Van Aert vs Van der Poel, como la vida misma

Hemos dejado distancia, tomado aire, valorado lo visto y lo que puede propiciar. Ahora mismo lo mejor que le podría pasar al maravilloso mundo del ciclocross es que sus dos adalides sigan en activo por los circuitos y barrizales de media Europa. Creo que los mundiales de Luxemburgo han abierto una nueva era, una era de apertura y amplitud de fronteras, todo es celeste y naranja, belga y holandés, sí, pero las cosas no parece tan sencillas como hace un tiempo. El resultado de los juveniles británicos, el auge de la modalidad en Estados Unidos, la plata de Felipe Orts,… todo invita, no sé, a que las puertas se han abierto, que el dominio sigue vigente, pero que no parece tan incontestable como antes, que hasta igual un día vemos otros países ahí arriba y la modalidad da el salto que merece.

Pero, mientras, volvemos al principio, y pedimos turno para explicar lo que nos pareció la excecpional carrera de elites en las campas de Bieles. Fue excepcional, por la emoción y espectáculo vivido y también porque las condiciones se convirtieron en una pesadilla para las máquinas, podríamos decir “Bieles, donde el barro más pesa”, a tenor del carrusel de ciclistas que cruzaron el arco caminando o haciendo el patinete, eso sin contar con los neumáticos desinflados o directamente pinchados,

Otra clave de esa excepcionalidad fueron las diferencias, enormes, siderales, hablamos de carreras de una hora y el tercero entró a más de dos minutos del campeón y en el top ten se manejaron los cuatro, tiempos dignos de etapas reinas del Tour de Francia. Y es que fue cosa de los adalides, de los dos personajes que le han dado a su rivalidad la condición de danstesca, de auténtico canibalismo persona, deportivo y casi humano.

Esto fue, lo consideramos así una lección de vida. Hay personas con talento, gracil pedaleo, que hacen sencillo lo complicado y parecen tocados por un no sé qué. Pongamos que hablamos de Mathieu Van der Poel. Otras son toscas, insistentes, machaconas, meten codos dan el 110% para alcanzar lo que otros parecen tocar con la mano por defecto. Sí es Wout Van Aert.

Ocurre que algunos quieren puntos cortos, decididos con golpes ganadores, golpes de teatro, que matan la moral del rival y en esas tenemos que Van der Poel sale a romper desde la misma recta de inicio. Y sucede que por detrás los hay que reman, que nadan, poco a poco, sin descanso, que quieren partidas largas, de desgaste, de fondo de la pista, el amigo Van Aert.

Uno salta los tablones en la bici, otro apeado de ella, a pie. Y de esa forma tan antagónica de ver la vida surge un espectáculo mayúsculo que aúpa a nuestros protagonistas a lo más alto hasta que un tubular que falla decanta la balanza porque sencillamente algo tenía que decantarla. Fue la reedición de tarde y europea del Nadal-Federar de la noche austral.

Wout Van Aert ha ganado, yo creo, contra todo pronóstico, contra el mío el primero, pero la gente como él se hace grande en la adversidad y cuando todo pinta mal, o peor. Chapeau, porque esa cara de niño y mirada de ambición profunda e ilimitada esconde la esencia misma de lo que admiramos en los deportistas pro, esa capacidad de hacer cosas que los simples morales sólo soñaríamos. Y chapeau para Van der Poel por bañar de lágrimas su derrota, por demostrar que siente y padece y porque nos deja con los dientes largos para dentro de 52 semanas. Desde Purito en Florencia no vimos a nadie tan perjudicado en el podio.

Felicidades chicos por elevarnos por momentos, por darnos el premio de la rivalidad con mayúsculas. Sólo un deseo, dilatar lo más posible la llamada de la carretera.

Imagen tomada de FB de Nacho Silver

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