El Tour de Francia 2020 como síntoma de normalidad

Julian Alaphilippe Tour etapas JoanSeguidor

Para los franceses el signo de victoria sobre el coronavirus sería la celebración del Tour de Francia 2020

La mancha de aceite se hace más grande: El Tour de Francia 2020, en entredicho

El lenguaje de guerra y postguerra que nos está dejando esta desgracia del coronavirus tiene extensión también en los actos y hechos concretos. 

Se habla de un Tour de Francia a puerta cerrada, como la París-Niza, la más fantasmagórica que recordamos.

Y es curiosa la unidad que muestra Francia, desde gobierno a corredores para defender la posibilidad de un Tour de Francia, cueste lo que cueste.

Ciclobrava – 400×100 Landing
400×100 Sea otter Landing
Gravel Ride 400×100

Romain Bardet, corredor que fue crítico con la París-Niza, no vería mal un Tour, incluso a puerta cerrada.

Para Bardet que no se celebren los Juegos Olímpicos, a finales de julio, no sería de recibo, que se corriera el Tour sería posible.

Que el Tour de Francia se celebrara significaría que las cosas van bien, que la situación estaría superada viene a decir el corredor, que ni siquiera se plantea dudas en torno al surrealista escenario que sería un Tour sin público ni caravana..

Recuperar el Tour de Francia como síntoma de la reconstrucción nacional, así interpretamos las palabras de Bardet. 

Palabras que se complementan con lo que dice la ministra francesa de juventud y deportes que dice que sólo hay una opción, la de celebrar el Tour.

Esa misma firmeza tenía el COI no hace tanto y mirad cómo ha acabado todo.

Cuenta la ministra que como «no hay tickets a la venta, el modelo de un Tour sin público, viéndose en la televisión, sería una salida«.

Está claro que queda mucho, pero con una crisis que mengua y se alarga con el paso de las horas, plantear otro escenario para el Tour, otra fecha, ahora que no hay Juegos Olímpicos, no sería desdeñable.

Y no sólo es el Tour quien se la juega, es el ciclismo, soportado por marcas cuya facturación será cero en los próximos meses.

La bola es grande y la muestra es el lema que nos sale de todo esto: «Salvar el Tour para que la normalidad se instale de vuelta en nuestras vidas«.

Una edición tan simbólica como la de 1947, ganada por «cabeza de cuero» Jean Robic, tras el agujero de la Segunda Guerra Mundial.

Pirinexus 400×100 MOVIL
Cruz 400×100 Banner Landing
Gore 400×100 MArzo2020

Marie Blanque en el Tour: Por fin va a ser decisivo

Marie Blanque Tour 2020 JoanSeguidor

El Tour 2020 le da la mil veces negada oportunidad de ser trascendente al Marie Blanque

 

El Col de Marie Blanque no será una montaña más, ni de paso, en el Tour de Francia 2020.

Sobre el lugar, la «dama blanca», nuestro compañero Jordi Escrihuela nos escribió hace un tiempo…

Lo he ascendido once veces, las cinco primeras de forma consecutiva (1997-2001) y podría dar para escribir un libro todas las sensaciones, para lo bueno y lo malo, que yo he vivido ascendiendo este puerto. Aquellos años encadenado al terror de los Pirineos Atlánticos tuve una extraña sensación: cada vez que volvía y me enfrentaba al muro de sus 4 km finales y engranaba todo lo que llevaba detrás (desde 39×26, pasando por toda la gama, hasta el compact 34×27) me daba la sensación como si el tiempo no hubiera pasado y allí me veía de nuevo escalando mi dulce tortura (Miguel Gay-Pobes), como si lo hiciera eternamente, pedalada a pedalada, buscando la siguiente curva, esa que no llega nunca, para intentar distraer la cabeza.

Podría deciros que casi todas las subidas que he hecho a esta mole han sido bien diferentes, pasando un calor de morirse (40ºC, 1998) a la niebla, la lluvia y el fresco de otras ediciones, sin poder llegar a decir que he pasado frío, pues esto, en el Marie Blanque, es imposible que suceda y siempre con sensaciones variadas, buenas o malas, aunque estas últimas siempre me han ganado por mayoría absoluta con “esa sensación de intentar avanzar sobre una bici estática” que tan bien describía el propio Miguel Gay-Pobes.

Como gran anécdota, recuerdo mi primera ascensión. Sus primeros kilómetros decepcionaron un tanto a los que me acompañaban (“¿Esto es el terrible Marie Blanque? Esto no asusta a nadie”) Y que incluso subían a plato aquellos suaves primeros desniveles. Qué equivocados estaban, cuando de repente se toparon con el muro, la famosa recta infernal de 4 km al 12%, que muchos afrontamos completamente atrancados, otros haciendo eses o bien andando con la bici en la mano.

 

El Marie Blanque no es un col más, es muy conocido por el populacho, y en el Tour 2020 por fin tendrá la relevancia que merece…

 

Giro vs Tour ¿qué recorrido os pone más?

Miguel Angel López JoanSeguidor

La comparativa Giro vs Tour descubre las dos grandes tendencias del ciclismo moderno en grandes vueltas

 

Es complicado, pero cada año nos surge la misma pregunta, ¿qué preferimos Giro o Tour? o ¿quizá la Vuelta?

Las tres grandes: el esfuerzo llevado al extremo, estirado por tres semanas, arrastrando alambres por media geografía…

Por el momento conocemos el recorrido del Giro de Itala y del Tour de Francia.

Tour ciclismo JoanSeguidor

Los dos tienen su trampa, una dureza bestial, la tercera semana del Giro saca los colores, y una diferencia importante.

Mientras en Italia se abonan a las llegadas en contrarreloj, incluso poniendo otra durante el trazado, en Francia lo fían todo a las encerronas y la montaña, sin darse cuenta que esa concatenación de dureza no favorece a nadie como a los que llevan siete de las últimas ocho ediciones ganadas.

Ya están disponibles las inscripciones para la próxima Ciclobrava 

Pero los recorridos tienen más, mucho más, Nacho nos ha preparado una pieza que pone negro sobre blanco los recorridos poniendo acento en lo que la experiencia nos dice, y ésta no cuenta otra cosa que, por mucho que nos empeñemos, las carreras las hacen los corredores.

Y la prueba está que en muchos de los parajes que cruzarán Giro y Tour han pasado cosas grandes porque en su día hubo gigantes de la ruta que así lo quisieron.

 

¿Qué nos depararán las grandes el año que viene?

De momento tenemos esa comparativa Giro vs Tour…

Este Tour no lo reconocemos

Tour aburrido JOanSeguidor

El recorrido del Tour 2020 invita a pensar que vamos a tener más de lo mismo, otra vez

Cada año lo mismo cuando vemos el recorrido del Tour de Francia.

Cada año, este día de entre semana del mes de octubre, leemos y leemos mil opiniones, cada una de su madre y su padre, encendidas algunas, tampoco es para tanto, coherentes otras…

Luego en julio será otra cosa, será lo que los ciclistas quieran que sea, una guerra, una batalla o un simple encontronazo, cada uno en su tono y fuerzas, cada cual con lo que tenga para pelear.

Y no será la primera vez, para este Tour de 2020, que las cosas vuelvan a donde solían, que si han fumado la etapa, que si el ciclismo moderno, que si el Ineos, que si los pinganillos, que si Ocaña, que Hinault…

Y ocurrirá que lo veremos, sí o sí.

Pero ello no quiere decir que nos guste lo que vemos.

 

Cuando acabó el último Tours nos preguntamos si esta carrera emociona.

Obviamente, los colombianos saltaron en coro para recriminarnos que no nos emocionaba porque ganaba uno de ellos, y estaban equivocados, Egan Bernal sí que es un corredor que emociona y enamora, otra cosa es que su primer Tour acabó como acabó, completamente superado por eso ante lo que el hombre poco puede hacer, la meteorología.

Y ello, tras esperar un par de semanas a que la carrera se rompiera, se desgarrara en mil pedazos y las cosas quedaran todas en el aire.

Ese Tour, el de 2019, dicen que es el alma gemela del Tour 2020 cuando la realidad es que éste último empeora lo que vimos en el primero.

Así son las ruedas de gravel de DT Swiss

A saber…

Que el Tour de Francia no tenga una puta crono llana o al menos accidentada, es deprimente, es un acto de injusticia deportiva, la culminación a un recorrido sesgado, que obvia el norte, aunque eso sea lo de menos, sobre todo si no vives en el norte, y no da oportunidades a todos.

Es obvio que un killer del reloj como Roglic o la mejor versión de Dumoulin te matarían la carrera en una cronometrada ya no digo de sesenta, como hace 25 años, ponle cuarenta kilómetros, pero en el camino hay matices, grises, escalas que hablan de mil maneras de satisfacer a los especialistas, que por otro lado se han tenido que acostumbrar a esto del ciclismo moderno, empeñado en buscar la épica de hace cien años.

DT-Swiss 2019

 

Este Tour, vende el capo, es el de la renovación, lo dirá por los nombres que desembarcan, pero también por los puertos que componen este empacho montañoso…

Pirineos descafeinados, sin Tourmalet, Aubisque ni atisbo de leyenda, sin llegadas en alto y dos puertos que emergen, el precioso Balès y el archiconocido Marie Blanque, la «dama blanca» , en sendas etapas que en otro tiempo hubieran sido preciosas, terreno abonado a la estrategia que parece haber perdido este deporte.

Luego alguna trampa al sur de Nantes, ojo el viento y Macizo Central, coqueteo con Bardet, de quien dicen que va a por el Giro, y los Alpes, unos Alpes despoblados de leyenda, sin las mentadas leyendas, aunque con ese Grand Colombiere, y sus curvas, la llegada más allá de Meribel, siendo la Madeleine el pedazo de historia al que agarrarse, y la cronoescalada final de Planche des Belles Filles, el puerto de los tiempos que corren.

Que el Tour recupere la cronoescalada es una excelente noticia, que no la acompañe de nada más a título individual, con lo bonita que es la rampa de salida, es un paso atrás, un error que demuestra que o el ciclismo cambia muy deprisa o nosotros no cambiamos tanto.

 

 

Esa nueva generación que dicen va a tomar el mando a partir de ya lo puede hacer en un Tour sin un puñetero símbolo de su historia.

Le llamaban la «Vuelta» a Francia, pues eso.

Dicen que las cronos no se ponen para los franceses, pero pensar en un ganador más allá del Team Ineos, o Jumbo en su defecto, se hace muy complicado.

Al menos a los amantes de la historia nos quedan reductos de los ochenta e incluso anteriores, como Ocières-Merlette, nada más empezar, o Villard de Lans, feudos marcados a fuego en la suerte de dos ganadores de Tour españoles, Ocaña y Perico.

Aunque un servidor conoció Ocières cuando Rooks ganó aquella cronoescalada del mítico Tour de hace treinta años, aquel de Fignon y Lemond, cómo echamos de menos aquellos tiempos en lo que se corría a pelo en el sentido amplio de la palabra.

SQR – GORE

 

Pero este Tour 2020 que arranca en Niza, más pronto por los Juegos, es la confirmación de lo que quieren hoy en día los organizadores y en especial los de ASO, creen que la carrera es más espectacular si se mantiene el suspensa hasta el final, cuando la realidad nos demuestra que no, que no hay alquimia segura para el espectáculo, que todo está en los corredores y lo que sepas ofrecerles.

Mantienes viva la emoción a base de putear al personal que se desespera en la pantalla sin que pase nada.

Y para una vez que los Ineos y sus capos deberían correr solos, sin opción a cables, va la organización y les elimina la incertidumbre de la crono individual, que Froome quizá sea un azote en esto, pero Bernal debe crecer.

En definitiva, que nos hacemos mayores, que el Tour va con los tiempos y que este ciclismo en el que si tu equipo tiraba a tope al inicio, llegaba reventado al final, lo bueno del pasado, pasado es.

¿Dónde empezaron a decidirse las cosas en el Tour?

Geraint Thomas featured

El momento que Alaphilippe pierde el Tour, o empieza a ganarlo Bernal, es un momento de la soledad del campeón

El relato tendría que empezar con el belga Thomás de Gendt luciendo su anacrónica facha de guerrero frisio, temerario, medieval, desafiando a todo el pelotón de ciclistas en una fuga que iba a durar doscientos kilómetros completos con cada uno de sus metros y centímetros rasgándole la piel, la misma fuga que le conduciría solitario hasta el final por esa ruta estrecha y accidentada, más que carretera una montaña rusa de subidas y bajadas abruptas, de curvas y contracurvas.

Cien hombres desperdigados le perseguían escurriendo saliva de la boca, apetito de fieras rapaces, tal vez, o era que iban con los últimos restos.

Era el 13 de julio, la etapa 9 del Tour de Francia, y algunos corrían como si la premiación final fuera esa misma noche y no quince días más tarde en aquel París aún lejano.

DT-Swiss 2019

 

Corrían sin cabeza, a empellones, a fuerza de codazos y arrancones absurdos, por eso detrás de Tibaut Pinot saltó Julian Alaphilippe, tan pasional él, huyendo del grupo: quería alcanzar a de Gendt, que marchaba apenas unos cuantos segundos adelante, quería vestirse otra vez de amarillo metiendo tiempo frente a sus ocho o diez rivales de la clasificación general.

Ocurría una batalla preciosa, de esas que ya no son frecuentes en el ciclismo contemporáneo, arruinado con tantas computadoras y algoritmos y cálculos exactos que evitan el error. Y el error, lo aprende uno con los años, es un equivalente de la belleza.

Además ocurría una batalla justa, si cabe hablar de justicia en el deporte.

Thomas de Gendt,  el valiente de Gendt (esa barba anticuada, ese casco negro de guerrero frisio, esa obsesión de fugarse del lote en cuanta carrera participa, siempre adelante con dos o tres aventureros, agachado sobre el manillar, la respiración agitada, siempre cazado a la puerta del último kilómetro cuando el pelotón pasa por encima aplastando la fuga; un ejército que con su marcha pisotea y castiga a los insumisos) retorcía el cuello, doblaba la cerviz con cada pedalazo, se incorporaba sobre el sillín y su rostro arrugaba mil gestos de contorsión.

 

Volteó a mirar atrás cuatro o cinco veces, Alaphilippe y Pinot le respiraban en la nuca.

Y pensó, de eso estoy seguro, que otra vez lo iban a alcanzar a dos pasos de la meta, aún así eligió no rendirse: estuvieron a doscientos metros, a cien, a cincuenta, casi podía escuchar la vibración de los radios y las bielas que ya rebasaban con un acelerón fuerte pero el final estaba ahí, a tres curvas, ahora a dos, ahora al frente.

De Gendt, el eterno escapado, el rebelde que no acepta rodar donde van los demás como borregos y prefiere marcharse sólo, siempre a contracorriente, de Gendt miró atrás de nuevo y vio que no lo cogía el azul tan azul de Alaphilippe que pedaleaba mirando al suelo y el blanco tan blanco de Pinot que se empinaba sobre los pedales, dos guerreros francos fraguando su cacería, tan cerca pero tan lejos, entonces no pudo creerlo.

Dejó de pedalear, alzó la vista al cielo, se agarró la cabeza en un gesto de desconcierto porque doscientos kilómetros le caían a plomo sobre el cuerpo.

Un hombre enfrentado contra cien conseguía por fin la victoria.

 

El relato tendría que continuar con la lucha íntima de Alaphilippe y Pinot persiguiendo al barbudo frisio, cada vez más cercano, cada vez más difícil de cazar.

¿Eran dos hombres contra uno?

O dos hombres contra diez, porque al fin de cuentas lo importante no era ganar la etapa sino distanciar a los grandes patrones, a los pretendidos herederos del trono: Quintana, Geraint, Landa, Urán, Bardet, Yates, Kruijswijk…

Dos franceses anhelando ocupar ese trono que, si hablamos de los suyos, lo tuvo por última vez Bernard Hinault en un año tan antiguo como 1985.

Las buenas carreras son como novelas llenas de capítulos y personajes y pequeñas tramas que, aunque no sean protagónicas por sí, terminan siendo determinantes para el resto de la historia.

Las buenas carreras son polifónicas, ofrecen versiones, lecturas posibles.

SQR – GORE

 

¿Qué hubiera pasado si Alaphilippe no ataca ese día, sino que se guarda de conservar energías para la durísima batalla de la semana siguiente?

¿Cómo habría sido la carrera si el agresivo Pinot no la abandona por enfermedad, cuando iba justo con la voracidad contenida de todos sus años y fracasos anteriores?

Nunca podremos decir con precisión dónde empezó a perder este Tour –su Tour- Julian Alaphillipe: probablemente en la primera escapada: ganó la etapa y se puso la apetecida camisa amarilla de líder.

O en la mitad de la competencia, venciendo en la contrarreloj con autoridad inapelable, una autoridad que parecía proclamarlo como el único patrón posible.

Ambas victorias mostraban tal fortaleza y apetito de arrasarlo todo, pero estaban agotando las fuerzas que acabarían por desampararlo dos semanas después.

Es difícil no amar a Julian Alaphilippe, ese ciclista loco que ataca porque sí y porque no, ese corredor que no escatima pedalazos ni esfuerzos, desmedido, tan irracional como carismático, disipado, hasta que se desmorona por completo y experimenta el límite de todo padecimiento posible lanzando manotazos.

Difícil no enamorarse de su rostro de niño travieso, de su estilo insolente, arriesgado y pasional sobre la bicicleta, de su fragilidad y sus desfallecimientos apoteósicos.

Dos triunfos atronadores de etapa para labrar el camino más certero a la derrota, he ahí una buena estampa del ciclismo, que es un deporte, pero a veces también es un fresco barroco abundante en claroscuros y contrastes dramáticos.

¿Dónde comenzó a ganar el Tour –su Tour- Egan Bernal?

¿En la contrarreloj por equipos que lo situó desde la segunda etapa entre los siete primeros?

¿En aquella jornada de montaña cuando sobrevivió al ritmo enfurecido de los franceses, Pinot y Alaphilippe, que volvieron a atacar?

¿En el Col du Galibier, la misma cumbre de Marco Pantani y de Juan Mauricio Soler y de Nairo Quintana, reventando a sus rivales con una marcha pesada pero imposible de seguir, un pedaleo que parecía el empuje desbocado de un tractor cuesta arriba?

Si la victoria dependiera de un momento decisivo, de un instante que otorga la consagración o la desgracia, yo diría que aquel momento ocurrió en la penúltima jornada de montaña, subiendo al Col del Iserán, cuando Egan Bernal volvió a atacar y se quedó solo en punta cruzando la cresta de los Alpes.

Atrás, muy atrás, Julian Alaphilippe perdía definitivamente la camisa amarilla: también afrontaba la cuesta solo, también sufría con grandeza.

La ruta labra el destino y pone a cada uno en su lugar, aunque nadie se libra de su suplicio.

Egan Bernal Tour JoanSeguidor

Egan Bernal, solo, irremediablemente solo entre las montañas, sin nadie que le ayudase pasándole una botella de agua, pero también sin nadie que le siguiera ni le hiciera sombra, un espécimen que no fue hecho para rodar con los demás pues ha disfrutado de la soledad esquiva de los campeones.

Atrás, muy atrás, igual de solitario, igual de desamparado, Julian Alaphilippe seguía hundiéndose en su agonía mientras otros corredores de segunda y de tercera lo sobrepasaban.

Entonces recordé la misma soledad de Eddy Merckx remontando el Mont Ventoux, recordé a Induráin llegando “demasiado lejos en el dolor” durante la subida desierta de La Plagne, y pensé en Coppi reventándose contra el Alpe d’Huez y en la soledad de Luis Ocaña rompiéndose los huesos en una cuneta y pegándose un tiro tantos años más tarde, y en Gino Bartali arrancando sin nadie que lo siguiera bajo la nevada y la ventisca atroz de los Alpes.

Y también pensé en Ramón Hoyos y la legendaria diarrea que lo obligaba a parar cada diez minutos para cagar en la primera o segunda Vuelta a Colombia que ganó, y en el Zipa Forero con aquella travesía solitaria por el Páramo de Letras para descubrir que había un país intransitable que, no obstante, él atravesó en bicicleta.

Sigue siendo intransitable nuestro país, donde Julian Aliphilippe estuvo entrenándose en la soledad lluviosa de los Andes, que ahora también son un poco suyos.

¿Hace cuánto no veíamos un ciclista ganando así un Tour?

¿Hace cuánto a uno perdiendo igual?

Prefiero creer que el ciclismo puede contarse como una historia cuyo epílogo no es ese aburrido podio de flores y champaña y triunfadores, un trámite predecible, sino que acaba un día antes en la plenitud del furor, del desgaste y la tragedia.

Prefiero creer que las buenas carreras son polifónicas, como las buenas novelas que admiten siempre nuevas lecturas.

Yo he leído un relato con muchos protagonistas y dos héroes enormes.

Y aunque el sufrimiento en la ruta al final los colocó en lugares distintos, ambos conquistaron la soledad que sólo está reservada a los grandes.

Ninguno debería faltar cuando volvamos a contar la historia, porque la escribieron juntos.

Este Tour ya no nos emociona

Elia Viviani Tour de Francia JOanSeguidor

Son varios los motivos que tienen al Tour en sus horas más bajas de espectáculo y atractivo

No está de moda hablar mal del Tour de Francia, bueno, de moda quizá no, pero mal visto sí que está.

Días después de concluir con los fastos por Egan Bernal en París, lo cierto es que reúnes cuatro opiniones, lees otras tantas valoraciones y miras algunos datos, la audiencia, por ejemplo, y palpas la realidad.

Vale sí, cierto, este cuadro es la audiencia del Tour de Francia en los soportes del ente, entre La 1 y Teledeporte.

El Tour está claro que en España, lo que viene siendo este lado de los Pirineos, ya no es lo que era.

La importancia de unas buenas ruedas 

Tener o no una baza en la general cambia el cuento, las cosas y la percepción.

Pero la caída no es baladí y ya no sabemos si atribuir a la ausencia de una estrella patria este descenso.

DT-Swiss 2019

 

Sea como fuere, el otro día me hicieron llegar esta pieza de Marcos Pereda vía twitter.

El autor cántabro creo que describe perfectamente una realidad y como bien hace en señalarme mi confidente en wasap nos quedamos con esta frase…

Tour de Francia JoanSeguidor

Nada más lejos de la realidad, mas cierto que otra cosa.

Hay una falsa sensación de que la igualdad es espectáculo, pero no siempre, hay otra sensación extendida de que una carrera que no se resuelve hasta el final es una gran carrera.

Otra gran farsa.

 

 

El problema es que el Tour de Francia camina dando bandazos desde hace unos tiempos y así como el Giro tiene una marca, que enamora, y la Vuelta encuentra su medida, dosificando las cuestas de cabras con la exploración profunda de la geografía hispana, el Tour no sabe lo que quiere y el resultado emerge.

Y no amigos, esto no va de si gana un colombiano que nos tiene embaucados, un inglés o un galés, es un tema de que el que se supone es el mejor ciclismo del año acaba siendo un tren que ves pasar sin pena ni gloria.

Esto es así y no sabemos si es culpa del Ineos y su dineral, de que todos van con miedo a perder -de ahí la renovada admiración por Alaphlippe– o de qué.

Pero el Tour ha caído en el bucle del deporte moderno, que se ha sofisticado tanto, se ha complicado a tal nivel, que hemos matado el alma, eso que un día nos enganchó a este deporte.

Aunque quizá entonces lo mirábamos con ojos de niño.

SQR – GORE

 

Sea lo que fuere, muchos podrán tener la culpa… pero el Tour debería poner la primera piedra: construir un recorrido digno de su historia, con jornadas de gran fondo -Prat d´ Albis fue una delicia, junto a Iseran y los abanicos, lo más potable- y cronos que pongan al límite a los escaladores que tienen problemas en señalar dónde atacar porque les ponen montañas por doquier.

Quizá entonces el Tour, esa gran marca, brille como la gran y mejor carrera que es, la que quita y da razones, la que desvela a las estrellas y hace contar los días al aficionado, el bueno y el ocasional.

El Movistar jugó a varios juegos y perdió en casi todos

Movistar Team - Tour de Francia JoanSeguidor

Otra vez el Tour de Francia queda fuera del radar del Movistar Team

La historia no por vista deja de sorprendernos, el Movistar no puede con el Tour, no cuadra, no resulta, son el equipo que más expectativas levanta, el que más se mueve, más expone, pero… los resultados son pingües en beneficio.

Una realidad que se impone puntual a la cita, cada mes de julio.

Otros con menos ruido, con mano de seda, se llevan lo gordo, Ineos hace y 2, Jumbo lo ha ganado casi todo en todos los terrenos y meten su maillot en el podio final.

Dícese de podio final ese que reúne a los tres mejores del Tour, no el de equipos, una clasificación prestigiosa, que viste el colectivo, pero que no creo que fuera el premio que vinieran a buscar, aunque sea el que casi siempre se llevan.

DT-Swiss 2019

 

Hay un momento que explica el Tour del Movistar

No hay que irse lejos en el tiempo, cima de Val Thorens mismo.

Alejandro Valverde supera a Mikel Landa en la misma línea de meta.

Hacen segundo y tercero, porque Vincenzo Nibali, otro que huele sangre y que no hay año que no ponga una perla en el palmarés, se les adelantó desde abajo.

Nibali atacó y jugó su carta cuando debía, se puso por delante y a su espalda entraban y salían nombres que no podían burlar el ritmo diabólico de los Jumbo que fueron a amarrar el podio de Kruijswijk desde el minuto cero.

Por detrás de Nibali salieron Nairo Quintana, luego Marc Soler, y al final Landa y Valverde.

Ninguno le cazó.

 

Pero volviendo a la imagen de Valverde superando a Landa en el trance final.

Fue la metáfora de la carrera, la instantánea que define un equipo cuya dirección tuvo altibajos, aunque quizá más bajos que picos.

Una imagen que responde a la pregunta que nos hicimos hace unas semanas ¿a qué ha venido Alejandro Valverde al Tour?

Dijo querer ayudar en el equipo, dijo querer borrarse de la general, de despreocuparse del largo plazo.

No ha hecho nada de eso.

¿Borrarse de la general?

Eso lo ha hecho Vincenzo Nibali, por ejemplo, quien con sus cuatro grandes y el podio en el Giro hace un par de meses, no tiene pudor alguno en quedarse a las primeras de cambio para dejar de ser vigilado.

Sabemos que es campeón del mundo, que está por encima del bien y del mal, que es el ojo derecho de millones de aficionados, pero que Alejandro Valverde corriera para entrar en el Guiness de top ten de grandes vueltas no creo que sea algo que emocione a la parroquia.

Quizá a él, sí, incluso cuando siempre hemos pensado que la estadística no le quitaba el sueño.

 

En este Tour se ha sido muy crítico con Nairo Quintana y su rendimiento para el colectivo, pero entonces ¿qué podríamos decir de Valverde?

Y decimos esto en el contexto de un equipo que en este Tour ha tenido excelentes trabajadores.

REBAJAS en Santa Fixie 

En un documental llaman a los gregarios «maravillosos perdedores» pero yo no tengo esa imagen de Marc Soler y Andrey Amador, los comodines celestes, omnipresentes, siempre a favor de su líder, dejándose la vida, y haciendo marca, no sólo esa M, también en el corazón del aficionado.

Soler y Amador fueron lo mejor del Movistar en el Tour

Su entrega ha estado muy por encima de la media, y si el Tour diera un premio a la dignidad y el trabajo bien hecho, ambos optarían a distancia al mismo.

SQR – GORE

 

El equipo no obstante creo que ha acusado el ambiente enrarecido con Nairo Quintana, quien ha pasado de tener acérrimos defensores en muchos medios, a ser criticado por los cuatro costados.

La realidad es que Nairo por lo que sea ya hace años que no opta el Tour, no sé si sabemos si será por una maduración temprana o porque tocó techo hace tiempo, por lo que sea cualquier hipótesis de equipo con Nairo como líder era arriesgar mucho.

Estuvo en este Tour donde se le preveía.

Ganó una etapa a lo campeón y punto.

Su contribución al colectivo, eso es otro tema, pero igual que él en su día reclamó ayuda de terceros, no ha sabido devolver el favor,

Y de todo esto Mikel Landa, el alavés que va para eterna promesa.

A Landa las cosas tienen que salirle perfectas desde el principio para que un día llegue a la orilla de la montaña con opciones.

Nadar y nadar a contracorriente es algo que define al landismo, pero no es suficiente, en un ciclismo igualado, premios en forma de minutos como los que otorga Landa cada primera semana de una grande son imposible de remontar.

Y sí, esta vez Warren Barguil le tiró, pero es que siempre le pasa algo.

Vino con un Giro en las piernas y estuvo competitivo hasta el final.

Es un corredor que, un año después, sigue teniendo cierto beneficio de la duda, pero ojo que el tiempo pasa y las oportunidades son trenes que no vuelven.

Esto es todo señores, posiblemente en 52 semanas, cuando pasemos revista al equipo español en el World Tour, no sé si el balance será similar, aunque mucho me temo que los nombres serán muy diferentes, hay revolución a bordo.

La «ejemplar» sanción a Luke Rowe y Tony Martin

luke Rowe y Tony Martin JoanSeguidor

La expulsión de Luke Rowe y Tony Martin busca crear un precedente

La llegada a la ciudad que Rubicón de los Alpes, Gap, un día antes del éxito de Nairo por Izoard y Galibier dejó un titular firmado por Luke Rowe y Tony Martin.

Una página triste que acabó con ambos fuera del Tour de Francia con la sensación de que el castigo infringido excedía la falta realizada.

DT-Swiss 2019

 

La imagen de Tony Martin cegando el paso de Luke Rowe al frente del pelotón como si estuvieran disputando, casi, una final olímpica de velocidad, nos sorprendió a todos mientras saboreábamos el momento dulce de Matteo Trentin y su vuelta a la senda de la victoria.

Se ve que entre Luke Rowe y Tony Martin hubieron algunos roces antes de desencadenar en esa situación.

Así subimos el Tourmalet con los diseños más arriesgados de Endura 

Lo que no pudimos imaginarnos en ese momento es que horas después acabarían lo dos fuera.

Bien hecho, mal hecho, los comisarios del Tour, que nada tienen que ver con los intereses patrios ni de Alaphilippe, aunque alguno lo airee con más desconocimiento que otra cosa, creo que más que la dureza de la acción, que a la vista está, tampoco fue nada del otro jueves, fallan sobre las imágenes de «macarrismo» que muchas veces vemos en el pelotón.

Es decir, que Luke Rowe y Tony Martin han bailado con la más fea, han sido cabeza de turco.

 

El ciclismo moderno, me decía uno de esos que creció conectado al ciclismo de toda la vida, es una locura de bloques, números y vatios.

Una olla de grandes equipos, dotadísimos de medios, auténticos multimillonarios -que hablamos de ciclismo, joder- cuya inversión se ve tan comprometida que no pueden dejar nada al azar.

Y así vemos que cada final de etapa, principalmente esas que son llanas, es una lucha sin cuartel por la posición, una lucha que no entiende de compañeros ni amigos, puntas de lanza, cada una de su color (amarillo, azul, rojo, verde…) progresando por su vera, buscando la protección del líder, del sprinter, del lanzador del sprinter…

Y ocurre que este ciclismo por muy moderno que sea no consigue que las carreteras sean más anchas por arte de magia.

Hay el mismo espacio que hace veinticinco años pero con más gente interesada en estar delante.

 

Y claro llegan los gestos, los malos modos, los cabezazos, los codazos,… 

Esto cuando la meta atisba en el horizonte, antes si un equipo de los gordos quiere cerrar el camino a terceros se hace y se logra a veces con los modos de Tony Martin a Luke Rowe.

Porque en esa imagen el galés es la víctima, pero no son pocas las veces que lo que sucede es al revés.

Que Luke Rowe hace valer la jerarquía de su Ineos para impartir su criterio al frente del pelotón.

De Tony Martin también hemos oído hablar, y no sólo de su categoría excelsa de rodador, ganando mundiales de contrarreloj en la época de Cancellara y Wiggo, también por su rigidez en medio del pelotón.

SQR – GORE

 

El otro día el excelente ciclista que es Kasper Asgreen también realizó uno de esos gestos que demuestran lo que decimos, que en ocasiones las imágenes del pelotón no son las más edificantes.

No llegaremos a ver puños como aquella pelea de dos ciclistas agotados que fue la de Ramontxu y Leonardo Sierra, pero a veces conviene pensar que un mal gesto habla mal por uno mismo y también por la imagen de ka marca que paga el sueldo.

Desproporcionada, sí, ejemplar, también.

Luke Rowe y Tony Martin han sido cabeza de turco. 

Imagen: Team Ineos