandor se apagó y el barco se detuvo, no podía seguir avanzando.

A lo lejos, en esta montaña, vieron una luz más brillante que el sol y entonces entendieron que la Virgen quería quedarse aquí, en la cumbre de Bellmunt, donde se la venera».

Cuando llegaron a Sant Pere a la hora nona y después de un breve y merecido descanso junto a una de las fuentes del pueblo, emprendieron la marcha prácticamente sin oposición, dirección a la ermita.

Un indicador en un desvío marcaba el camino a seguir. No había pérdida.

-«Sólo hay una legua y media de distancia, mi señor».

 

Sí, sólo iban a ser unos 7 km, pero no los iban a olvidar en su vida y tendrían que salvar un desnivel de casi 700 metros, llenos de peligros amenazantes, como el primero que se encontraron, en el mismo pueblo y en la rampa que daba inicio la ascensión, en forma de espada al 11%, que no tardaron en derrotarla.

Saliendo de la población y dejando el cementerio a su derecha, cogieron el desvío definitivo, quedando gratamente sorprendidos por el buen estado del pavimento de la ruta, estrecha pero muy transitable.

Parece ser que los señores del condado decidieron arreglar la senda para poder facilitar las romerías de veneración a la Virgen, sin darse cuenta que con esto estaban facilitando la labor a tropas invasoras que hasta ahora no se atrevían a conquistarla dado el mal estado del camino para sus corceles metálicos.

Pero ahora no existía ningún tipo de excusa.

Los portabicicletas de Cruz 

Cuenta la leyenda que en este camino que se enfila hacia la montaña murió asesinado a manos de su propio pueblo el señor del Castillo de Besora, de conducta déspota y cruel con sus subordinados que, cansados de sus humillaciones, se reunieron secretamente para deshacerse de su amo definitivamente, organizando una cacería de jabalís.

Aquí, al pie del Santuario, en lugar de atacar a las fieras, dieron muerte al amo y señor. El Tribunal que juzgó los hechos preguntó: «¿Quién lo ha matado?», y la gente respondió: «El pueblo».

Ambos siguieron ascendiendo y, protegidos por su coraza metálica y sus perneras, fueron sorteando uno tras otro todos los enemigos que les fueron saliendo al paso en forma de lanzas al 15%, hachas al 13% y espadas al 18%.

Todo un peligro mantenido en la defensa que hacían de la montaña los invisibles habitantes del bosque.

La crueldad de los combates no dejaba disfrutar del hermoso paisaje que iban dejando atrás.

Cuando podían, levantaban la mirada y observaban con incredulidad como la tierra media iba quedando ya muy abajo.

Las herraduras de los corceles metálicos echaban chispas en las continuas revueltas que les hacían ascender rápidamente, dejando al descubierto toda la belleza de la subida, donde el espectáculo no se escondía, ideal para grandes torneos medievales.

Llegando al km 3 de la ascensión es cuando sufrirán el ataque más sostenido, largo y demoledor con una espada entera mantenida al 11,6% y desde donde una catapulta, allá arriba, al final de la durísima rampa, les irá lanzando piedras de gran volumen al 13, 14 y 18%, que les hará retorcer de dolor para sortearlas.

Repelido el ataque y esquivado el trance, pararán en el mirador de la Virgen de Montserrat, a mitad de camino de su preciado objetivo, para dar las gracias, arrodillándose extasiados por la contemplación de maravillosas vistas de los macizos del Montseny y Montserrat y de la Plana de Vic.

Después de rezarle a La Moreneta para que los ayudara de aquí en adelante, continuarán por el camino, esta vez encajonado en la montaña, siguiendo el sinuoso trazado de curvas y donde Alltac se avanzará unos metros por delante, dejando a su escudero cubriéndole las espaldas que, a estas alturas, lleva un paso mucho más cansino.

Sin duda, la armadura mucho más ligera del audaz caballero le hizo adelantarse en la vanguardia, zafándose de nuevos ataques en forma de espadas al 13, 15 y 16%, y es que este cuarto mojón seguía estando por encima del 10% de “espada media”.

Por detrás Idroj, iba rematando la faena de su señor.

 

En este punto, a unos mil metros de altitud, aparece ya muy cerca la figura del Santuario y piensan que está ahí mismo.

Se preguntarán cómo es posible que la pista suba hasta allí en tan poco espacio y creerán que la contienda está a punto de finalizar, pero nada más lejos de la realidad, y aún sufrirán varias emboscadas al 15 y 16%.

Entre ellas, tendrán que eludir el ataque de una nube de hormigas voladoras.

Enormes enjambres de alados que, como cada año por estas fechas, se dirigen a la ermita, inundando su templo y muriendo en él, rodeando la imagen de la Virgen, nunca posándose en ella ni en su altar.

Un misterio de la naturaleza sin explicación alguna.

-«Por eso desde siempre la conocen como la Virgen de las Aladas» –apostilló Alltac a su fiel y ya recuperado compañero de batalla.

Pero aún les quedará el combate final, el más duro y sangriento, pasado el sitio donde los lugareños dejan sus carruajes, ya que es imposible para ellos el subir por la pista de cemento de acceso al Santuario.

Alltac e Idroj, a lomos de sus cabalgaduras metálicas afrontarán este último tramo de 400 metros, tremendo, derrotando una tras otra las mejores y más fuertes espadas del enemigo: un guerrero escondido en la primera rampa al 22%, otro en una curva al 23%, donde a Idroj a punto estuvo de costarle la vida, cayendo allí, víctima de su afilada espada.

La dureza del terreno obligaba a tirar fuerte de riñones para agarrar bien la montura metálica.

Suerte que Alltac pudo subir a Idroj nuevamente a su palafrén para que le acompañara definitivamente a la gloria venciendo las últimas resistencias al 18 y 20%, al paso entre dos enormes rocas.

SQR – GORE

 

Y allí estaban, a las puertas de la ermita, tomando posesión de esta tierra, atalaya de los cuatro puntos cardinales: al Sureste, el Montseny, al Oeste, Sant Llorenç del Munt y Montserrat, y al Norte, espectaculares vistas al Pirineo, el Pedraforca, el Puigmal y el Canigó.

Abajo, un mar de nubes, impresionante.

Iniciado el descenso, un cierto temor se apoderó de los corceles metálicos.

Había que ir frenándolos pues la fuerte pendiente los intentaba descabalgar una y otra vez.

Por fin llegaron a Sant Pere donde ambos se pudieron restañar de sus heridas y celebrar por todo lo alto el nuevo hito conseguido.

Con esta conquista se había abierto un nuevo frente y durante los años siguientes muchos fueron los exploradores que atraídos por el reto y por su extraordinaria belleza, se aproximaban hasta Sant Pere de Torelló.

De lo que Bellmunt se ha dicho queda recogido en los manuscritos de la época por los propios caballeros que lo han sufrido en sus carnes: “escalofriante”, “recomendado a aventureros”, “bonita la subida, y dura, dura…”, “muy exigente”, “preciosa y dura ascensión”, “pata negra, nuevo referente catalán”, “atractivo paisaje”, “hacen falta muchas fuerzas para conquistarlo”, “el último tramo de subida, el más duro, épico”, “CIMA con mayúsculas”, “trazado espectacular”, “hay que verlo en vivo, alucinante”, “he experimentado el miedo y el vértigo”, “de una extrema y dura continuidad”, “pendientes endiabladas”…

Pero sin duda la más acertada es “cómo duele Bellmunt”.

En tu mano está el seguir escribiendo la historia en la conquista de esta fascinante y apoteósica ascensión: coge tu mejor armadura y tu corcel metálico y ven, Bellmunt te espera.

Que Dios te bendiga.

Foto: Pau Catllà

Collfred… ¡qué salvajada!

Si os van los puertos duros, con desniveles imposibles, id a Collfred

No lo puedo evitar. Soy incorregible, miro Collfred…

Me siguen atrayendo los retos en forma de montañas y desniveles.

Cuanto más duros, mejor.

El otro día hablando con un amigo llegamos a la conclusión de que “el llano nos aburría”, que a nosotros lo que nos gusta son los puertos y que babeamos en cuanto vemos una rampa exigente, ni que sea la de salida del parking.

 

Somos así. No lo podemos evitar.

Y encima ahora con el reto CIMA, se ha abierto la veda: ¡que se preparen los puertos! ¡Vamos a por ellos!

Así, en mi caso, he iniciado una pequeña colección de “cromos” que me faltaban, nuevos colosos que han surgido aquí mismo, muy cerca de mi casa, como si de gigantes bolets se trataran.

Ya no tengo que ir a Asturias, Pirineos o Alpes a buscar belleza y dureza. Las tengo aquí mismo.

Hace unos días fue Pradell, ahora le ha tocado a Collfred.

¿Pradell o Collfred?

Si antes la discusión estaba entre Turó de l’Home o Mont Caro, ahora está entre ellos, pues parece que lo que está claro es que ambos los superan en dureza.

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Yo, sin lugar a dudas, os puedo decir que Collfred, siempre hablando bajo mi modesta opinión y valorando todas mis ascensiones, es uno de los puertos más duros que he subido nunca, o al menos de los que se me han hecho más duros.

Como podréis leer por ahí, Collfred es terrible, o “és dur de collons”, el auténtico monstruo de la Garrotxa.

Yo lo tengo muy claro.

Para que no digan que “sólo” hago ascensiones, esta vez me lo curro un poco más, y mi aproximación es hasta Sant Pere de Torelló.

En esta localidad es donde agarro la bici, ansioso de nuevos descubrimientos, y me adentro en la carretera que asciende al collado de Bracons.

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Bracons, por este lado, es la cara “fácil”, aunque de esto no tiene nada.

Si bien es un puerto muy irregular no deja de ser por eso dificultoso.

Es destacable a partir de la población de La Vola, donde dará inicio la parte más dura, con rampas de hasta el 14% en alguna que otra curva.

Regulando mucho, sabiendo lo que me esperaba después, corono sin problemas el puerto, llegando a la preciosa comarca de la Garrotxa, ya en la provincia de Girona.

Foto de rigor junto al cartel y me dejo caer dirección Joanetes, con la cabeza ya puesta en Collfred.

 

El monstruo de la Garrotxa

Tengo unas ganas locas de llegar, pero aún me da tiempo de contemplar la belleza de la Vall d’en Bas, disfrutando de un buen paseo de unos 6 kilómetros rodeado de unos campos verdes, agraciados por las benditas últimas lluvias, antes de llegar a Sant Privat d’en Bas.

Andaros con ojo, antes de entrar en el núcleo antiguo del pueblo, de coger bien el desvío hacia Collfred, ya que no está indicado por el nombre del puerto.

Tenéis que seguir dirección Vidrà y es aquí cuando ya lo tendréis en el punto de mira, llaneando un rato junto a un campo de fútbol que dejaréis a la izquierda, antes de enfrentaros a la primera rampa seria del monstruo.

No os puedo negar que sentía admiración y respeto, miedo pero curiosidad, por ver, por fin, todo lo que había leído sobre él.

Por supuesto que aquí echo mano de todo lo que llevo (34 por 27) y que no quitaré hasta el final, aún sabiendo que hay descansillos.

No voy a bajar piñones. Prefiero ir ligero y poder afrontar las siguientes rampas, siempre entre el 18 y el 20%, en forma de curvas hormigonadas.

 

Toda esta primera parte del puerto es así, lo que yo esperaba: 4 kilómetros encadenados que, a modo de escalones, con pequeñísimos rellanos donde recupero un poco la respiración, voy subiendo como una escalera con peldaños gigantes y sin barandilla donde agarrarme.

La carretera es estrecha y arbolada, aunque poco a poco, a medida que voy ascendiendo, se va abriendo, no sin afrontar duras rampas y oteando lo que parece ser un primer alto.

Desde ese punto se puede contemplar parte de la subida realizada, antes de que una nueva rampa al 20% me vuelva a poner a prueba.

El desnivel se sigue acusando, justo en el momento en que cruzo la primera de las tres barreras canadienses.

Atención porque son muy peligrosas, ya que la distancia entre barrotes es bastante considerable.

¿Os he dicho que durante toda la ascensión he estado acompañado por unas espectadoras muy especiales?

Sí, todos estos campos están llenos de grandes y hermosas vacas, que contemplan con bucólica visión mi cansino paso.

La salida del paso canadiense esconde otro tremendo muro.

Este puerto se sube a base de sustos.

Echando la vista atrás se contempla el paisaje… y las puñeteras rampas.

El firme de la calzada no ayuda nada, además de curvas y más curvas hormigonadas, gravilla, mal pavimento… y la maldita pendiente, claro…

Sigo enlazando muros. Parece que el final está cerca.

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En este punto encuentro algunos descensos, seguidos de tremendas rampas.

Esto ya será así durante los últimos kilómetros, más llevaderos pero muy tocado por el tremendo esfuerzo que ha supuesto salvar estos terribles desniveles.

En el descenso hacia Vidrà, hice amistad con un vecino al que le pregunté cuánto faltaba para llegar al pueblo.

Se trata de Hugo, francés, que lleva 20 años viviendo aquí, en la primera casa que encontréis a mano izquierda en el descenso.

Me estuvo explicando que este puerto lo asfaltaron un poco antes de que él llegara, y que por aquí viene muy poca gente.

Se sorprendió mucho de que hubiera llegado hasta allí en bici y se ofreció a llevarme de vuelta a Sant Pere de Torelló, a lo que accedí gustosamente.

SQR – GORE

 

Si vais por allí, podéis ir a su casa -seguro que os invita a almorzar-, y le podéis dar recuerdos de parte de Jordi.

Es buena gente.

Foto: Jordi Escrihuela

Altimetria: www.ramacabici.com