La increíble historia del ciclista centenario

Robert Marchand es un joven de 105 años que nació en Amiens el 26 de Noviembre de 1911, ex bombero y ex boxeador, vio como su afición por la bicicleta se truncaba por las dos guerras mundiales que vivió. Siempre fue un apasionado del ciclismo, retomando la afición cuando se quedó viudo a los 78 años, porque pensaba que si se quedaba en un sillón viendo la tele estaba perdido.

Ahora con 105 años es el ciclista centenario más rápido en la distancia de 100 kilómetros, al recorrerla en 4 horas, 17 minutos y 27 segundos en el velódromo de Lyon, a una media de 23 km/h, el 28 de septiembre de 2012, sin dar muestras de fatiga, aunque reconoció que en los últimos kilómetros sintió cierto dolor en una mano y en el trasero.


Pocos minutos después de completar las 300 vueltas del velódromo, Marchand aseguraba que: “No había hecho esto para ser campeón, lo he hecho para probar que la raza humana, a condición de no hacer excesos, puede vivir bien hasta los cien años”.
Ya en febrero de 2012 batió en un velódromo de Suiza el récord de la hora para centenarios, que fijó en 24,25 kilómetros.
Ambas pruebas fueron homologadas por la Unión Ciclista Internacional (UCI), que creó la categoría de centenarios gracias a Robert Marchand. 


La proeza de Marchand ha despertado una gran atención mediática en Francia y del público que se acercó a seguir su hazaña, que no dudó en pedirle autógrafos a este joven con años que firmó con agrado.
Sonriente y orgulloso, aseguró que durante toda su vida apenas ha hecho excesos, nunca fumó, no bebió demasiado alcohol y cuidó mucho su alimentación. 


El único doping que conoce es su vaso de vino tinto en cada comida, ya que probó las bebidas energéticas, pero dice que le daban dolor de estómago y que lo único que necesita es agua con un poco de miel.
Antes de batir el récord, y como preparación, hizo los cien últimos kilómetros de la París-Cambrai, afirmando que “me pareció menos duro, porque hay cuestas y, como no voy muy deprisa, las subo bien, pero al bajar no tengo que pedalear. En el Velódromo no puedes parar de pedalear en ningún momento”.


Ha corrido ocho Burdeos-París, cuatro París-Roubaix y doce Ardechoises, pero él no quiere ser tratado como un fenómeno.
Robert Marchand no descarta afrontar en el futuro otras pruebas similares y eso sin necesidad de complejos sistemas de entrenamiento, ni hormonas, ni testosterona, ni EPO, ni ninguna otra clase de trampas, porque ganar con trampas es perder. Queda claro que todo se puede alcanzar sea cual sea la edad. Las hazañas de Marchand, son un aliciente para que nos motivemos a seguir sus pasos.

Gracias a Martina Marchand, su sobrina, a la que desde aquí le agradecemos sus gestiones por ponernos en contacto con Gérard Mistler, su mánager y gran amigo, y organizador nada menos que de la Ardéchoise, ciclo-sportif en la que Robert participa anualmente. «Creo que es un ejemplo humano de los beneficios de la bicicleta», nos dice entusiasmado Mistler. Gracias a Gérard, pudimos acercarnos a este ligero gran campeón de 51 kg para sus 151 cm de estatura.

Mr. Marchand… ¿cuándo empezó en esto del ciclismo?

Empecé muy joven, con tan sólo 14 años y por ese motivo tuve que correr bajo un nombre falso. ¡Y sin embargo ahora con más de 100 años soy famoso por mis récords!

¿Qué ha querido demostrar con un hito prácticamente irrepetible?

La verdad es que yo sólo quería hacer algo especial para mi cumpleaños número 100 y pensé ¿y por qué no?

Dicen de usted que es un poco cabezota…

Pues sí, si me encuentro bien, lleno de energía y con mucha motivación, cuando tengo una idea en la cabeza nada me detiene.

¿Cómo fue la preparación para el récord de la hora?

A los tres meses de mi cumpleaños dejé mi residencia en Mitry-Mory, cerca de París, para trasladarme al World Cycling Centre de la UCI en Aigle, Suiza, para preparar mi asalto a la hora en su velódromo. Mi amigo Gérard Mistler fue el que presentó la solicitud oficial para realizar la prueba.

Y la adaptación a la pista ¿qué tal fue?

Pues me tuve que familiarizar con la pista cuatro días antes a la fecha del intento. En principio, mi capacidad para rodar durante una hora no iba a ser problema, pero sí la pista… ¡no había corrido en pista desde hacía más de 80 años!

Imaginamos que le gusta mucho más la carretera…

Sí, prefiero montar en bici al aire libre, pero por aquellas fechas nevaba en Suiza y yo no quería coger la gripe, jajaja. Así que no tuve más remedio que con mi coach Magali Humbert tuve que ir aumentando horas de sillín mientras se acercaba el día del desafío.

¿Es aburrida la pista?

Hombre, la pista es pequeña y uno no para de dar vueltas y vueltas, siempre controlando que no me suba el pulso y así puedo seguir y no encontrarme ni siquiera cansado.

Es cierto… ¿qué le dicen los médicos?

Aunque no lo parezca siempre sigo el consejo del médico y me ha dicho que no pase de 110 pulsaciones y eso hago, aunque un día, subiendo una colina empinada, subí a 134, pero mejor evitarlo.

Suponemos que está vigilado bajo estricto control médico…

Los electrocardiogramas dicen que tengo el corazón en excelentes condiciones, aunque conozco mis límites y de un tiempo a esta parte he decidido no pasar de los 100 km porque quiero seguir pedaleando durante algunos años más, aunque los médicos dicen que tengo el cuerpo como si tuviera 70 años.

Venga Mr. Marchand, explíquenos su secreto…

Nunca he abusado de nada, ni del tabaco, ni del alcohol. He tenido la suerte de no tener ningún problema de salud importante. En lo único que me he excedido ha sido trabajando… ¡me retiré con 89 años! ¡Ah! Y siempre estar de buen humor.

¿Qué consejos daría a los jóvenes que llegan a la jubilación?

Que se mantengan en movimiento, que hagan ejercicio físico regular. A mí esto me hace funcionar todo el cuerpo y me mantiene flexible. Si con 80 años hubiera comenzado a jugar a cartas me habría quedado inmóvil, pero yo no podía, nunca he sido capaz de mantenerme quieto.

¿No cree que es un ejemplo increíble para todos?

Pues yo no me considero para nada excepcional, sólo soy una persona normal.

Y esta gran cita nos la dice alguien que nació nada menos que antes de que se hundiera el Titanic.

Por Jordi Escrihuela

Este miércoles cuatro de enero Robert Marchand asalta el récord de la hora

“A la vejez ciclismo”

Hubo un ciclista menudo y mítico. Le llamaban la pulga. Nació en Torrelavega. Hacía las modestas dimensiones de metro y medio de altura y cincuenta kilos de peso. Vicente Trueba se llamaba y fue una celebridad allá por los años treinta. En esa época nuestro protagonista, Robert Marchand, tenía unos veinte años y era bombero, de París para ser más exactos.

Marchand nació el año 1911, cuando mi ya fallecido abuelo, en Amiens, donde las catedrales rascan la panza del cielo. A los tres años tuvo que poner pies en polvorosa porque con el estallido dela Gran Guerra, la primera mundial, el ejército prusiano amenazaba lo que al final cumplió: ocupar la franja más septentrional de Francia, un gran país de que cuenta muchas más derrotas que victorias. Obviamente Amiens formó parte del botín y cayó en manos germanas.

Recuperada la normalidad, en los felices veinte, Marchand probó a ser ciclista. Antes había tentado el boxeo con su padre, e incluso hizo pinitos de gimnasta, pero esa bicicleta que adquirió con catorce años le superó. Ganó carreras y tenía hechuras, pero sus dimensiones, las que el propio Trueba atesoraría, le descartaron para el profesionalismo.

No supo el ciclismo lo que se perdió hasta muchos años después. Tras vivir en Venezuela y Canadá, tras ser bombero, panadero, vinicultor, trabajar la caña de azúcar, siendo viudo y no habiéndose  casado nunca más. Tras más de media vida consumida, Marchand decidió volver a ser ciclista, pero no ciclista de registros comunes, no, ciclista de longevidad probada y fiabilidad eterna. Ciclista de los pies a la cabeza.

Y se enroló en las grandes marchas, y en sus piernas cayeron sucesivamente la Burdeos-París, la Roubaix, la Marmotte, hasta una travesía entre Moscú y París. En el loco camino de su romance con la bicicleta, Marchand quiso más, probó ser eterno y rubricó un registro para la historia, el de Aigle, en el centro mundial de la UCI, marcando más de 24 kilómetros en una hora de marcha por su elipse una vez cumplidos los cien años. A los pocos meses, completó 100 kilómetros en Lyon en cuatro horas y diecisiete minutos. El señor iba lanzado.

Pero Marchand quiso, obviamente, un poco más y ese pedacito es la eternidad. Este viernes pasado volvió al velódromo, al nuevo de Saint Quentin-en-Yvelines, inaugurado dos semanas antes como la nueva catedral de la pista francesa, para rebasar con creces la marca de Aigle. Nada menos que 26 ,17 kilómetros recorridos en sesenta minutos con testigos: numeroso público y conexión en directo.

Marchand pequeño, frágil en apariencia, 102 años, una vida en círculo, rodando. Su éxito habla de los improbables que se convierten en probables gracias a la bicicleta. Una historia magnífica con final feliz, un final donde gana el bueno, donde gana el ciclismo.

Foto tomada de veloaficionado.com