Una carrera que supo a muy poco

Sé que en ocasiones puedo resultar pedante, e incluso ridículo, pero pasar el arco de meta de una carrera con 36´38´´ ya no me hace ilusión. Desconozco cuál es el motivo de fondo, si es que nos hemos vuelto locos en el afán de mejorar, mejorar, mejorar,… si hemos perdido la perspectiva de poder practicar deporte sin lesiones y sanos, o no sé qué, pero el tiempo que cayó sobre mí este domingo en Badalona, no es el que perseguía ni mucho menos.

Ni siquiera me consuela un puesto realmente llamativo como es el 26º de unos 2600 participantes. Seré raro lo siento, pero uno prepara con mimo, no siempre el máximo, las cosas, y cuando éstas salen a medias, la decepción aploma el ánimo aunque no el espíritu pues en el momento mismo de atravesar el arco uno ya escudriña nuevas metas.

Desde la última vez que presté atención a este descuidado cuadernillo Runner las cosas han salido bien, muy bien diría. He entrenado a satisfacción metiendo jornadas de calidad casi de forma alterna con rodajes suaves y goyescos. Jornadas en las que el físico tintineaba pero aguataba bien. jornadas algunas en las que he podido compartir entrenos con una grupeta de lujo capitaneada por la excelente atleta que hizo tercera en el último maratón, Hasna, y otros cracks como Jesús, Paco, Edi y compañía. Una grupeta nueva para mí que se complementó con mis alter ego en esta aventura, hablo de Víctor, José, Alberto,… y un etcétera porque sin una cosa te regala este mundillo son amigos y no pocos.

Sea como fuere, y con los entrenos asimilados, me presenté a primera hora de este refrescado domingo de marzo con una idea muy clara: el primer match ball para meterme en la franja de los 35 minutos. Sí, ya sé, el cabronazo de mi fisio, el tal Jordi Solano, me dirá que no es lo mismo hacer 35´59´´ que 35´pelados, pero por algo se empieza. “Poquet, a poquet”.

Y ahí estaba, en los alrededores del palacio que albergó el baloncesto de los juegos de BCN y la sala de prensa de la Volta a Catalunya de hace dos año. Ahí, estaba, rodando, metiendo el cuerpo en calor y situándome en tercera fila en una concurrida línea de salida donde los cajones que habilitaron desde la organización se respetaron más bien poco.

Quizá por ese descontrol la salida fue un poco caótica, pero certera para ponernos en marcha. Primeros kilómetros muy buenos, rodado a 3´36´´ de media, perfectos, ideales. Si mis salidas son malas esta vez había corregido el entuerto. En la recta que llevaba al cuarto kilómetro supero a las dos primeras chicas. Txell Calduch, mítica donde las haya, ya iba claramente la primera.  Por cierto un encanto su breve conversación en el masaje.

El ritmo ideal, sensación de velocidad, sufrimiento escaso y el quinto kilómetro que no llega, y que no llega. Lo paso con más de 19 minutos, una barbaridad, estaba fatalmente situado. A partir de entonces y desentendiéndome de unos puntos kilométricos que sólo hacían que añadir zozobra me dedico a rodar a tope pero sin rozar el umbral de sufrimiento. Veo que un milagro hará falta para bajar a 35 y en efecto cruzo la meta con 36 largos. Cara de decepción, aunque satisfecho porque como siempre quedó con la sensación de que podría haberlo hecho mejor.

En el masaje me confirman que la carrera está mal medida. No sé si es cierto, no quiero entrar, nunca lo he hecho, pero la sensación de que el crono fue injusto con el rendimiento no hace más que acrecentar de que esos metros que se dicen de más es posible que existieran. De cualquiera de las maneras sigo en la horquilla del 36 y darle vueltas no merece la vuelta.

Quizá lo único que saqué en claro es que Badalona no merece una carrera que presente tantas dudas en sus medidas y no hablo por lo que me comentaron en meta, sino por los pasos intermedios cuyo desconcierto, admito, quizá influyó para que al final ese paso de rendir a sufrir no acabara dándolo. Otra vez será. Espero que en La Llagosta, en sólo dos semanas. Ahí ya os aseguro que con el nivel que prevé, desde luego no quedaré tan adelante.

Queda mucho trabajo que hacer

Ya me perdonaréis pero este cuadernillo Runner amarillea sin que un servidor le vierta tinta. Lo habíamos dejado unas cinco semanas atrás, con la Cursa de Sant Antoni, en el corazón barcelonés. Allí a pesar de la lluvia y los excesos navideños pude registrar mi mejor marca en un 10.000. 36´20´´ fue lo marcó el arco de meta que me vio pasar cojeando por un inoportuno pinchazo en el isquio derecho.

Aquella lesión me tuvo una semana parado, nada, totalmente quieto. A la semana volví, pero muy suave, las molestias de isquio son las típicas que te rallan y quieres ir poco a poco. Sin dolores en la lesión original, empezó  a molestarme el cuádriceps izquierdo, otros cuantos días. Al final lo uno por lo otro más de tres semanas sin rodar en condiciones, entendiendo rodar en condiciones el implantar series, cambios de ritmo, rodajes duros y esas esas cosas. Con todo no fue hasta esta última semana que con las sensaciones totalmente restablecidas que las series empezaron a formar parte de la rutina semana y con ellas volvió la sensación de velocidad y esfuerzo olvidada.

Con el tiempo justo me presenté este domingo en la tercera edición de una carrera que son tres en una. Bajo el título de media maratón, Calafell acogió un 5.000, un 10.000 y la consabida media. Un servidor se decantó por el 10.000 pues creo que la media queda lejos, al menos en el ritmo deseado, y los cinco kilómetros mejor cada mucho tiempo, pues para uno que hice me resultó agónico.

La mañana en Calafell fue perfecta, temperatura ideal,  solecito bueno y ausencia total de viento. De salida el problema de siempre, un calentamiento escaso se plasma otra vez en una mala salida. Si algún día quiero optar a marcar 35 minutos, no se puede salir tan lento. El primer cinco mil lo paso en 18´25´´ y casi calco el mismo tiempo en el segundo. Al final 36´55´´ y noveno en la general final –un puesto que siempre sabe bien-. Aunque por momentos me sentí rápido, las sensaciones no fueron las de Sant Antoni y se me demostró que debo trabajar bastante para que los objetivos vayan cayendo.

Ahora pienso en Calella, el 30 de marzo, donde, como el año pasado, quiero buscar el mejor tiempo en una media maratón. Sí, una vez más apostamos a la hora veinte y creo que es factible, eso sí, siempre y cuando la calidad sea la tónica de unos entrenamientos que se antojan duros, porque para cualquier runner popular, como un servidor, compaginarlo todo, e intentar hacerlo bien, no es sencillo.

Y mientras competía en Calafell, varios amigos estaban en harina. Por ejemplo Marco, cuarto en mi misma carrera que de tanto apretar al tercero le hizo pasar pero que un muy mal momento y a mil kilómetros tres compañeros se la jugaban en la maratón de Sevilla. Mario firmó su récord cuando hace un año cojeaba de su operación de rodilla, Víctor no sacó su mejor carrera por el puñetero sóleo y Goyo ahí estuvo, sumando no sé cuántas maratones. Aunque no siempre se logre el objetivo, una maratón es un tema de heroísmo, y siempre cabe la misma palabra: felicidades.

Todo en uno: récord y lesión

Sabor agridulce, aunque más dulce que agrio acompañó el epílogo de mi primera carrera de 2014. En el barrio barcelonés de Sant Antoni, sí en Barcelona, aunque me guste más bien poco correr en Barcelona, he abierto el año de competiciones. Un diez mil rápido y liso, por amplias calles, muy rectas con algún que otro giro, aunque en definitiva un escenario perfecto para pensar en algo grande.

Para ser sincero, aunque las sensaciones no eran malas a priori, muchas dudas asaltaban a esta inquieta mente ante el primer test del año. No es ningún secreto que a un servidor las celebraciones le pierden, y las Navidades son ese periodo en el que si no corres una vuelta al diámetro de la tierra, coges kilos con pasmosa facilidad. Y eso ocurrió, que corrí mucho, salí mucho, entrené mucho. Y eso tiene un peaje, tu velocidad se apaga, aunque como pude comprobar no te abandona del todo, y de paso tu cuerpo se sobrecarga, como también pude corroborar.

Con este contexto me presenté una mañana de enero en el centro de Barcelona dispuesto a probar cómo habían sentado los turrones. Nunca había competido en Sant Antoni, pero conozco bien la zona, y sabía que era imposible no rodar rápido por mucho que el Paralelo a algunos les parezca el Mortirolo o las curvas del recorrido puedan frenarte.

De inicio chaparrón. Mientras vamos hacia la carrera las nubes van y vienen, descargan a ratos y otros paran. Mientras calentamos cae el primer aguacero, no es demoledor pero complica el calentamiento y nos empapa la ropa, que no los ánimos. Casi sin tiempo para romper a sudar, nos situamos en la salida y pies en polvorosa.

La lluvia que no nos abandona hasta el cuarto kilómetro marca el paso. Primeros kilómetros sencillamente nefastos. Ruedo a tres cuarenta pero con la sensación de que el ritmo me queda grande. Sin embargo la experiencia me habla de segundas partes mejores y en mi caso siempre ocurre. Cuando el cuerpo calienta y rompe a sudar a discreción la cosa cambia. La nube se va y con ella las malas sensaciones. Atravieso el arco del kilómetro cinco con 18´25´´, no estoy en tiempo de récord pero tampoco estoy lejos.

La segunda parte me sale redonda, lo admito, nunca me he sentido con fortaleza tal, ni reprís similar. Caen los kilómetros a 3´33´´ más o menos. El Paralelo parece un descenso y en la Gran Vía aparece raíles a mis pies. En estos cinco mil metros logro remontar cincuenta posiciones y eso que esas alturas las fuerzas y el ritmo están muy compensados entre todos.

Paso el nueve y veo que puedo estar muy cerca del 36, tanto que creo que lo tengo. Quedan dos curvas a la derecha, supero la primera y zas, el isquio que llevaba días avisándome estalla. No es un pinchazo agudo y paralizador pero sí suficiente para cojear levemente. Arribo a meta como el náufrago que nada para alcanzar la orilla. He perdido diez, quince segundos a lo sumo, y sin embargo logro mi mejor registro, 36´20´´. Estoy contento, mucho, pero el dolor de la pierna me avisa que quizá correr a tal nivel tras tantos días sin series continuadas no había sido lo más prudente.

Ahora toca descansar, sí. Sin perder el ánimo y con la seguridad que te da rodar como lo hice en Sant Antoni sé que puedo tener dos objetivos muy grandes para un “percebeiro” como yo: Hacer un 10.000 en treinta y cinco y una media en hora veinte. En unos días, cuando el isquio dé el OK, volveremos.

En este vídeo se aprecia mi llegada en el 1´18´´ de la grabación. Soy el tipo de morado y gorra amarilla.

Un año corriendo denodadamente

Entre que no llevo la cuenta exacta, ni me preocupo, desde hace un tiempo, en anotarlo, saber cuántos kilómetros me han salido en este 2013 es complicado aunque no estaría muy lejos de la realidad si dijera que me han salido unos 3500 kilómetros. Sí, esa cifra me gusta, es redonda, expresiva y creo que hace honor a la realidad.

3500 kilómetros con sus series, con sus calentamientos, sus estiramientos posteriores. 3500 kilómetros que incluyen playas, arena suave, fina, dura, esponjosa. 3500 kilómetros de pedregal, subidas infames, caminos de cemento, asfaltos quebrados, cunetas llenas de mierda. 3500 kilómetros de parque, de río, de montaña, de trialeras, de escaleras. 3500 kilómetros como la vida, a veces cuesta arriba, otras hacia abajo.

Pero una cosa está clara, 3500 kilómetros de amistad, de charlas, de risas, de sufrimientos, de flatos, de dolor, de lesiones, de días de gloria y menos gloriosos. 3500 kilómetros que incluyeron, sí aquí, en Barcelona, hasta una nevada y crujidos nevados bajo mis pies.

Porque el 2013 ha sido mi mejor año desde que salgo a correr, y no hablo de marcas, hablo de experiencias, de caras que antes eran conocidas y ahora intercambian palabras contigo. Temas mil, variados para todos los gustos. Tardes soporíferas de verano analizando la etapa del Tour, medio noches comentando la aventura de los conquistadores de América, arreglando Catalunya, el mundo. Que si esto, que si lo otro. Recetas económicas, penurias ajenas, algunas cercanas, muy cercanas, a tocar de mano. Que si Rajoy, que si Arturito Mas, que si no nos merecemos tanta purrela dirigiendo nuestra suerte… que si los mejores hispanistas son ingleses, que si la carta de Pérez Reverte. Que si Charlie Harper se tiró aquella putilla,… en definitiva, os lo recomiendo, los mejores 3500 kilómetros de mi vida.

Y ya que estamos en balance, quiero alimentarme el ego contando mis mejores días del año que se escapa. Días como mi primer cinco mil en las calles de Esplugues, en la carrera de Sant Joan de Deu, que vio cómo subí por primera vez a un podio a recoger un trofeo, un premio, os lo juro, de los que marcan pues eso es algo que los mundanos nunca nos atrevimos a soñar.

Pero aquello no fue casualidad y a los pocos meses volvimos al redil, en mi distancia favorita, los 21 kilómetros de una media maratón. Ésta en Cunit, como en casa también. Otro trofeíllo a la vitrina que empieza a reclamar “más madera”.

Sin embargo, y supongo que me entenderéis, lo que buscamos en el fondo son marcas, marcas, marcas,… y en ese frenesí cayó una barrera, la de los 36 minutos en el diez mil, cosa que logré en el barrio donde crecí, el barcelonés de Sants, y me acerqué a mi meta en la media maratón, bajar una vez de la hora veinte. Por de pronto ya logré la hora veintiuno en Vilanova. Cierro el año además con varios top ten, otra muesca inesperada, si no me equivoco tres quintos, un sexto, un séptimo, un noveno,…

Ahora toca, incluso en estos días de celebraciones superlativas, seguir trabajando con ilusión y constancia, los resultados ya llegarán.

 

Entretanto a los que me consta que se dejan caer por este modestillo cuadernillo de un runner globero e inexperto, que tengáis un 2014 cargado de kilómetros, muchos kilómetros de felicidad.

Ese loco que corre os desea FELIZ NAVIDAD

Seis minutillos os llevará esta descripción en la que muchos, runners y ciclistas, seguro se verán reflejados  como personas, trabajadores y moradores de este lugar llamado mundo. Mirado, es el momento de recogerse, un poco solo y aprovecho la reflexión para desearos…

 

…FELIZ NAVIDAD.

Ya tengo mi hora veintiuno

Hace tres semanas viví un bajón en Tarragona. A pesar de los muchos ánimos, e incluso felicitaciones, que recibí, el tiempo por encima de 1 hora 22 minutos no me dio ninguna satisfacción. Fue una carrera alejada de mis expectativas, que entró en barrena casi desde el kilómetro ocho y cuando los problemas empiezan tan pronto, es muy complicado sacar algo en claro.

Confundido entre la multitud al paso por el quinto kilómetro con las gafas blancas de mi hija

Durante estas tres semanas la decepción de Tarragona contagió el entrenamiento diario. Sin desconectar del todo, las series bajaron su calidad exponencialmente como si las piernas y el ánimo necesitaran alimentarse del intangible que siempre suponen las marcas. Una desconexión parcial acrecentada por unas minivacaciones madrileñas en las que probé correr a seis bajo cero por el Manzanares asimilando un frío al que los que vivimos en Barcelona y aledaños sencillamente nos deja torpes y vacíos.

Este domingo se corría la media maratón que posiblemente más veces haya hecho, la de Vilanova i la Geltrú. Esta carrera es una especie de día de la lotería de Navidad para un servidor, pues desde que la corro es como la jornada que abre estos días desenfreno entre críos, comilonas y compras.

Sin embargo el vacío de Tarragona me había hecho descartarla ¿del todo?, al parecer, del todo no. A menos de cuarenta y ocho horas de su celebración, el dedito juguetón entró en la web de la carrera y las inscripciones estaban abiertas. En el fondo, porque no dejamos de ser unos críos, me picó el gusanillo y el resto ya lo sabéis, cuenta atrás y nuevo dorsal en ristre.

Amaneció fresca la mañana, pero el sol y la ausencia total de viento anunciaban un día perfecto para correr. En la salida el compañero de siempre, Víctor, y la reentré de Mario, que casi dos años después, y una operación de rodilla mediante, se presentaba de nuevo en una media maratón. Al estómago rebosando cereales y galletas de chocolate, sí galletas, le sumo dos cafés y a calentar. Buenas sensaciones de inicio aunque el frío impide romper a sudar.

No es problema, nos situamos en tercera línea, un poco atrás para mi gusto, pero pasamos raudos el arco de salida. Ritmo de crucero asimilado desde el principio. Clavo el 3´50´´. Víctor se descuelga al poco del segundo kilómetro, pero me tendrá a la vista casi toda la carrera, Mario no quiere arriesgar pero va camino de su mejor registro.

Pasado el umbral del cinco, iniciamos un rápido descenso hacia un Mediterráneo que respira tranquilo. El dios Eolo nos ha querido dejar correr a placer y se nota. Me llega por detrás un grupete de runners de Cornellà. Caras conocidas sin duda y gran cagada. Empezamos a discutir sobre el ritmo que llevamos y proyectamos lo que marcará el arco de meta a nuestro paso. “Estas cosas hay que traerlas habladas de casa” concluimos pero el mal ya está hecho como veremos.

Paso el diez con un inmaculado 38´22´´, eso es llegar con hora veinte alto a meta, “perfecto” me digo. Me veo fuerte, cómodo, rápido y constante. Sin embargo el cruce de palabras previo llevaba veneno: emerge el fantasma del flato. Sí, en doce, más o menos la molestia aparece, poco después me descuelga de mi grupo. Raciono la respiración, mantengo la distancia. Concentración total, pero el dolor no desaparece, va y viene, se queda, desaparece y vuelve. Ingiero el gel. Los kilómetros finales son toboganes, cambios de respiración por tanto, lo que menos me conviene.

He bajado ligeramente el ritmo, pero mantengo el tipo. Ahora el objetivo es salvar la hora veintiuno. En el diecinueve empieza un calvario aligerado por el registro que tengo en la mano. Sufro como hacía tiempo no hacía en el veinte, con el dolor subiendo al diafragma. Entro en el estadio de atletismo buscando el arco de llegada como alma que lleva el diablo. Cruzo con 1 hora 21 minutos 39 segundos. Soy inmensamente feliz. Ya lo tengo, ya era hora. En cuatro semanas Sitges, más de lo mismo. Entretanto, Feliz Navidad.

Es imposible que todas las carreras salgan bien

Sé que algunos seguís el rinconcito runner de este blog y por el cariño que me dispensáis merecéis  cierto grado de sinceridad. Hoy quiero ser sincero: no han salido las cosas como preveía, pero ello lejos de amilanarme me espolea. Está claro que es imposible encadenar buenas carreras hasta el infinito y con esa carta hay que jugar. No queda otra. En Tarragona he aprendido otra valiosa lección.

Hay días en los que cuando te calzas tus zapatillas en los vestuarios de un lugar cualquiera, de una carrera cualquiera, sabes que lo puedes hacer bien. Te ves motivado, mentalizado. El Rey del Mundo. Hoy, este domingo, era el caso. Sabéis que desde que eché a rodar en agosto señalé la fecha del 24 de noviembre como el primer día D de la temporada.

Me gusta la media maratón de Tarragona. Circuito atractivo que alterna lo urbano con la playa y el polígono, en toda su expresión. Contiene subidas, sí, pero tendidas, y siempre acompañadas de descensos prolongados y agradecidos. Una carrera perfecta, de las de siempre, fenomenalmente organizada, con unos servicios al corredor de diez, que no escatima ni te clava un precio indecente. 20 euros, precio correcto para una de las decanas del calendario catalán, ese que según leí contiene más de 1400 carreras al año, nada menos.

Como dije 20 euros, precio razonable, aunque a la poste caro, pues soy tan capullo que perdí las bambas de competir. Vayamos a la carrera. Llegamos Paco y yo con tiempo de sobra de recoger dorsal, ponernos guapos y salir a calentar. El frío a la salida del pabellón atenaza, vaya si atenaza. Pero no es el momento de ponernos tiquismiquis. Echamos a rodar y con el vaho saliendo de nuestra boca a cada palabra calentamos hasta que el sudor rompe en la espalda y los brazos piden desprenderse de la prenda de manga larga que nos acompaña en la previa.

En total 35 minutos de rodaje, haciendo caso a Cristian. Todo para que de salida no haya problema en coger el ritmo. Nos situamos en la parrilla, segunda línea de un pelotón de 1800 almas, seguro que si peino alguna foto hasta me veo. Salida fuerte, rápida y segura. Objetivo en una hora veinte minutos, el ritmo pues era de 3´50´´ el kilómetro. De inicio el paso es incluso algo más rápido, pero la respiración, las piernas, todo, funciona. Pasamos kilómetros y remontamos plazas, la cabeza de carrera no se ve pero se intuye. En el kilómetro siete nos adelanta el negro que está para ganar el diez mil, malo, no es de recibo que se mezclen carreras de distancias diferentes, aunque los problemas son para él que va haciendo slalom entre nosotros.

Kilómetro ocho, tras varios miles de metros de persecución me meto con Luis –un tipo encantado de Last Zankada- en el grupo de la primera chica, Mireia Sosa, que va pertrechada por varios compañeros de su equipo. Buenas sensaciones, subimos por una avenida sin pestañear hasta que entramos en la Rambla Nova.

Hoy fui con esta bicicleta mucho rato hasta que el tren inferior dijo basta

Aquí empieza la montaña rusa. Inexplicablemente me descuelgo. Calma queda carrera, pero es un síntoma nada esperanzador. Les mantengo a distancia, cubro unos cientos de metros solo, me tomo el gel y vuelvo a entrar. Increíble, en otras situaciones me vengo abajo. Primer mal momento superado. Llegarán otros. Pasamos el 11, 12 y 13 y las sensaciones son excelentes. Me veo en medio del grupo del que casi me quedo seguro y tranquilo. Llegamos al Paseo Marítimo, ay el paseo.

De repente, sin avisar, vuelven los problemas. Esta vez son serios, corro sobre barro, es decir sobre dos piernas que se desmoronan sin causa aparente. En el quince me descuelgo, pero les sigo a distancia. En el espolón el viento nos respeta y recojo descolgados del grupo delantero. En esos momentos mi correr es informe, noto que el cuerpo se escurre. La elegancia me abandona y aunque empiezo a echar el resto me quedo a puertas de un premio menor, es decir una hora veintiuno. Al final ni siquiera mejoro mi hora veintidós de Calella. No pasa nada habrá otras ocasiones.

Como complemento a este post quiero poneros estas imágenes de Carles Castillejo atravesando la meta de la maratón de San Sebastián. Los que corremos en Can Mercadé tenemos a este auténtico crack a tiro de piedra cada poco. Su humildad, siempre saludándonos y no omitiendo la conversación, hace que estas imágenes, viéndole llorar como un crío, no nos dejen indiferentes al tiempo que explican la dimensión del deporte profesional, algo que los amateurs nunca acertaremos a experimentar.

Foto tomada de http://www.mitjatarragona.cat

Por los compañeros que nos dejan

Este domingo en la Behobia-San Sebastián falleció una atleta. Tenía 30 años, era navarra, joven y apasionada de este deporte que a algunos nos ha enganchado para nunca más soltarnos.  Muchas veces me preguntan si me he realizado un chequeo y no sé qué decir. Me hice uno, hace seis años. Entonces salió todo en orden y he corrido la “intemerata” sin que me surja el menor malestar más allá de la lógica fatiga que algunos días te llena el ser.

Sin embargo últimamente las noticias de corredores populares que fallecen en competición son un goteo que no nos puede dejar indiferente, ya no hablemos de ciclistas. Ellos eran corredores como yo, como tú, como aquel, corredores que salimos ese ratillo que tenemos libre por las tardes, para exprimir el físico, aliviar stress y alimentar  la autoestima, pero un día el tiempo se les paró para siempre. Pensarlo estremece, y con el respeto y recuerdo para ellos salimos todos los días.

A veces cuando nos imbuimos en la obsesión de batirnos, de mejorar, aunque sea un poquito, no reparamos en los afortunados que somos pudiendo salir un día y otro y otro, sin más. Tenemos salidas mejores, peores, días en los que completar lo previsto es una hazaña. En otros se nos hace corto. Algunos días podemos disfrutar de un paisaje alucinante, otros de una conversación entrañable,… nos recreamos la vista, nos da el aire, nos ponemos morenos,… sudamos, vivimos, es decir corremos.

Pero todo eso un día se va al traste, un día, sin previo aviso, zas, la muerte nos acecha. A nuestra amiga runner navarra muerta en la Behobia no le aviso y nos llevó una compañera. Sólo deciros que si tenéis opción no dejéis de chequear vuestro estado físico, no es una frivolidad, sino el mejor baremo de saber si estáis o no para los esfuerzos que se nos imponen.

Por cierto, y concluyendo con la Behobia, bonitas palabras del su ganador, sinceramente coincido con pocos atletas profesionales, y verles hablar con esta humildad gratifica y les aleja de esa prepotencia y tonterías que rodean a esos mal llamados mitos del deporte. Son personas, siente y padecen, exactamente igual que nosotros.

Y mientras reflexiono sobre estas cuestiones que nos apenan y preocupan, pero que no nos disuaden de seguir en la carretera, al menos de momento, he de decir que seguimos trabajando de cara a ese estimulante registro que nos motiva para la Media Maratón de Tarragona. La semana pasada, seis días de siete posibles nuestras zapatillas pisaron el asfalto. Más de ochenta kilómetros donde las sensaciones del cross de Sants se prolongaron.

Hay momentos en los que el estado de forma es dulce y he de admitir que estoy en unos de esos instantes. ¿Cuánto durará? Ni idea, pero trabajamos en que sea lo más posible. Creedme mientras dure seré un poquito más feliz.

Imagen tomada del Diario de Navarra