Los paisajes de la Vuelta cunden más que nunca

Tuvalum

La Vuelta de octubre será recordada por sus paisajes

Recuerdo unos años atrás, no tantos, cuando la Vuelta salía o llegaba a ciudades, páramos, puertos… sin pena ni gloria, al menos por lo que se veía por la televisión.

Aquella crono de Salamanca en la Vuelta de 2011, la misma que puso a Chris Froome en órbita en esa carrera y en el ciclismo en general, que salía en la misma Plaza Mayor y luego, por uno de sus arcos, tomaba dirección a las afueras de la ciudad.

47 kilómetros de test individual que ganó Tony Martin donde la salida, la plaza más interesante de España, tuvo protagonismo cero, apenas unas arcadas y medallones tras la rampa de salida que insinuaban la grandeza del lugar.

También recuerdo otra etapa, con Tony Martin de protagonista, que llegó a Cáceres, un par de años después.

Fue una jornada que la gente tiene en la memoria por que el alemán fue cazado casi en la misma línea de meta por el empeño, entre otros, de su archirival en las cronos Fabian Cancellara.

Aquel final era en los alrededores de Cáceres, y la ciudad vieja, uno de los mejores conjuntos medievales de Europa, pasó desapercibido en la retransmisión.

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Ya entonces, lamentábamos que los paisajes de la Vuelta estaban muy por debajo de lo que debiera, pues sólo imaginarlos con los ciclistas pasando, la boca se hacía agua.

Una percepción que crecía cuando veíamos ya no sólo el Tour de Francia, un publirreportaje de tres y cuatro horas del país, también el Giro, con la presentación y puesta de largo de cada sitio por el que pasan, si no que otras carreras, hasta las árabes, cuya retransmisión nos ponían en bandeja las bondades de Dubai.

Hace unos cuantos años que las tornas cambiaron, por suerte.

Los paisajes de la Vuelta se integraron en la retransmisión, incluso Carlos de Andrés tuvo el mismo libreto con los monumentos y los sitios por dónde pasaba la carrera.

Recuerdo personas comentarnos que les daba absolutamente igual por donde pasaba la carrera y si ahí el rey Fernando había parado en su camino hacia Castilla, o si el bosque era de abetos… craso error, para que la carrera pasara por donde Isabel perdió el mechero, hubo alguien antes que pagó.

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Lo que estas últimas ediciones de la Vuelta ya valorábamos de los paisajes está floreciendo en esta versión de octubre de la carrera.

Ha coincidido todo, jornadas de luz cada vez más tenue, cambio de horario, montañas remojadas, lluvia pertinaz, como la de Formigal y montaña que muda para darnos una Vuelta que es un premio a la vista.

Los tweets fotos y demás que vemos de Orduña, de los valles oscenses, de la Concha donostiarra, los viñedos alienados de La Rioja… todo no hablan de una carrera que está explotando a la perfección las posibilidades que ofrece el entorno.

El pasado sábado, mientras veíamos el duelo Tao-Hindley en Sestriere, se estableció una competición muy evidente entre los Alpes que separan Italia de Francia y los contrafuertes del Monte Perdido mechados por árboles perdiendo la hoja con los primeros blancos de las cumbres desparramándose montaña abajo.

Por fin la Vuelta saca provecho de sus paisajes, tuvo que pasar en octubre, una fecha por la que muchos empiezan a porfiar vagamente, pues saben que si todo sigue su curso las aguas volverán a su cauce.

Pero mientras, que nos quiten lo bailado, aquella vieja leyenda del tío, la abuela o la madre que veía el ciclismo por los paisajes vuelve a nuestra casa cuando la carrera se echó al monte en otoño.

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