Florencia y el ciclismo, Un desastre mundial ciclista

Florencia y el ciclismo, es la ciudad de los prodigios

Florencia y el ciclismo, cualquier acera que vires, cualquier callejuela que emboques, todo tiene algo que contare, algo que enseñarte. Hoy, esta tarde de domingo, nuestros ojos miraban hacia la maravilla toscana, pensábamos en quién sería nuestro Brunelleschi, nuestro Ghiberti, nuestro Donatello,… queríamos ver a los prohombres del ciclismo darnos una carrera del tamaño de Tony Martin el pasado miércoles y la vimos. Vaya si la vimos.

Hoy el ciclismo ha sido de mayúsculas. Y la resaca densa, casi futbolera. Miremos, desde lo lejos, que esto ha ocurrido tras siete horas, bajo la lluvia, los latigazos de cada cursa y el sopor de cada grito. Y si lo miramos así entendemos que pensar con claridad en esos momentos es complejo, casi imposible. Sin embargo no hablamos de lecturas perfectas de carrera, esas que calzamos desde el sofá, pero sí de ver lo que pasa un poquito mejor que quien tienes al lado.

Nuestro amigo Alejandro Valverde

En el cuaderno de Joan Seguidor nunca hemos escondido afinidad por Alejandro Valverde. Le echaremos de menos cuando cuelgue la bicicleta. En Florencia ha firmado un registro complicado, cinco medallas en un Mundial, algo que dicen nadie había logrado. Chapeau, pero lo siento el oro era la única opción.

Siento mucho decir que quienes argumentan que con esas pulsaciones, cansancio y nervios es imposible pensar con claridad no tienen razón. Entiendo de la dificultad del momento, pero tras siete horas no queremos sabiduría a chorros, y  sí algo de sentido común e instinto.

No se trata tanto de ser clarividente como sí el más listo de la clase. Alejandro Valverde iba castigado pero Rui Costa no lo iba menos. El primero erró clamorosamente, y no es la primera vez, el segundo venía tiempo advirtiendo de que era un hombre de gran peligro.

Un mundial, donde vigilar a los italianos

Con Purito metido en lides de dinamitador en el momento clave de la competición, España tenía dos de cuatro hombres entre los mejores. No había más que dejar hacer a Purito y vigilar a Costa y Nibali.

Si a ello le añadimos que Nibali llevaba un castigo insondable, aliñado por caídas y un “tras coche” que violó cualquier norma, la rueda marcada era una, la de un portugués, la de Rui Costa. Sólo había que fijarse en él.

Cuando Costa abre hueco imperceptiblemente, casi sin quererlo, es obvio que Nibali no va a entrar. A esas alturas es una cuestión de lectura sencilla y clara, pero también un síntoma de respiraciones, de quejidos, de postura sobre la bicicleta: Nibali estaba muerto, soldarse a la rueda de Rui Costa era imperioso.

Claro, cuando salvada la curva cerrada de derechas Costa ha tomado diez metros es imposible cerrar el hueco. Y cuando ves que Rui Costa va cual tiburón a por tu compañero escapado, te temes lo peor.

Hoy piolé que teníamos oro y plata en la mano, lo vi tan claro que no me cabía otra opción, más cuando en Fiesole Costa estuvo a punto de quedarse. Plata y bronce es un resultado honroso, en otros tiempos hubiera sido la hostia, pero en Florencia este resultado es decepcionante.

Ya hablaremos de lo que nos espera al ciclismo cuando esta generación se jubile

Si apartamos un poco la mirada de la emoción y entramos en la carrera, he de decir que el muy cuestionado seleccionador Javier Mínguez no lo ha hecho mal, es más podría decir que me ha gustado su planteamiento, pues la invisibilidad de los nuestros se ha traducido en dos de cuatro en el momento clave. Otros años rezamos por ver un español en cada corte y en cada fuga.

En Florencia y el ciclismo había gran cantidad de españoles en el momento calve  e incluso Alberto Contador cerró la brecha que provocó Italia desde lejos.

Otra cosa es saber a qué han ido algunos, mientras selecciones de pista van con corredores pagándoselo de su bolsillo, vemos que a Toscana algunos van a rodar a la crono para hacer no sé qué en la ruta. En fin, “c´ est la vie” y no la he inventado yo.

Foto tomada de la RFEC

Una crono que es una obra de arte

París-Roubaix de 1997

Cuando describo la tensión y calambres que recorre un ciclista en los momentos de frenesí deportivo, siempre recuerdo una imagen de la París-Roubaix de 1997. Llegaban los mejores al velódromo, era un grupo numeroso. En un momento Andrei Tchimil lo prueba.

El buen velocista francés Frédéric Moncassin salió a por él.  Estuvieron un trecho, no recuerdo cuánto, quizá algún kilómetro, separados por escasos metros en una invisible tela, un punto de no retorno que finalmente no se rompió

Las imágenes hablaban por sí solas, las caras deformadas, el torso inclinado, los gemelos rehundidos,… todo indicaba eso, que se estaban dejando la vida.

Una crono ciclista diferente

Hoy hemos visto una de esas cronos que marcan una época. Rara vez, por no decir nunca tuvimos la sensación que un mundial contrarreloj llegaba con dos o tres aspirantes del calibre de Fabian Cancellara, Tony Martin y Bradley Wiggins en buena forma.

Todos por separado habían dado muestras de la virtud que alcanzan sobre una cabra, sin embargo, juntos y revueltos no los habíamos visto muchas veces, pues por lo que fuere uno de los tres acababa por descorchar la crono desde los primeros instantes.

Pero en el trayecto de casi sesenta kilómetros entre Montecatini y Florencia apreciamos lo que puede ser calificado de crono perfecta, engrandecida incluso por la sutil remontada  de Brad Wiggins.

Está claro que, aunque no sea el año del inglés, la competición es un plus, y la Vuelta a España lo da, pero al parecer Gran Bretaña también, sin embargo un tipo como Wiggins, con todas las objeciones que le pongamos, hay que tenerlo muy en cuenta.

Pero de salida, materializando el duelo, estuvieron Zipi y Zape, dos corredores que se buscan, se tantean y se encuentran con una cabra entre las piernas. En la Vuelta a España Cancellara le arruinó una etapa y le ganó una crono a Martin.

El alemán, callado, tímido, cual silbido calló.

Martin es un superclase

un ciclista de una categoría atemporal, no bate la bicicleta, la acopla a su ser, redondea su perfil y talla una figura que, puesto que estamos en Florencia, inspiraría al propio Benvenuto Cellini, el hombre que dijo haber logrado la escultura perfecta (justo la de aquí abajo).

El Mundial contra el reloj cumple 19 años.

Recuerdo la primera edición, en la italiana isla de Sicilia, donde ganó un prohombre llamado Chris Boardman y asomó por el podio un pecoso  y juvenil Jan Ullrich.

Al año Miguel Indurain lograba nuestro triunfo más sentimental y a los cuatro Abraham Olano superaba a Melchor Mauri en Valkenburg. Desde entonces hemos visto ganar cuatro veces  a Cancellara y tres a Michael Rogers, las mismas que a Martin.

Buenos triunfos, qué duda cabe, pero alejados de la intensidad que visitió la performance de esta tarde. Cancellara y Martin, Martin y Cancellara, gracias por el momento, por la hora larga, de esfuerzo, entrega e incondicionalidad.

Sois grandes, y Wiggins, también, “of course”.

Mientras España vivía en la ignominia de culebrones y putiferios televisivos, habéis dado un espectáculo maestro, ni más ni menos que al nivel de los grandísimos nombres que soñaron Florencia y dieron la ciudad que hoy me perturba.

La de Rui Costa no es una victoria de un chuparruedas

Me resultaron curiosos algunos comentarios a raíz de Rui Costa. Desconozco cuál es la imagen y concepto que en el pelotón tienen del nuevo campeón del mundo. No es algo nuevo. Muchos recuerdan su afaire con Carlos Barredo hace unos años cuando acabaron a mamporros para poner inicio a esta antipatía hacia el portugués. No sé, la verdad, pero los silencios hablaron en muchos twitters cuando llegó el momento de reconocer el éxito del luso.

Sin embargo en lo que hace referencia a su forma de correr en Florencia, me quedó cien veces con las maneras de Rui Costa, un corredor dotado de un excelente físico que colmó una jornada para enmarcar. Rui Costa estaba en cualquier listado de posibles ganadores hecho con sentido común. El luso llegaba a Toscana con una temporada de excepción reforzada por la poco común hazaña de ganar dos etapas en el Tour.

Parece ser que correr de forma inteligente, midiendo los tiempos y saliendo una vez, pero cuando realmente hay que salir es ser chuparruedas y lo siento pero no puedo estar de acuerdo. Rui Costa no situó a un cegado Vincenzo Nibali a entregarse en la tarea de neutralizar a Purito. Ni le dijo a su compañero de fuga y equipo, Alejandro Valverde, que debía vigilar la rueda del italiano, cuando la suya, la de Rui, era la más peligrosa para que Purito no ganara el Mundial.

En la carrera florentina hubo dos ciclistas de Movistar que tuvieron protagonismo y que responden a un perfil muy diferente al de Alejandro Valverde. Primero Giovanni Visconti, ganador de tres etapas en el Giro, que estuvo fugado durante un buen trecho y sirvió para que los italianos cogieran aire y volvieran de cara al final. Luego Rui Costa, con el desenlace que todos sabemos.

Tanto uno como otro no se distinguen por ser generosos en el esfuerzo por el compañero, saben trabajarse su hueco y sacan partido a sus innegables cualidades. Hacer eso tiene mérito y sin duda es elogiable, luego que tengan directores en carrera que les permitan guardarse un poquito para ellos, es otra cosa. Vamos lo mismo que dijimos de Dani Moreno durante la Vuelta.

Cabe por eso preguntarse cómo será el futuro de Rui Costa en el Lampre, una reliquia del antiguo esplendor italiano en el máximo nivel. Al portugués la cupo la suerte de correr en un poco disimulado anonimato, pero anonimato al fin y al cabo. Sus movimientos siempre han tenido cierta bula, a pesar de saber el peligro que encierran sus opciones. Cabrá ver cómo maniobrará Rui Costa siendo señalado por el arco iris, y no hablamos tanto de maldición, que seguro este fenomenal corredor sabrá burlar, como de sentirse mirado.

Por de pronto ha ganado un Mundial con una resolución bellísima, atesorando inteligencia. Cuando se iniciaba la última subida a Fiesole y él se mantenía ahí, con los mejores, tuvo que esquivar una carrera de eliminación que por ejemplo había enviado la poderosa selección británica a casa, en bloque. Estar en esos niveles no es casualidad, no puede serlo. Rui Costa es un superviviente, incluso de momentos complicados cuando se le vinculó al dopaje, de esa criba por ejemplo no salió ileso Carlos Barredo, y Rui sí. Son las cosas de la vida.

Foto tomada de @Toscana2013

Muchos novios para la carrera más bonita del año

La coronación del campeón del mundo es el ceremonial más lacrimógeno del ciclismo. Responde a la más genuina lucha entre nacionalidades, en un momento además singular para el ciclismo que, atosigado por la crisis, deja aparcadas por siete horas las marcas comerciales. Es como volver al origen. A los Tours corridos por banderas y no emblemas. Y eso ocurre en un recorrido multicolor de banderas y enseñas patrias, en pelotones que son crisoles de mil escudos, en carreteras donde las pintadas son tan densas que el asfalto es anécdota. Sí, es el mundial.

Si a todo ello le aliñamos que estamos en Italia, en la Toscana nada menos, tendremos de resultado una carrera de las de entre un millón. Porque Italia es el paraíso de los recovecos, los ángulos y la trampa. Es el país hecho para albergar ciclismo, en el fluir de un pelotón por calles sin aceras en medio de gritos ensordecedores por donde estremece pensar que un pelotón de 200 tipos encendidos puede hallar camino para pasar. Italia es, sin rubor a equivocarme, el país que más veces ha acogido un mundial, y no hablo tan sólo de carretera, miremos BTT, BMX, maratón, trial,… salvo en pista, es el ombligo de ciclismo mundial.

Pero es que además pocas veces llegan los Mundiales con tantos aspirantes a conquistarlos. Me preguntaban el otro día, me decían que me mojara y rara vez identifico tantos ciclistas dotados de la virtud del arco iris, si bien, como haría el mismísimo Fabian Cancellara, casi todos ellos presentan una emergencia que les hace acreedores de debilidad.

Y empezando por el propio Cancellara diremos que no es la primera vez que su estado de forma impresiona y que no es la primera vez que cercado y vigilado, acabó diluido en el pelotón. Y es que la baza del de Berna es tan evidente que quizá en Suiza emerja el segundo hombre, y cuando éste se llama Michael Albasini, certerísimo en estos terrenos, entendemos que quizá la obsesión por Fabian quede injustificada.

Porque el alter ego de Cancellara, Peter Sagan es también objeto de deseo de la mayoría. Solo, sin una selección que le haga el papel del Cannondale, Sagan va a tener que afirmar mucho y camuflarse muy bien para ganar. Su reto es mayúsculo y sus bondades grandes, pues demuestra adaptarse a las circunstancias pero no le será sencillo.

En estas que España como bloque presenta el mejor peso específico si bien me temo que no sea suficiente. Adueñarse de la carrera te da un premio moral pero no real. El año pasado fue tremendo el trabajo de la selección hasta que llegó Philippe Gilbert y lo reventó todo. Es ahí donde cabe una mente preclara y donde Alejandro Valverde, siempre llamando a la puerta, nunca ha cruzado el umbral. Queremos el quinto podio mundialista del murciano, pero lo queremos desde el máximo escalón, otro resultado no le vale, y posiblemente lo mismo para Purito.

Y hablando de mentes preclaras nos vamos a corredores que golpean una vez pero es para ganar. Ese listado no es amplio, pero infunde respeto. Sí, nos referimos a Rui Costa y al mentado Gilbert. Ambos no necesitan suerte para ganar, ni suerte ni que la carrera enloquezca de lejos, como sí querrían Vincenzo Nibali, Chris Froome, Nairo Quintana, Rigoberto Uran o Richie Porte, la estirpe de fondistas que amaga por llevarse el arco iris.

Y si me permiten , pongo dos nombres que no están delante en las quinielas pero que veo en el podio. Uno ya ha estado, Eduald Boasson Hagen, es una carrera que quien la hizo lo tuvo en mente, y llega con un hambre atroz, el otro Zdenek Stybar, como buen ciclocrossman, hábil, ratonero y oportunista. Los virajes de Fiesole le van, la violencia de Salvati más. Dudo mucho que no esté delante.

Foto tomada de www.record.com.mx