Pico de las NIeves en Gran Canaria: ¿El puerto más duro de Europa?

El Pico de las Nieves es la cima más deseada de Gran Canaria

Cada cierto tiempo suena que Canarias puede volver muchos años después a la Vuelta a España y para el regreso del archipiélago, el Pico de las Nieves en Gran Canaria es candidato a acoger final de etapa.

Aunque he estado una vez en Gran Canaria, y no en el citado Pico, he oído mucho de esa subida.

A mi amigo Jordi Escursell, quien cada año baja a la cicloturista del lugar para grabar imágenes y vuelve impresionado.

También me ha hablado, un buen colaborador de este mal anillado cuaderno, Jordi Escrihuela, quien un día me divagó sobre la posibilidad de estar hablando del puerto más duro de Europa.

Toma ya, el más duro del viejo continente, eso es mucho hablar, pero me lo argumenta…

No seré yo quien lo desmitifique, pero tampoco apostaría por su exclusiva dureza continental.

El Pico de las Nieves por su vertiente de La Pasadilla, es toda una pesadilla, de una dureza extrema, 23 kilómetros de revirada y tortuosa carretera que asciende hasta lo más alto de la isla de Gran Canaria haciendo las delicias de los grandes escaladores… y de los grandes sufridores que disfrutan «grimpando» puertos imposibles, como es mi caso. Aquí hay que venir entrenado para afrontar sus diabólicas rampas, sino una dulce tortura puede convertirse en todo un largo camino al infierno, pero si conseguís someterlo tocaréis el cielo, a casi 2000 m de altitud.

El Pico de las Nieves tiene tres tramos bien diferentes 

Los seis primeros kilómetros no son duros y se puede dar bastante caña y ganar mucho tiempo.

En esta parte, y para no atufarme, sabiendo lo que venía después, no pasé de 140 pulsaciones.

Muy tranquilo.

Los participantes que en su inmensa mayoría eran “repetidores” y que casi todos lo conocían prácticamente menos yo, aquí arrancaron como motos, quedándome con un reducido grupo al que fui dejando poco a poco y acercándome a otros, pero yo decliné seguir rueda ninguna.

A mi rollo.

La segunda parte es la más dura y espectacular, una tremenda cuesta de 6 kilómetros entre La Pasadilla y Cazadores, un tramo increíble con rampas de hasta el 23% «que se suben a escalones, pero con peldaños muy grandes» (Jonb) que dan paso a brevísimos descansos que haces que afrontes la siguiente bajando un poco las pulsaciones.

Así llegas a una revirado giro a la izquierda, donde hay mucha gente que no para de animar, y acabas con el suplicio de esta terrorífica carretera, estrecha y de una pendiente exagerada.

Ascendí bien todo este tramo y no recuerdo haberlo pasado demasiado mal.

Disfruté como nunca ascendiendo un puerto de los más duros que he subido, pasé el envite y, para lo escalador que soy yo, me pude dar por satisfecho con la subida que hice, disfrutando de las vistas, el paisaje y los compañeros que me iba encontrando por el camino.

Por un pequeño puñado de segundos…

En el tramo final de la escalada, después de aquél desvío a la izquierda, el Pico de las Nieves se «humaniza» con desniveles más normales, descansos e incluso algún descenso a la altura de la espectacular

pico de las nieves perfil

Caldera de los Marteles, antes de coronarlo, con alguna pequeña emboscada y un último kilómetro en bastante mal estado.

En esta parte me encontraba fuerte y empecé a bajar piñones, bastante animado a darle caña, pero alguien me dijo que no me emocionara que aún quedaban trampas por el camino. M

e podía haber marchado pero seguí con él. Cuando menos me lo esperaba, aquel ritmo bueno que me ofrecieron, aceleró para intentar marcharse.

Pillado, por desconocimiento del puerto, aquel demarraje representó tan solo un pequeñísimo puñado de segundos.

Una lástima porque para eso podríamos haber entrado juntos.

Imagen tomada de pedaleandoporcanarias.com

La Vuelta pinta a la peor grande de 2020

La Vuelta Primoz Roglic JoanSeguidor

Las estrellas previstas indican que la Vuelta 2020 lo va a tener difícil

No es culpa de nadie, al menos sobre el papel, cuando los mentores de las grandes entraron a trazar el diseño de sus ediciones de 2020, nadie podía imaginar que acabarían celebrándose medio hacinadas ente septiembre e inicios de noviembre por este orden: Tour, Giro y Vuelta.

 

Un calendario impuesto por las circunstancias que se marcó por prioridades, y entre éstas la primera estaba clara, el Tour de Francia era la línea roja para salvar el ciclismo.

Ubicado a finales de agosto, el Tour de Francia salva los muebles, otra cosa es el Giro y sobre todo la Vuelta, esta Vuelta 2020 que viene recortada de inicio, empieza entre semana, a día de hoy su cartel de figuras es una moneda al aire…

 

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Ahora mismo el último ganador de la Vuelta que estaría presente, si todo va bien, en la salida de Irún sería Fabio Aru, eso es irnos cinco años más atrás, dejando fuera a Nairo Quintana, su equipo no está seleccionado, Chris Froome, Simon Yates y Primoz Roglic.

Si el colombiano se lo juega todo a la ruleta del Tour, los otros tres también, aunque en el caso de Yates verle en el Giro sería posible, hace dos años lo perdió en la recta final y siempre ha demostrado pasión por la «corsa rosa», sacrificando incluso sus ambiciones por el Tour.

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Sobre el papel la Vuelta 2020 pinta complicada, sabemos cómo la están preparando en Unipublic y las oportunidades que se abren en una grande, pero esto no dejan de ser habas contadas.

Pensar que muchos del Tour se vengan a la Vuelta es mucho pensar, por separación de carreras y por mera conveniencia de dos grandes en las puertas y entraña del otoño, no sólo por el cansancio que propicia el Tour, también por lo que significaría de comprometer el 2021.

Ello, añadido a la propia evolución de esta pandemia, cuyos próximos renglones amenazan con ser escritos en otoño, hace que el paisaje para la Vuelta 2020 no sea el más halagüeño.

Estos días que hay revuelo con lo de Manuela Fundación y la posibilidad de un segundo equipo español en el WT, la realidad del ciclismo español golpea a la puerta.

No sólo se han suspendido Volta, Itzulia y San Sebastián, la Vuelta ha pasado a ser la tercera de la lista en un contexto que no ofrece certidumbres, dando la real impresión que el bacalao se corta entre Italia y Francia.

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El récord que la Vuelta 2020 ha heredado

Primoz Roglic Vuelta JoanSeguidor

Los cambios en el recorrido de la Vuelta 2020 anticipan cosas nunca vistas

Los retoques que la Vuelta 2020 ha debido realizar a causa da cambio de fechas y el consiguiente recorte de la salida neerlandesa y veto al territorio luso han dejado un panorama inédito en la historia de las grandes vueltas.

Leemos que la Vuelta 2020 tendrá la primera semana más dura de la historia de las grandes vueltas.

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La Vuelta 2020 abre, ojo, con un clasicazo como Arrate, en Eibar, el kilómetro cero de la historia de la bicicleta en España.

Una salida en martes, el 20 de octubre y a partir de ahí todo lo programado para la primera semana de Vuelta, que como sabéis suele ser ya potente de inicio.

La segunda jornada aterriza en Lekumberri, 151 kilómetros y San Miguel de Aralar a 17 kilómetros de meta.

Al día siguiente la Laguna Negra de Vinuesa.

No habría sprint hasta el final de Ejea de los Caballeros, cuarta etapa en el nuevo plan y un día antes del fin de semana de Pirineos, primero con Sabiñánigo, que estos días se restaña las heridas del paso de la QH a septiembre, y luego, toma ya, la cima del Tourmalet, previo paso del Portalet y Aubisque.

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Éste es el plan que figura ahora mismo en los papeles, obviamente si se puede realizar.

Por cierto que el final del Tourmalet coincidiría con el epílogo del Giro en Milán y la París-Roubaix.

¿Alguien podrá garantizar que no haya masas en Aralar o Arrate?

Dicen que no se ha visto tanta montaña a balón parado desde la subida del Etna en el Giro de 1989, la edición que acabó en el zurrón de Fignon que subió al volcán siciliano en la segunda etapa…

El sinsentido de los equipos de la Vuelta

Nairo Quintana Provenza JoanSeguidor

La Vuelta debería haber tenido margen para tener más equipos en la salida

En medio de este parón, sin ciclismo en directo hace casi dos meses, sin visibilidad, sin carreras, la noticia de los tres equipos que llena el plantel de la Vuelta nos ha llegado sin esperarlo.

En definitiva que no ha habido ni cambios ni novedades respecto a lo previsto.

Los dos españoles, Caja Rural y Burgos-BH, más el Total Energie entran en una terna que no ha movido el molde, ni siquiera en las circunstancias tan excepcionales que nos han tocado vivir.

En momentos donde las certidumbres se derrumban el ciclismo sigue aferrado a un sistema que consideramos injusto.

Que la Vuelta haya elegido a dos de los tres equipos españoles que tenía a mano es lo normal, es una de las pocas cosas que creemos se deciden en Madrid respecto a las reglas de juego.

Que la Vuelta mire por los suyos es de ley.

Caja Rural es irrenunciable, otra cosa es el Burgos-BH, donde entiendo que lo deportivo valdrá algo, pero no tanto como que la capital con la mejor catedral gótica de España sea la salida al año siguiente.

El Total Energie, bien, entra por reglamento.

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Sin embargo quedan fuera equipos que creo deberían haber tenido ocasión de decir la suya en estos momentos.

Romper la norma, ir a menos corredores por equipo e introducir algún equipo más creo que hubiera sido una decisión salomónica y saludable. 

Sin saber exactamente cómo se lo habrán tomado y cómo influye en su futuro, creo que Euskaltel ya nació con la idea que estar en la Vuelta iba a ser muy difícil.

Descontada esa realidad, queda por ver qué pasará el año que viene.

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Sin embargo, hay dos equipos que deberían haber tenido un hueco.

El Fenix podía venir con un activo llamado Mathieu Van der Poel que es un cheque en blanco, la Vuelta podría haber sido la carrera donde debutara el mirlo blanco del ciclismo.

Incluso obviada la salida neerlandesa, el atractivo era enorme.

El Arkea habría venido con un ganador de Vuelta como Nairo Quintana, quien, remozada su fe interior, parecía en disposición de darle color a una carrera en la que siempre ha brillado.

Cuando Nairo dio el paso atrás, sabía que esto podía pasar perfectamente, pero en momentos excepcionales, esperábamos eso, una excepción.

En fin que en la selección de equipos de la Vuelta es como nada afectara al ciclismo, al menos en apariencia, porque el perjuicio le está llegando hasta el tuétano.

 

Ciclismo de desnivel: En el Angliru empezó todo

El Angliru lleva poco más de veinte años en el ciclismo y ya es una leyenda

Las subidas imposibles tomaron el ciclismo hace un tiempo y en el Angliru empezó todo…

Después de todo lo que se ha escrito sobre el coloso asturiano ¿qué se puede decir que no se haya dicho ya? Un artículo del maestro Mario Ruiz, de 1996, con fotos de sus terribles rampas y bajo el título: Atrévete con el puerto más duro de España: La Gamonal, un coloso de espanto, causó una fuerte impresión entre nosotros, los cicloturistas.

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Un par de años después, en 1998, se creaba una nueva y durísima marcha cicloturista al muro asturiano, en la que antes se subían la Cobertoria y el Cordal.

El espaldarazo definitivo vendría dado por el anuncio, por parte de la organización de la Vuelta, de que la cima sería final de etapa en la edición de 1999.

Esta decisión, encabezada por Enrique Franco y Alberto Gadea, fue gracias a una carta, la que les escribió Miguel Prieto, director nacional de informática de la ONCE, casi ciego (sólo con un 10% de visión), que fue el que descubrió el puerto para el ciclismo. También ayudó el interés mostrado por el Ayuntamiento de Riosa, invitando a todo aquél que se atreviera a desafiar sus rampas, como fue el caso de la primera incursión en la montaña riosana que realizara, el 3 de octubre de aquel año 98, nuestro recordado José María Jiménez, al que tuvieron que dejar una rueda de 28 dientes para poder subir.

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A partir de aquel momento toda una peregrinación de ciclistas del momento, ex-ciclistas y cicloturistas anónimos (el minero, y malogrado, Eladio Llanos -el que le dejó la rueda al Chaba- lo había escalado más de cien veces), fueron a conocer sus duros desniveles con los comentarios de todo tipo que ya conocemos.

El puerto había sido asfaltado recientemente ya que en realidad había sido una pista forestal por donde subía el ganado, para abrevar en el pequeño lago que hay en la cima, conocido popularmente con el nombre de Angliru, al pie del majestuoso Pico Gamonal, en la bellísima Sierra del Aramo.

El Angliru es un puerto increíble para el ciclismo, o lo odias o te enamoras de él para siempre.

No hay término medio porque no deja indiferente a nadie. Se puede decir que la subida (12,5 kilómetros a una media del 10,2%) tiene dos partes bien diferenciadas: la primera no pasaría de ser un segunda, hasta el llano del Área Recreativa de Víapará, que es lo que dicen los ciclistas cuando ven las líneas rectas que se disparan hacia el cielo: voy a parar. Es broma.

Los últimos 7 kilómetros (con una media terrorífica del 13%), dan inicio a la auténtica escalada a la pared asturiana.

Una pintada en el suelo nos lo recuerda: Empieza el infierno. Todo este tramo hasta la cima es terriblemente impresionante, irreal, se ha de ver para creer. Hay varios muros con nombre propio: primera curva al 20% llamada Les Cabanes, después vendrán Los Picones (al 18%), pero el más increíble, cuando vas pedaleando por la Curva Cobayos (al 17%), giras y la ves, la sorprendente rampa de lanzamiento de La Cueña Les Cabres, con sus 800 m al 18% de media y un desnivel máximo del 23,5%. Después dos rampas más, Piedrusines (19%) y l’Aviru (20%), hasta llegar a la campa del Angliru.

Entre estos muros encontraremos desniveles más “normales”, entre el 10 y el 14% -como Llagos-, que sirven para recuperarse, aunque parezca mentira.

Aún recuerdo mi primera ascensión en la que tuve la enorme satisfacción de poder escalar esta fantástica montaña. Fue bajo el orbayu que llora a esta tierra, retorciéndome en la Cueña de les Cabres pero sin llegar a poner pie a tierra.

Fue el 12 de septiembre de 1999 -ya ha llovido-, coincidiendo con la etapa de la Vuelta que ganara nuestro querido Chaba después de superar a Tonkov que iba escapado entre la niebla, -sin negarnos y sin miedo a decir que fue perjudicado claramente por las motos-, en el último kilómetro casi de descenso a meta, en la que en una de sus carpas el también recordado Pedro González narrara con emoción la por otra parte merecidísima victoria de José María Jiménez, un escalador de leyenda que inscribiera para siempre con letras de oro su nombre en este nuevo Olimpo del Ciclismo.

El fantasma que persigue a Abraham Olano

Abraham Olano es uno de los ciclistas más injustamente tratado

Esta tarde Teledeporte se acuerda de Abraham Olano

Lejos queda ya el mundial que dieron al inicio del confinamiento, que alimentó el estéril debate si Olano fue campeón por gentileza de Indurain, para que el astro guipuzcoano vuelva a las pantallas.

Es el Mundial CRI de Valkenburg año 98, aquel famoso año.

Una tarde de perros en octubre -la Vuelta prevé salir de allí en noviembre- y oro para Abraham Olano, tres años después de la plata en Colombia, y plata para Melcior Mauri, uno de los héroes de Mende.

Esa tarde Abraham Olano fue el primer ciclista, y creo que hasta la fecha el único, que ha sido campeón de ruta y contrarreloj.

Tras un serial dedicado a Miguel Indurain y un empacho de Perico, creo que era ya hora se acordaran del de Tolosa.

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No hace mucho corrió por las redes un polvorín de felicitaciones para Abraham Olano.

50 años cumplió el guipuzcoano. Curiosamente cada felicitación, cada retweet que sonaba en el espacio, tenía una respuesta, una retahíla que quienes vivimos la época del tolosarra nos recuerda a la de entonces.

Miembro de la generación del setenta, Olano fue posiblemente el mejor de esa hornada. Coincidió con Eugeni Berzin, ejemplo de devaneo de grandeza acompañado por la total desaparición, el vacío. Hoy vemos al ruso vendiendo coches con una figura que no insinúa su percal de ganador del Giro. También Francesco Casagrande, grande pero lejos de sus limites, y Michele Bartoli, enorme en lo suyo, en las Árdenas. Coincidió con Marco Pantani, sobran palabras, pero su palmarés es menos extenso que el de Olano. También Erik Zabel, Eric Dekker, Peter Van Petegem y otros rodaron con más o menos fortuna y no buenos finales en todos los casos.

Hace cuatro meses nos felicitó las Navidades desde Gabón, aquí al lado…

Abraham Olano acumula un bagaje que le sitúa entre los cinco mejores ciclistas de la historia del ciclismo español y sin necesidad de haber ganado el Tour, la carrera que marcó su techo. Ganó el primer mundial para España, sí con la ayuda de Miguel indurain, pero arrimado a la grandeza de un pedaleo que fue grande hasta el final, incluso con la rueda pinchada. También ganó el mundial contrarreloj tras la hacerlo en la Vuelta y a ello le añadió muchas e interesantes piezas que para muchos sólo una de ellas justificaría una carrera entera.

Con estas credenciales, a Olano, sin embargo le persigue un fantasma, un estigma, una especie de reproche generalizado porque no llegó a donde no sé quién pensó que debería haber llegado. Cuando Miguel Indurain colgó la bicicleta todos les miraron. En el Tour de 1997 Olano demostró que nunca ganaría a carrera francesa y que su regularidad, siempre coronaba noveno los puertos, no le valdría en el empeño.

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Decepción, amargura, frustración,… cuando se siembra de falsos argumentos el camino, pasa lo que pasa y Olano fue una estrella ahogada en las nunca cumplidas proyecciones, proyecciones que por cierto él nunca lanzó. En la Vuelta del 98 se vio claro, el público en general y su equipo en concreto se decantó por el Chaba Jiménez. Emoción frente a razón. Momento ante gesta. En los peores instantes de aquella relación imposible, pocos dudaron en ponerse al lado del abulense.

Pero a Olano le quedó un segundo capítulo de ingratitud por parte del ciclismo, ese que le vino desde Unipublic, que prescindió de él cuando se sacó el famoso listado de ciclistas manchados en el Tour de 1998. Sabiendo lo que se sabía, resultó curiosa la sorpresa mostrada, pero en fin, esto es el ciclismo, esto es la vida y a Olano, felicidades por tus 45 primaveras, siempre le tocó bailar con la más fea.

Imagen tomada de diariodeltriatlon.es

Los Lagos de Covadonga y el ciclismo: ayer y hoy

En los Lagos de Covadonga el ciclismo se vestía de gala

Aseguraban desde la moto, Emilio Tamargo en concreto, aquella tarde de abril de 1985, que algunos colombianos ponían una corona de 22 para subir a los Lagos de Covadonga.

Era el tramo más duro de aquella etapa con final en los Lagos, en la Vuelta del 85.

Robert Millar, de quien bromeaba Ángel María De Pablos, con música de fondo, que iba bien «especialmente por el whisky», hizo un derroche en aquella subida que llevaba primero a Ercina, luego a Enol.

Millar, que con el tiempo sería Philippa York, apuraba aquellas rampas imposibles de Covadonga, imposibles para la época.

Un 15% entonces era el 22% de ahora.

Aquella subida a los Lagos de Covadonga era silvestre, salvaje, con los primeros hervores de la primavera, un sol que no siempre fue tan generoso hacia la cima la asturiana, y de lana y acero.

La gente del ciclismo somos curiosos: vemos hoy aquella subida, hace ya 35 años a los Lagos, y decimos aquello sí que era ciclismo.

Con una pléyade de nombres, Álvaro Pino, Raimund Dietzen, Fabio Parra, Peio Ruiz Cabestany, Perico Delgado, Pedro Muñoz… que eran mitos en vida, adorados en las llegadas y salidas de media España, aquel ciclismo posiblemente sería peor que el actual, pero sí que estaba más interiorizado entre la gente,

Bahamontes se lamentaba que hubieran tantos juntos, tan cerca de meta, él tan racial, tan de romperlo todo cuando se terciaba.

«Hay que hacer hueco en las rampas duras» repetía Bahamontes, con Jesús Álvarez desde el estudio.

Y sí, vemos aquellas imágenes y nos entra nostalgia, esa carretera que dudo no tuviera boñigas de vaca entre los socavones del frío y el invierno, esos maillots, esas retransmisiones sin conocer el recorrido, como las actuales, en las que el periodista de meta, Alberto Barcia se picaba por que había compañeros muy agresivos para conseguir las palabras del ganador.

Pero ya entonces recuerdo, lo mucho que nos gustaría saber sobre los ciclistas, su vida menos pública, sus entrenamientos, los lugares por donde competían, tener 24 horas de ciclismo, como puede suceder hoy en día.

Entonces queríamos lo de hoy, hoy queremos lo de entonces, somos así, inconformistas, nunca es suficiente, y si nos permitís viajaremos a la primera vez que los Lagos de Covadonga iluminaron la televisión y la historia de la Vuelta.

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Recuerdo perfectamente aquel día de primavera del año 1983.

Por primera vez la Vuelta se retransmitía en directo por TVE.

La expectación era enorme.

Nadie conocía aquella subida que iban a afrontar los corredores.

Decían que era muy dura.

Y muy bella.

No decepcionó a nadie.

Aquella tarde pegado a la pantalla de televisión asistí al nacimiento de una estrella en la montaña asturiana de los Picos de Europa: los Lagos de Covadonga, y también por extensión al ganador de aquella épica jornada: Marino Lejarreta, que dio toda una exhibición en sus espectaculares rampas batiendo en los porcentajes más duros al mismísimo Hinault.

Desde entonces la leyenda de los Lagos creció a pasos agigantados y ganar en su cima daba prestigio y se convirtió en toda una hazaña para todos los que alzaban sus brazos junto al lago Ercina.

Por recordar algunos pocos, y épicos nombres, me vienen a la memoria ciclistas como Perico, Millar, Lucho o Pino. Vencer allí arriba, a 1070 metros de altitud, no era fácil en los años 80 que tenían que mover desarrollos mucho más duros que los de hoy en día para superar muros como la Huesera o el Mirador de la Reina que por aquel entonces, muy lejos aún de los descubrimientos de Mortirolo, Angliru o Zoncolan, eran paradigmas de dureza extrema ya que no se conocían los exagerados porcentajes que actualmente sufren los corredores.

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Ascender los Lagos en aquella época era el sueño dorado de muchos iniciados al cicloturismo que, como yo, veíamos en fotos las imágenes de aquella espectacular ascensión. En mi caso fue una que debí ver en alguna de las muchas revistas que tenía por ahí amontonadas.

En la imagen tres cicloturistas, de espaldas y sobre las monturas de sus bicis, contemplando el hermoso lago de Enol.

El de en medio apoyado en sus dos compañeros, manteniendo el equilibrio.

No se les veían las caras, pero era fácil imaginarlas.

Una estampa preciosa.

Esta fue mi primera visión onírico-cicloturista que resumía a la perfección los valores que buscaba en este deporte: amistad, satisfacción, naturaleza y esfuerzo, el que suponía llegar en bici hasta la orilla de los lagos, y me dije: “yo quiero estar ahí”.

No tardé en cumplir aquel deseo junto a otros tres amigos y recuerdo, una vez superadas sus cuestas más duras, descender un corto pero duro repecho que nos mostraba, allá abajo a la derecha, en medio del verde asturiano, el anhelado lago.

¡Ya me encontraba allí! Pero para coronar la mítica montaña teníamos que llegar hasta arriba.

No pudimos ver bien el lago de la Ercina ya que una espesa niebla nos lo impedía.

Dimos media vuelta y la foto de rigor nos la hicimos donde años antes soñaba con estar.

Un paraje venerado por muchos asturianos que año tras año han puesto el nombre de Enol a sus hijos.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.eyeonspain.com

 

Perico, Orbea y la niebla de Luz Ardiden

Perico Luz Ardiden JoanSeguidor

Curiosamente, aquella tarde, la niebla de Luz Ardiden alumbró el camino de Perico

La historia de hoy ocurre entre dos nieblas, la del recuerdo carcomido por 35 años y la de Luz Ardiden envolviendo la hazaña de Perico.

Hasta la década de los ochenta, muchos vericuetos habían llevado a la fábrica de Orbea hasta una situación límite.

La floja gestión de la tercera generación de la familia, con el que fuera alcalde de Eibar al frente, Esteban Orbea, dejó la empresa, entonces sociedad anónima, al pie de los caballos a finales de los sesenta.

Luego, a partir de 1969, la empresa encontró acomodo entre sus propios trabajadores, quienes un día tomaron la decisión de hacerse con el mando de nave en medio de una tormenta perfecta: una competencia muy fuerte como la de BH, una percepción de marca pesada y anticuada, una cruda crisis económica, una plantilla con elevada media de edad, una tesorería maltrecha,…

Pero de aquel atolladero se salió sentando las bases de una época más floreciente cuando el mundo entró en los ochenta.

Hubo alguien, Peli Egaña al frente, que un día pensó que a Orbea le vendría bien un equipo ciclista para acabar de redondear su presencia en el mercado.

Se decidió retomar la historia de los “antiguos Orbea”, como le gusta decir a Txomin Perurena. Los Cañardo, los Montero, los Berrendero,… tenían ahora herencia, cincuenta años después de sus malandanzas.

Y se pusieron a ello, un puñado de entusiastas ciclistas, con dos símbolos por bandera llamados Peio Ruiz Cabestany y Jokin Mujika, un tipo cuya humildad abruma.

Con ellos en vanguardia se sacó un equipo pro en 1984 que tuvo continuidad al año siguiente con uno de esos fichajes que tuercen la historia de una marca, de una empresa y por ende de cientos de familias.

Pedro Delgado recaló en Orbea en 1985, con el copatrocinio de Gin MG en la Vuelta  y Seat en el Tour.

Julio Delgado le dijo a su hijo, en el momento de saber del interés de la firma vasca, que “muchas bicis habrán de vender estos para poder pagar tu sueldo”.

Pero pudieron y Perico apostó por Orbea, equipo en el que estuvo un año, pero qué año.

El año que cambió la suerte de la cooperativa.

Hace cinco años por estas fechas se conmemoró en Navacerrada un acto que recordaba las tres décadas del triunfo del segoviano en la Vuelta a España, aquella que sin obedecer a otro objetivo que ganar la etapa, acabó llevándose tras galopar con Pepe Recio en medio de la niebla física e informativa, porque las referencias que manejó el líder, Robert Millar, aún hoy siguen siendo más misteriosas que las brumas de Navacerrada.

Al poco tiempo, Perico ganó en Luz Ardiden la etapa reina de los Pirineos, también en medio de la niebla, entre cortinas de confusión y emociones cruzadas pues nadie sabía cuán cerca venía el «Jardinerito» Lucho Herrera. Fue otro día memorable, como si la pizarra del hotel se encajar en los muchos kilómetros que van desde el Aspin a Luz Ardiden, pasando por el Tourmalet.

Una victoria de equipo, con Pepe del Ramo, el hoy mentor de Catlike, Peio y Perico encadenados a la memoria del momento.

Un triunfo con tantas interpretaciones como actores intervinieron.

Al año siguiente Perico no siguió en Orbea, pero el segoviano había torcido la historia, la había enderezado.

Tras años de incertidumbre financiera, con la familia en su últimos momentos de gestión y los complicados arranques de la cooperativa, la firma de origen eibarrés habían encontrado el camino para ser lo que es hoy.