André Darrigade, el mejor “starter” de siempre

André Darrigade, considerado el mejor "starter" de la historia del Tour

Siguiendo los paso de André Darrigade.

El sábado la apertura de Düsseldord, una crono corta, pero no muy corta, como el prólogo al uso, puso a Geraint Thomas como el último primer líder del Tour de Francia. Mirando atrás vemos varios corredores que hicieron de la primera pieza del Tour su coto casi privado, suponiendo para ellos el punto álgido de la campaña. Los de mi generación seguro que recordarán Thierry Marie, como el gran especialista.

Geraint disfruta estos días de un privilegio que históricamente ha pertenecido a uno de los corredores con más “swing” de la historia, un tipo alto, fino pero robusto, guapete y compañero de esa generación de dandys franceses que fueron Jacques Anquetil y Roger Riviere.

Hablamos, sí, de André Darrigade, uno de los mejores velocistas de la historia que está considerado el mejor ciclista de los inicios del Tour de Francia. Darrigade hizo de la primera etapa del Tour, y por ende del primer amarillo, su corral ganándolo hasta cinco veces entre 1956 y 1961, fallando sólo una vez a la cita, en 1960.

Darrigade, era conocido por su temperamento y por las frescas que le gustaba enviar a los rivales:

Nadie quería rodar conmigo porque sabía que iba a sufrir si me resultaba un chuparruedas

Así, en 1956, curiosamente en la llegada a Lieja, Darrigade se llevó su primer maillot amarillo. Se lo entregó una celebrity en el star system francés, la acordeonista Yvette Horner, la mujer cuyas notas han puesto sonido a muchos de esos Tours en blanco y negro, aquellos en los que Monsieur Goddet salía vestido de explorador en el Sáhara. En el 58 protagonizó el terrible accidente en el Parque de los Príncipes cuya foto es memoria gráfica del Tour.

Yvette, guapa y emblemática, competía con Darrigade ante los focos porque el velocista francés se tomaba la primera etapa “como una clásica”. A Lieja le unió las llegadas a Granville, Gante, Metz y Versalles. De los grandes de siempre, Bernard Hinault fue también cinco veces amarillo a las primeras de cambio…

Imagen tomada de Cyclopunk

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Más de un cuarto de siglo del Giro de Miguel Indurain

Miguel Indurain y el Giro de italia

Dijo Claudio Chiapucci en un Bicisport que guardo: “Cuando atacamos a Indurain me viene a la mente la imagen de los aviones luchando contra King-Kong, subido al Empire State. Y Chioccioli, Giovanetti y yo somos los aviones”

Así fue ese Giro, el del 92, el olímpico de Barcelona. Qué recuerdos. Miguel iba a probar, lo decía de puertas hacia fuera, por dentro era consciente que el ganador del Tour estaba obligado a todo cada vez que se enganchara un dorsal a la espalda.

Giro del 92, salida desde Génova. Prólogo veloz que Thierry Marie, el gran especialista del momento, ventila por tres segundos sobre Miguel Indurain. No ocurre nada especial. En la tercera jornada, arribando al bellísimo Arezzo, esa plaza que quita el sentido, Chiapucci busca la sorpresa en un pequeño puerto de tercera, por donde el Giro del año pasado pasaría en la jornada del sterrato. Claudio hace la selección, Miguel con él, y tras ambos 28 unidades de las que sale victorioso el italobritánico Max Sciandri, quien acompaña en la primera prenda rosa al navarro en el podio.

Miguel Indurain es líder, pero lo será más al día siguiente cuando deja entrever que éste no es un ciclista cualquiera cuando sube a su cabra. Entre Arezzo y Sansepolcro gana una crono casi 40 kilómetros, corta para la época, en la que intimida: dos minutos a Hampsten, dos medio a Giovanetti y más de tres a Franco Chioccioli, “Copinno” el ciclista de torso alargado, asomando el morro más allá del umbral del manillar, que “vestía” el dorsal uno.

Imagen & post inspirados por @lavuelta_stats

El daño estaba hecho y empezaron las pamplinadas de la prensa. Lo llamaban la “Santa Alizana”, una conjura secreta, cuasi masónica entre los capos italianos, para derrocar al líder extranjero. Aquello fue agua de borrajas, efectos literarios, en la práctica, cada uno iba a la suya.

En la subida al Terminillo, el encantador Roberto Conti busca etapa y la maglia. Ni lo uno, ni lo otro. Indurain le da caza en el último kilómetro: “Siento actuar así Roberto, pero debo controlar”. Ganaría lucho Herrera. “Ni se merecen las disculpas, Miguel” responde el sacrificado escalador romagnolo. Aquel día un tipo sale herido en su orgullo, vuelve a ser Franco Chioccioli. En una semana ha perdido toda opción de mantener la corona y eso le duele, le duele a tal punto que al día siguiente pone la carrera patas arriba camino Imola, a donde llega con Roberto Pagnin, el guaperas del momento, con el tiempo muy maltratado por la vida, y Marco Lietti.

Chioccioli no ganará el Giro a la vista de la solidez de Indurain, pero sí que estaba nuevamente en la puja por el podio y de paso merodeaba las plazas nobles por si surgía algún imprevisto, pues en tres semanas, lo inesperado es lo esperado, más cuando todos aguardaban el mal tiempo en los Alpes y Dolomitas recibiendo a Miguel, alérgico decían, a la lluvia.

Y Chioccioli fue la punta de lanza en días de hielo como chuzos, en el Giau especialmente, intentando lo imposible por dejar a un navarro que salía a por él, a por Giovanetti y a por Chiapucci, sin importar el orden ni lo que quedara para meta. Fabrice Philipot y Armand De las Cuevas gestionaban el ritmo y llevaban en carro a su jefe que no mostraba debilidad aparente, y si la tuviere, la maquillaba, como el día del diluvio universal en el Monte Bondone donde se impone Giorgio Furlan.

Las cimas caían, Monviso, Pila,… tambén la llegada a Verbania, donde Chioccioli se redime. Nada, los rivales bajan los brazos y ven a Miguel encajando una y otra vez, saliendo a por ellos, a veces sentado, otras con leve contorneo, sólido e inabordable y lo que es peor, con una crono de 66 kilómetros que gana por saturación de los rivales en lo que fue el preludio más nítido de lo que haría un mes después en Luxemburgo, porque sin haber empezado el Tour, Claudio ya supo que no podría ganarlo.

Imagen tomada de Movistar Team

 

Indurain: aquí empezó todo

Tras ganar el Tour del 91, Miguel Indurain se plantó en el Giro de Italia del año siguiente con muchas dudas en apariencia pero con la certeza de que, si las cosas salían mínimamente bien, podría seguir engordando su leyenda. Un recorrido duro, pero con dos cronos muy favorables, y un plantel de rivales a los que tenía tomada la medida le favorecían, por mucho que a aquel ciclista de aspecto bonachón y poderosa pedalada, cualquier circunstancia parecía irle bien.

#DiaD 26 de mayo de 1992

El Giro arrancó con una crono corta por Génova, a modo prólogo, que coronó al mejor especialista del momento como primer rosa de la carrera. Thierry Marie, rubio ciclista del Castorama, vestía las primeras mieles de la prueba con un ciclista, un tal Miguel Indurain, no lejos, marcando terreno ante los escaladores italianos.

La tercera etapa de aquel Giro iba desde Ullivetto Terme hasta Arezzo, en el corazón toscano, otra de las grandes perlas paisajísticas del lugar que habría de inmortalizar Roberto Benigni en «La vida es bella”. Desde un principio el Banesto tomaba las riendas de la jornada ante una importante escaramuza que incorporaba a Yvon Ledanois, entonces en el Castorama, pero con los años persona integrada, curiosamente, en la estructura del Movistar.

Abortado el intento, el ritmo de carrera es lo suficientemente fuerte como para que Claudio Chiappucci, acompañado de Giorgio Furlan, tiente el ritmo de los mejores. Indurain, tranquilo en un primer momento, sale como una centella a por ellos y forma una punta de lanza en el Foce di Scopetone, último alto del día, sólo nueve kilómetros del umbral de la jornada, la típica encerrona de Italia.

Poco a poco entran unidades en el primer grupo, hasta conformar un paquete de unos treinta ciclistas entre los que no está el líder Marie. En la línea de meta se impone el veloz angloitaliano Max Sciandri, pero acto seguido Miguel Indurain es reclamado para vestir la maglia rosa, la primera de su carrera, y algo más pronto de lo previsto. Habían pasado 17 largos años desde Paco Galdós, el navarro pisaba el podio por el que habían pasado Poblet, Fuente, Botella, Lasa,…

Al día siguiente, ya de líder, Indurain acumulaba las primeras distancias importantes en la crono de Sansepolcro enviando a Chiapucci más allá del minuto y a Franco Chioccioli, vigente ganador, a dos. El primer Giro de Indurain tomaba forma, la leyenda se hacía mayor.

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