Las sombras del paraíso flamenco

Desgraciadamente el telediario de esta mañana post Flandes abrió la información de la carrera con el accidente de la mujer atropellada por Johan Van Summeren en el desarrollo de la prueba. Se habla de ciclismo con la tragedia como inicio del discurso, lamentamos el accidente de esta señora y no entraremos si debía estar ahí o no. La opinión sobre este hecho se desprende de un desenlace que pone la piel de gallina. Sea como fuere no fue el único incidente entre el público y los ciclistas en la jornada flamenca. Yaroslav Popovich se fue al suelo al llevarse el bolso de otra señora.

Como dijimos el año pasado a raíz de la subida de Alpe d´Huez en el Tour de Francia, existe un punto, una línea invisible, que marca el límite de resistencia de un evento y creo que Flandes se está aproximando a él. Que una región que se cree país, por ser muy diferente además a su otra mitad, la francófona, se eche a las cunetas el día que se corre “la más hermosa del lugar” es bonito y entrañable, pero la pasión debe ir acompañada de sentido común en el seguimiento de carrera y pensar por un momento que, al margen de que es importante disfrutar del espectáculo, hay unos profesionales, ciclistas, haciendo lo que mejor saben hacer y merecen todo el respeto y cuidado porque en el fondo sin ellos, todas esas cunetas atestadas, esas vallas encogidas en banderas y esas carpas VIP carecen de sentido.

El otro día Nico Van Looy escribió esta pieza para Ciclo21 sobre el gigantismo que adquiere la carrera. La profusión de las carpas VIP, los millares de aficionados, los colapsos en los accesos, todo en un lugar vecinal, estrecho y angosto hacen casi irrespirable el ambiente los días previos a la carrera.

Pero a su vez Flandes se convierte en un nido de fanáticos, gentuza que con el motivo del ciclismo, como en otro momento podría ser un concierto o un partido de futbol, desahogan sus penas atentando contra los propios ciclistas, profiriendo insultos o pasando a la propia y genuina agresión, algo que en ciclocross es muy usual y que en Flandes parece que ha ocurrido.

La normativa de no acceder al circuito con botellas de cristal cae por su propio peso, pero se impone algo más, como por ejemplo una especie de mandato explícito para no convertir Oudenaarde y sus alrededores en un enorme vertedero de mierda, plásticos y desechos de algo que poco tiene que ver con el deporte y sí con una bacanal discotequera. El año pasado las brigadas de limpieza del Angliru se hacían cruces ante la cantidad de basura que dejaban esos que se llaman amantes de la bicicleta y seguidores del ciclismo, los mismos que ponen la ecología como emblema de sus vidas.

Pues Flandes es lo mismo, exactamente lo mismo, un crisol de porquería que supera con creces la propia dimensión del evento y que muy poco dice del auténtico aficionado que al margen de disfrutar del evento debe tener cuidado para que el lugar quede con las ganas de volver a tenerlo el año próximo.

Se va Johan Bruyneel pero quedan otros tantos

Con un escueto comunicado Leopard SA despacha a Johan Bruyneel. Tres párrafos de copia y pega para el ideólogo de la primera matriz del equipo, la que nació con Radio Shack con la escisión del grupo de Astana. Nos parece escasa aportación y fría despedida, a no ser que, todo este teatrillo sea más simbólico que otra cosa y lo que más deseaban los mentores de la escuadra era quitarse de encima un cadáver llamado Johan Bruyneel. Hasta Fabian Cancellara dijo poco antes que le daba cosa trabajar con tal personaje.

Johan Bruyneel fue un buen ciclista durante una época de donde sólo sale mierda. Ganó, si no me equivoco, una de las etapas más rápidas de la historia del Tour de Francia. Luego se cruzó en el camino de Lance Armstrong, o éste en el del belga, para montar lo que la USADA denomina la creación del “más sofisticado sistema de dopaje”. Dicho así suena a ciencia ficción. A mí que un deporte de andar por casa en muchas cosas monte el sistema más sofisticado de algo me parece ridículo.

Pero aquello de ciencia ficción tuvo poco. Al parecer todo tenía un aire tétrico, así como de cuarto oscuro y lámpara enfocándote el semblante para que fueras los suficientemente “agresivo” a la hora de chutarte. Admito que conozco poco a Bruyneel, pude entrevistarle alguna vez. Respondía con desgana, como obligado, no recuerdo haber llevado una pistola en la mano. Se creía algo así como intocable.

Pero torres más altas han caído. La temporada presente es el “annus horribilis” del técnico belga. Una culminación a una trayectoria que muchos consideraban inigualable con nueve victorias en el Tour de Francia. Siete con Armstrong y dos mediante Contador. Siempre he pensado si a éste último le habría pitado la máquina de clembuterol de haber seguido con el técnico belga.

Bruyneel fue, como dije ciclista, en los que ahora dan por llamar “años de plomo”. Pero no se engañen, él habrá hecho lo suyo, pero otros que le han bailado siguen vigentes, ahí postrados. El otro día charlando con un buen conocedor de todo esto, nos impresionábamos con la cantidad de exciclistas que pululan por el pelotón. Algunos sin oficio ni beneficio.

De la camarilla de Bruyneel ahí está Jonathan Vaughters, profeta de limpieza que ha tardado una eternidad en cantar. Ahora Viatcheslav Ekimov se mete a dirigir el Katusha, un premio muy soviético a todo lo que seguro sabe. Paolo Savoldelli es comentarista en la televisión italiana, Jose Azevedo rueda al volante del equipo Radio Shack,… y Yaroslav Popovich, aún en activo. ¿Sobre estos, y otros muchos, nadie repara?