La ancestral mala suerte de Thibaut Pinot

Para Pinot los grandes momentos han precedido sonadas decepciones

Que el Tour disputara o no el final de Tignes, que subiera hasta Val Thorens o no, ya no interesa en «chez Pinot».

En el ciclismo la línea entre la suerte y la desgracia es fina, difusa, casi tan imperceptible que pasas de un estadio a otro sin notarlo.

A Thibaut Pinot la suerte le ha sonreído muchas veces, pero las que no ha sido así, le ha costado tan caro que es complicado pensar en positivo.

Y más veinticuatro horas después de que sus lágrimas fueran las de medio pelotón y las del buen aficionado que le gusta el ciclismo y los buenos ciclistas.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Dijimos antes que el Tour se activara en Bruselas, que una carrera que ganara Thibaut Pinot no podía ser aburrida.

Explotó joven, aquella jornada en el Macizo Central ganando una etapa con el eléctrico Madiot chillándole desde el coche.

El camino no ha sido sencillo, tuvo tantas curvas como esos descensos que le han quitado el sueño tantas veces y le han descolgado de cosas grandes.

Pero no sólo los descensos, también ese carácter íntimo, que le gusta estar alejando de los focos, tranquilo, en su vida de los Vosgos con su gente.

 

Thibaut Pinot pisó el podio del Tour de 2014.

Desde entonces las cosas no le han sonreído en la carrera de su país, más allá de una victoria del nivel de Alpe d´ Huez.

En ese camino de ida y vuelta, Pinot encontró fuera del Tour la gloria y la admiración que su forma de correr tiene.

El francés que hizo fortuna en Italia, con una edición de Lombardía, la última y unos duelos con Nibali, que han ganado el respeto del gourmet en ciclismo.

Un coleccionista de triunfos en las tres grandes, con tres cimas que no son cualquier cosa, Lagos de Covadonga, Tourmalet y el mentado Alpe d´ Huez.

Un corredor que rara vez deja algo por gastar, y que por ello se hace acreedor del cariño que seguro ha encontrado desde que dijera adiós al Tour.

 

Cuando en los primeros momentos de la caótica jornada al Iseran, le vimos descolgado, desquiciado, sacando las vendas de la rodilla, nos vinieron a la mente las imágenes de la penúltima jornada del Giro del año pasado, cuando acabó el día en el hospital vacío, roto y creo que con una neumonía tras perseguir y perseguir a Chris Froome en aquella trepada por los Alpes, entre Finestre, Sestriere y Bardonecchia.

El Pinot que más alto voló, cayó a plomo.

Igualito que en este Tour que los franceses han visto volar de entre sus manos en un par de horas.

Suunto: Fotos de salidas memorables

La desgracia ancestral que persigue a Pinot apareció en la loca salida hacia el Iseran, donde Alaphilippe reventó ante el golpe de Egan Bernal.

Y eso que Bardet nunca estuvo en la pomada.

SQR – GORE

 

Dice Pinot que cuenta los días para volver a la salida del Tour, ya en 2020, pero por medio que recupere esa rodilla, ese golpe que le ha dolido a él y le ha apeado de la bicicleta, pero ha hecho mella en el aficionado.

Pinot, esperamos, estará en la Vuelta, haciendo grande las cimas, dando color, luz y emoción en este ciclismo que anda huérfano de más como él.

Este ciclismo que te pone en el cielo y en el suelo en cuestión de segundos: de ganar en el Tourmalet, y descolgar al propio Bernal en Prat d´ Albis a recibir un golpe en la rodilla y acabar abandonando tras disimular dolores entre Vars, Izoard y Galibier.

A veces cuando pensamos en lo que pasa y encaja esta gente…

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