Oudenaarde

Oudenaarde es la meta de De Ronde desde hace ocho años 

Vandenbergh es oriundo de Oudenaarde, el auténtico corazón del Tour de Flandes, que ha tenido muchas salidas y llegadas pero que en estas tres últimas ediciones ha fijado el final aquí, donde reside el museo de la centenaria carrera que no por importante siempre es la que mejor espectáculo ofrece, sobretodo desde que se impuso el circuito final.

Sobre ciclista y ciudad se dan varias circunstancias.

Vandenbergh nació en el hospital local y eso significa que lo hizo a 300 metros de la línea de meta de la carrera. Paseando por su pueblo es una cara reconocible y la gente le se acerca. En su palmarés rezan varios top ten en clásicas de adoquín de raíz flamenza y eso allí te hace célebre, sobretodo cuando tienes a tus convecinos en la campa de al lado chillando tu nombre con la garganta lubricada en cerveza el día de la gran fiesta flamenca, una fiesta que a veces se desmadra.

Oudenaarde es una pequeña población situada un poco al sur de Gante, la capital espiritual de la región. Hoy luce, como hemos dicho muchas veces, como orgulloso ombligo del Tour de Flandes, albergando el museo, la llegada y los miles de fans que cada año frecuentan la zona con su burra en el equipaje.

Sin embargo no siempre fue así.

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Años atrás hemos hablado mucho de los orígenes de esta carrera que centenaria, incluso del coqueteo de sus autoridades con los nazis en el momento de ocupación –por eso por ejemplo no hay casi interrupción en su historial a causa de la Segunda Guerra Mundial-.

Sin embargo hay una cosa que mucha gente ignora y es que en la primera edición de De Ronde hubo serios problemas para que la carrera pasara por Oudenaarde.

Según cuenta Peter Coussins en su obra “The Monuments” el que fue también mentor de la carrera, más allá de la labor de Karel Van Wijnendaele en el Sportwereld, detrás de toda gran carrera hubo un gran diario, Leon Van de Haute, tuvo graves problemas para hacer pasar la ruta de la primera edición de la carrera, en mayo de 1913, por Oudenaarde y Lokeren antes de seguir hacia Kortrijk y tomar el camino de Ostende, en la cosa.

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Las autoridades de Oudenaarde negaron el paso o en su defecto que se neutralizara la carrera en su paso por el pueblo. Aquello del ciclismo era muy peligroso.

La cosa se solucionó. Al final pesó esa necesidad de darle al público algo genuinamente flamenco, aunque inspirado en Roubaix.

Surgió el primer león de Flandes “De Leeuw van Vlanderen tras 324 kilómetros plagadas de tramas de adoquín.

Imagen tomada de www.etixx-quickstep.com

Los muros que derribó Ian Stannard

No podía haber mejor sitio para arrancar el periodo más brillante del año que Gante. Corazón flamenco, garante del tríptico del cordero, empedrada, aristas escalonadas en cada fachada. El escenario ideal, fresco y seco, esta vez, para arrancar como siempre la Het Niuewsblad, esa carrera fetiche para Ian Stannard, en la que se encuentra las mieles que son hieles en otras latitudes.

Por suerte, el ciclismo recuerda a veces que no todo son nombres y recursos. Cuando a medio centenar de kilómetros hubo una explosión en el pelotón y tres Etixx se fueron por delante con la única compañía de Stannard, pareció que la suerte estaba echada. El equipo adalid de la tierra dominando en su terreno como en los buenos años de Mapei. Aquellos azules, enfundados en leyenda, que desaparecían de la vista de sus rivales hasta que el tito Lefevere llegaba a cabeza y señalaba al ganador, al segundo y al tercero. Y sin rechistar.

Pero en el tren de Etixx hubo un vecino incómodo y protestón. Otro se amilanaría yendo con Tom Boonen, Stjin Vandendergh y Niki Terpstra en el mismo vagón. Aunque Vanmarcke y Van Avermaet, como siempre, perdieran el tren y persiguieran con denuedo, con Stybar en la recámara, la carrera siempre estuvo delante, cuanto lo cuadro de delante dijeron adiós.

 A Patrick Lefevere le gustan los finales apoteósicos. A su medida. Él es grande en el ciclismo, maneja pasta –ficha a Gaviria si la hace sombra a su Cavendish-. Pensó que Stannard era moco de pavo y dejó al inglés cociendo a fuego lento. Pero lo que con otro hubiera valido, no sirvió con este inglés con rostro de bonachón y muchos menos años de los que anuncia su pálida tez. Stannard se incrustó y de ahí no le echaron. Quizá piense en ficharlo.

Y no lo hicieron porque el caballo ganador era Boonen y para ello había que llevar al rival en carroza de plata pues  Boonen, lo que es Boonen, ya no es ese ciclista que ataca y gana a 60 kilómetros de Roubaix. Quizá lo sea en las semanas venideras, pero no este sábado último de febrero. Doble o nada. Lefevere quería que Boonen ganara y no movió el árbol el final con su ojito derecho. Sin embargo era tarde para reventar al morlaco británico que enjuagó la ventaja y sembró el descontrol. Boonen seguirá sin ganar la OHN.

Aunque Terpstra al final lo intentó ya era tarde. Cayó Vandenbergh, tras medio salir a por su compañero holandés, se descolgó Boonen y Stannard mató a lo grande, como los grandes, al sprint. Qué gran triunfo y como me alegro. Al final, todo queda en que hay algo más que dinero, nombres y medio. A veces, el corazón se impone a la razón.

Imagen tomada de http://www.omloophetnieuwsblad.be/

INFO

Orbea cumple 175 años, colabora en la confección de su historia 

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Flandes no premia rácanos

Hay un equipo que vive en “Alicia en el País de las Maravillas”. Es un equipo que tuvo en una misma carrera, aunque con otro nombre, a Peeters, Museeuw, Bortolami, Taffi y Ballerini, que en paz descanse. Un equipo multimillonario, dirigido por Patrick Lefevere, un hombre con un poder que pocos podemos imaginar, que jugó tanto a contemporizar que acabó perdiendo un Tour de Flandes. Me alegro, se lo merecieron.

No me malinterpreten, Fabian Cancellera mereció ganar, pero cuando una carrera se pone dura, efectúa sus selecciones y cuatro o cinco hombres de tu equipo circulan con los mejores, no es normal que se te vaya la carrera de esa manera y acabes confiando en Stijn Vandenbergh, quien encima se metió en el carril sucio del sprint final una vez chupó rueda de lo lindo.

Hace no mucho que dijimos que Fabian Cancellara sólo sabía ganar a lo bruto, sino lo petaba todo, carecía de pegada. Ahora ese papel se lo relega a Sep Vanmarcke, ansioso como él solo, que quema naves y entra al trapo pero no remata. El belga, tras ser segundo el año pasado en Roubaix y tercero en Flandes, de cuerpo presente, merece un gran triunfo.

Pero no quitemos el foco sobre el auténtico jefe en estos parajes. Si Boonen siendo de Amberes no es flamenco, ¿cuál ser la condición de Cancellara en estos lares? El suizo ha sido jefe más que nunca y no de boquilla. Lo suyo no es fogueo, es fuego limpio y sincero, directo y conciso. Cancellara descubrió una nueva dimensión para ganar en Roubaix 2013, ahora en Flandes descubre una versión mejorada. Ataca pero se lleva paquete a rueda, aguanta, mide y remata. Es el Cancellara 3.0.

Porque los cambios han sentado bien a Flandes. Al lento pasar de kilómetros se le unió una carrera silenciosa, invisible, pero muy tangible: caídas, cortes, pinchazos. Flandes también es eso, de ahí que cuando se le cargó el mochuelo a Peter Sagan –qué lago se le va a hacer el camino hacia su primer monumento- antes del último paso por el viejo Kwaremont, la estrategia de Omega fue inaceptable de toda regla. Con Terpstra, Stybar y Boonen como cabezas visibles, no se puede jugar al ajedrez, hay que hacer una «blitzrieg» en toda regla y romper la vanguardia de tu rival, más que nada porque cada kilómetro que pase vivo es un kilómetro que Cancellara acabará haciendo suyo.

Pero este balance de Flandes sería incompleto sin hablar de Greg Van Avermaet, un ciclista mayúsculo sin un triunfo mayúsculo y eso que lo busca hasta la extenuación. Si hace una semana, en San Remo, en el clamor de la lluvia, dijimos que BMC fue una “casa de putas” en Flandes han estado perfectos, llevar tus gallos todos juntos hasta el final, el Omega lo demostró, no es útil. Las bazas están para quemarlas: Taylor Phinney, Manuel Quinziato y al final Van Avermaet. Perfecto.

Y nos queda Sep Vanmarcke a quien le falta un hervor en grandes distancias. Ganó hace dos años una Het Nieuwsblad al mejor Boonen, pero esto es un monumento y ser requiere algo más, un poco más quizá, un margen que Fabian Cancellara hace tiempo que dominó. Igualado en Flandes, el suizo apunta al récord de Boonen y De Vlaeminck en Roubaix.

Foto tomada de www.bontrager.com

“Master class” de Peter Sagan

No es sencillo llamarse Peter y apellidarse Sagan. El año que acaba de arrancar no estaba siendo propicio a un corredor cuya áurea supera la normal trayectoria de su edad. Cuatro años después de explotar en aquella París-Niza, Sagan es un capo del pelotón. Como bien señala el último Procycling estamos ante uno de los pocos ciclistas en activo influyentes en este mundo. Él, Cavendish, Froome y Cancellara, según el medio de cabecera.

Pero las tornas no giraban como al eslovaco le gusta. Derrotado en la Strade Bianche, quizá le supo peor no poder superar el top ten en San Remo cuando, un año más, llegaba con todas las de la ley para disputar el éxito mayúsculo, uno de los pocos que le faltan, un monumento.

La presión crecía sobre este desbocado e imberbe talento. No era sencillo gestionar, entiendo la situación. A los focos que se ha hecho acreedor, se le unen una pléyade de rivales que le tiene bien tomada la matrícula. Ganar llamándose Sagan es muy, muy complicado. De ahí el mérito su victoria en E3 de Harelbeke, esa carrera prestigiada hasta el máximo porque además de la tremenda infraestructura y propaganda que mueve, ofrece un espectáculo fenomenal.

Sagan estaba en el top 3 de las apuestas. Siempre lo está pero esta vez había un plus de peso sobre sus espaldas. En eso que la carrera entró en fase decisiva y apareció el genio. Siempre en segundo nivel, pero cerca de la cabeza, estuvo con Geraint Thomas en el primer movimiento serio. Mientras Fabian Cancellara se caía, Sagan sorteaba trifulcas y se metía en carrera.

Pero ese primer corte le ofrecía un rival de mucha entidad, Jonh Degenkolb, otro que crece a marchas forzadas. Sabedor de su presencia ejerció sobre el grupo y lo dejó en cuatro: tres y él. Pero claro ese grupo tuvo miga, dos Omega Pharma, nada más y nada menos, junto a Thomas. Una vez hecho el hueco, Sagan empezó a gesticular, a observar, a mandar. Dos excelentes clasicómanos del mismo equipo, el mejor con diferencia en colectivo, Niki Terpstra y Stijn  Vandenbergh fueron empequeñecidos por este gigante de verde fosforito, si bien la lealtad y buenos modos de Thomas también le ayudaron.

Luego remató en el sprint, como no podía ser de otra manera. Sinceramente, rara vez veo tanto y tan buen dominio en la carretera, tan certero sorteo de las dificultades, tanta personalidad, tanta elegancia. Sagan nos ha deslumbrado.

 

Foto tomada de Cannondale