#Top2016 Cuando Froome y Sagan echaron el telón

Tuvalum

Montpellier está en medio de una zona que ni es mar ni montaña. Flotando por el Midi francés, una ciudad de raíz universitaria y corazón comediante. Su centro, en medio de un entramado de vías de tranvía y una fuente que congrega las gentes del lugar, se erige un enclave casi parisino, la Place de la Comedie, un lugar de abolengo, envuelto de escenografía y grandilocuencia, un lugar en el que Peter Sagan recibió los respetos del alcalde y autoridades, antes de partir hacia el Ventoux, después de su show de verde y amarillo con Froome.

El Tour es esa carrera que cualquier día es bueno para perderlo aunque se gane un poquito en todos. Eso quedó demostrado en uno de los momentos más singulares del ejercicio. Tras unos Pirineos cuyo único aliciente fue el descenso del líder inglés en el Peyresourde, la carrera quedó a merced del Mistral, ese viento que cuando sopla tuerce voluntades y rompe pelotones.

La gente estaba avisada, si Eolo tiene el día tonto, cabrá la sorpresa, habrá sustos. El viento sopló, la sorpresa con él. En ese pasillo entre Pirineos y contrafuertes del Macizo Central se armó. Fue un fogonazo, la entrada de una rotonda, la salida de la misma y se hizo el corte.

Peter Sagan y Chris Froome, verde y amarillo, dos colores que mezclábamos en el cole, con unos metros, a su vera Geraint y Bodnar. Cuatro rodadores excelsos, intereses comunes. Líderes decididos, gregarios abnegados,… fórmula completa. Mientras el pelotón dudaba, los cuatro aderezaban con pimienta la edición más insulsa en años que hemos visto en Francia.

No fueron muchos los segundos que cayeron, pero a buena fe que nos dieron color a esas soporíferas tardes de julio. Froome, el ciclista que no rompía subiendo, lo hacía paulatinamente, en cada rincón, en cualquier descenso, en la rotonda menos esperada. El suyo era un Tour por consumo del rival, una gota malaya que exasperaba, pues cada día tenía el triunfo más a tocar.

Froome y Sagan, mientras ellos regalaban ciclismo, otros se ahogaron en excusas, en peligros comunes para todos, pero aceptados por unos pocos, pues los perjudicados no estuvieron donde se le supone a un aspirante a la mejor carrera. Al fin, en Montpellier, Sagan y Froome echaron el telón: alumbraron, desarrollaron y cerraron el espectáculo, como si quisiera cincelar su nombre en hondo surco en una esquina cualquiera de la Place de la Comedie.

Imagen tomada de www.letour.fr

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