En el circo del ciclismo moderno el espectáculo es una cuestión de píldoras. Pequeños momentos de emoción, cuñas de pasión y ciclismo desenfrenado que sumadas todas, por trozos y por separado dan el conjunto de una campaña sobre ruedas. Pero hete aquí que a veces las cosas se desbordan, las gotas que rebosan el vaso, un zas, un momento, el pico de adrenalina suficiente para que todo se precipite.

A más de cien kilómetros de Roubaix, Tom Boonen, amante de las escaldas de largo radio, armó el ataque del año que daría por resultado los cien mejores kilómetros del año. Sí la Paris-Roubaix que acabó en manos de un ciclista por el que pocos habrían apostado, Mathew Hayman, fue la mejor de entre todas las grandes careras del año, y buenos momentos hubo, sobre todo cuando hablamos de la primavera.

Roubaix fue un cuento, una desenfrenada melodía de emociones que Boonen inauguró convirtiendo a carrera en un acto de supervivencia en el filo, en el equilibro imposible de dos ruedas, finas como hojas de afeitar sobre húmedos adoquines que ponen trampas a cada paso.

Trampas que te aíslan, que te llevan al suelo y te sacan de carrera, como los Team Sky cuando copaban el grupo de cabeza, qué carrera de Gianni Moscon, y vio sus piezas caer como un serpentín, como Fabian Cancellara, probando el polvo dos veces en su despedida del infierno.

Cancellara se cayó en el velódromo, como antes se hacía caído rodando a mil por hora, en un polvoriento adoquín, obligando a Peter Sagan a la pirueta imposible, al salto propio de un ciclocrossman en el tramo de tablones. Un requiebro que no le dio la victoria, pero que acrecentó esa aureola de incorruptibilidad que deja al eslovaco como el ciclista más apreciado de la actualidad.

Roubaix nos dio cien kilómetros pegados al sofá, sin aliento, sin tregua, con el corazón de parte de Tom Boonen, la admiración por Imanol Erviti y la incredulidad ante Hayman, el corredor que dio en la diana como casi siempre ocurre cuando hay un Orica en liza.

Eso fue Roubaix en 2016, para nosotros la mejor carrera, el día que demostró que el ciclismo puede seguir sorprendiéndonos.

Imagen tomada del FB de Paris-Roubaix

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