A Salvador Sostres, caso el justito

De rebote me llega la última columna de Salvador Sostres, de quien ya dimos reporte no hace mucho cuando se chirrió de la muerte de una atleta. De rebote y por que un buen lector de este desanillado cuaderno me avisó de la reacción de Purito. Locuaz como siempre. Le dijo algo así como que “los tontos nunca desparecen”. Sinceramente darle pábulo a estos personajes tiene delito. Deberíamos ser más inteligentes. Pero a veces no lo somos, y caemos en la tentación de responderles.

Por suerte en este mundo hay de todo. Estamos los imbéciles y luego quienes lo son aún más. La intransigencia que muestra el personaje para esa aberración del progreso llamada bicicleta es síntoma de quien firma y quien publica su rúbrica. Ni más ni menos. Llevar la vida a la que invita este señor sería como quemar tres planetas en tiempo récord dejando sólo escoria y miseria a nuestros hijos, esos que tan cristianamente debemos concebir y educar según su credo.

Sostres entronca con ese periodismo dopado que ayer diseccionamos con la celeridad de un blog de post ligeros y pensamientos espotáneos. Sin embargo dentro de ese periodismo entra uno muy típico en cierta ala de la mansión del oficio. Él se ubica en el percal más paupérrimo en lo intelectual. Sólo busca provocar y la ira del colectivo que azarosamente quiere despellejar en unas columnas que a la vista de cómo escribe, nada mal por cierto, estarían en disposición de hacer otros favores a la sociedad. Tanto talento tirado a la basura.

No le den más importancia de la que tiene a este pollico que quiere fumarse el mundo tantas veces como sea necesario para que los que vengan detrás no lo disfruten como él. Y como siempre ocurre en estos casos extraigan lecturas que sí nos pueden hacer mejorar, por ejemplo privémonos de asaltar aceras con nuestras bicis, respetemos pasos de cebra y semáforos, circulemos en la dirección correcta y llevemos casco si se nos impone, pues al fin y al cabo tampoco nos inhibe de demostrar que el progreso camina sobre ruedas por mucho que este cernícalo con columna nos provoque.

Cuando la muerte de una persona justifica tus argumentos

Quiero recordaros un pasaje vital y personal: Corría el kilómetro 35 de mi tercera maratón. San Sebastián, noviembre de 2008. Un frío de cagarse. A ello se sumaba un viento espeso procedente del enfurecido Cantábrico y la lluvia sostenida. El hito del 35 se sitúa bajo la bóveda del túnel de Miramar. Un abuelete, txapela enroscada y desafiante jersey primaveral, nos chilla: “Al campo os llevaba yo, tantas ganas que tenéis de pasarlo mal. Desgraciados”. Emplomado por la fatiga no hice no ademán. Luego pensé que quizá el trasnochado espectador me tendría que haber llevado al campo del pescuezo, allí hubiera estado confortable.

La sociedad moderna convive con los retos extremos como nuestros antepasados no hubieran imaginado nunca. Almohadillados en una vida sencilla, carente de amenazas y desafíos, la andanada de deporte popular que crece entre nosotros es tal que en ocasiones los límites no quedan perfilados, ni siquiera humanizados. En este contexto, nuestros mayores que tan duro trabajaron no entienden que nos propongamos maratones, ironman, ultramaratones, travesías a mar abierto,…

En la eterna carrera Cavalls del Vent, trepada cuesta arriba y abajo por montañas pirenaicas empapadas en lluvia durante más de 80 kilómetros, falleció una participante por hipotermia. Esa desgracia dio lugar a un artículo del columnista Salvador Sostres, cuya facilidad por no dejar indiferente y asquear quedó plasmada. Los argumentos de Sostres en un medio conservador, garantes del sacrificio, chirrían tanto en forma como en fondo, por que si bien los placeres de la vida cada uno  los encuentra donde le compete, el juntaletras no puede resultar más ofensivo ante una muerte que es la excepción, no la norma, de estas bestiales pruebas.

Los ultramaratones, como las grandes marchas cicloturistas que muchos no pueden acabar por les resulta inútil continuar, son la punta del iceberg de quien un día se enganchó al deporte y no supo verle límites a su progreso. Ello sin embargo no propina las muertes ni pérdidas que el periodista parece esperar para cargarse de razón. Luego siempre podrá decir que quién pagó el servicio sanitario que socorrió a éste o al otro. En una marcha cicloturista hace un par de años, una nevada sorprendió a los participantes y dejó a muchos aislados. Y no era periodo invernizo.

Sin embargo, es en estas personas, donde encontramos un sustrato de sociedad que no conformándose con lo que le rodea, raspa en el círculo de lo imposible las opciones que esta vida, que medios como el suyo nos han regalado, nos niega. Quizá prefiera la frivolidad que destilan aquellos protagonistas que copan las portadas de los medios que integran su grupo mediático.

Que no olvide el dinero en sanidad que estos locos, y no tan locos, le ahorran a papá estado. Que si cundiera su ejemplo no tendríamos un país de brazos caídos, apático y previsible. Por eso, aunque no lo concibamos nuestros límites, criticar a estos valientes que rompen con su concepción del placer es un apoltronado ejercicio de cobardía y sedentarismo.

Quiero dejaros el enlace a la fantástica guía de ciclocross que ha publicado la gente de www.elpeloton.net y en la que he tenido el placer de colaborar.