La inquebrantable fe holandesa en el ciclismo

El otro día Juan M. Clavijo me presentó el fenomenal trabajo que ha hecho la gente del Diario Marca en la guía que han dedicado al Giro de Italia. Una obra genial, sinceramente, me ha gustado mucho, porque da la medida de lo que pasa cuando se pone cariño y detalle y porque eleva al ciclismo a la categoría de algo más, no sé si como hacen con el futbol muchas veces, pero desde luego sí que le da ese qué que tantas veces extrañamos en nuestra prensa.

De entre la secciones, me llamó la atención la dedicada a los ciclistas neerlandeses y su apuesta por la carrera rosa. Son hasta cuatro los nombres que ven para brillar en este Giro 100. Distinguiendo entre ellos, y sabiendo cómo estará de cara la victoria este año, me parece buena la segunda oportunidad que Steven Kruijswijk le da al Giro, a sabiendas de que Bauke Mollema es una moneda al aire, habrá que ver cómo le merma Italia si quiere estar a tope en el julio junto a Contador. Otra cosa es Wilco Kelderman o Tom Dumolin, el primero camino de ser la eterna promesa del ciclismo holandés y el segundo un poco a vivir el día a día, como el “cholismo”, y ver qué da la carrera de sí.

Sea como fuere la fe inquebrantable de los holandeses por este deporte nos levanta el ánimo. El año pasado Kruijswijk tuvo en la mano la victoria, sin duda, pero un mal paso en el Agnelo dio con todo al traste. Sinceramente, no era nuestro preferido, con Chaves, Valverde y Nibali en liza, pero se hizo acreedor de mejor suerte, sobre todo porque creo que cayó con entereza, mucha, y eso hay que reconocérselo y mira que llegó perjudicado a la cima de Risoul, donde Nibali comenzó la reconquista del rosa.

Y es que si miramos hacia atrás, los Países Bajos nunca han ganado el Giro, lo más cerca que estuvieron fue con aquel lagunar ciclista, cargado de clase y fragilidad, Erik Breukink, que pisó dos veces el podio, una de ellas aquella famosa edicion del Gavia en medio de la tormenta de nieve, etapa que precisamente ganó, anticipando un porvenir que nunca cumplió al 100%.

Holanda como país que va en bicicleta, que siente la bicicleta y lee un montón sobre ciclismo, que se lo digan al “best seller” Pedro Horrillo, no gana el Tour desde tiempos de Joop Zoetemelk, el entrañable y eterno abuelo del ciclismo, que competía mucho porque no quería aguantar a su mujer en casa. En este periodo han optado a cosas, Rooks, el controvertido Theunisse, más adelante Gesink, también Mollema…. al final todo tiros al aire.

Humo o llamarlo como queráis, encima con un equipo bandera, el Rabobank, tocado por los escándalos de dopaje… y con todo eso, sigue al pie del cañón, viviendo este teatrillo sobre ruedas como un asunto de estado y esperando que un día, uno de los suyos se beba una cerveza del tirón como Gilbert en el podio de la Amstel. Si ese día llegara, los Países Bajos decretarían fiesta nacional.

Imagen tomada del FB de Giro de Italia

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La paradoja del ciclismo holandés

El cariño por el ciclismo que existe en los Países Bajos es obvio. Siempre, cuando hablamos de bicicleta y ciclismo miramos a ese pequeño país de provincias que ganó un día terreno al mar. El domingo, el Limburgo neerlandés acogió la carrera más importante del lugar, una carrera que por recorrido, paisaje, trazado y tradición debería ser preciosa, aunque en los últimos años se haya instalado en la más completa rutina.

En esa sintonía parece haberse embarcado en el “equipo de bandera”, el Lotto-Jumbo, uno de los World Tour históricos, por entroncar directamente con lo que fue el Rabobank, que no gana ni a tiros y lo que es peor, parece estar siempre lejos de los mejores puestos porque sencillamente corren mal.

La omnipresencia naranja del Rabobank en su Amstel, las carreras de Dekker, Boogerd y cía, ha quedado en poco o nada con los amarillos y negros del Jumbo. Robert Gesink fue el mejor del equipo, un ciclista prometedor que con los años, y algunos problemas de salud, ha quedado en la lista de ciclistas tulipanes que generaron unas expectativas que nunca pudieron cumplir.

También estuvo ahí Wilko Kelderman , un corredor sobre el que también hay muchas miradas y que este año pudo seguir a Mikel Landa en la primera llegada en alto de País Vasco y vestir un liderato que le duró un suspiro en la tremenda etapa de Arrate. Otro ciclista también importante y notable, ahora que viene el Giro, es Steven Kruijswijk, competidor de anchas espaldas que en la pasada edición de la “corsa rosa” tiró de carro casi tanto como Ryder Hesjedal y como el canadiense con pingües resultados.

Para la campaña presente, el líder de las clásicas en el grupo holandés, Sep Vanmarcke, retrasó su punto de forma con el objetivo de estar fuerte en las clásicas que le desvelan, Flandes y Roubaix. En la primera pisó el podio, en la otra quedó fuera de él, aunque estuvo por delante en el Carrefour. A Vanmarcke le pasa lo que a su equipo, siempre le falta algo, siempre un poquito, pero nunca gana.

Y es que el palmarés del conjunto neerlandés refleja esa triste realidad, dos victorias, ambas de Dylan Groenewegen, y en carreras ajenas del WT, una de ellas una etapa en la Vuelta a Valencia, por cierto. Escaso botín, desde luego y muy lejano a los tiempos Rabobank, ese equipo en cuyo armario residen notabilísimos casos de de dopaje y escándalos varios, algunos confesados y detallados años después. Un equipo en el que corrieron varios españoles, no siempre tratados como sus niños holandeses, si hablaran Luisle o Garate.

Por último, y no por ello menos importante, conviene poner el acento en que por aquellos lares no desisten. Los Países Bajos no ganan el Tour desde Zoetemelk, no pisan su podio desde Rooks y Breukink, han olvidado incluso la última victoria de los suyos en Alpe d´ Huez, la de Theunisse en 1989, pero siguen con pasion e incondicionalidad este deporte, esperando que un día les devuelva lo mucho que le entregan. Madre mía si en España hubieran pasado más de treinta años sin ganar el Tour, entonces el ciclismo habría perdido hasta el apellido.

Imagen tomada del FB de Amstel Gold Race

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