Se nos olvida que los aficionados están fuera de la zona de confort de la Vuelta

Tuvalum

Las quejas de conductores y aficionados de la Vuelta deberían tener un principio de autocrítica que no se da

Se ha creado un cierto revuelo en redes con el comentario de Silvia Tirado, una mujer que cumple las labores de conductora de un coche con invitados VIP, en la Vuelta.

La han defendido algunos periodistas de ciclismo de toda la vida, pero han sido muchos aficionados y cicloturistas los que la han respondido.

Ella siempre ha respondido con educación.

Leyendo el hilo en su literalidad, no creo que se merezca tantas críticas.

Casi siempre habla de que está dentro de la burbuja de seguridad con su coche, esto quiere decir que desde el momento que pasa la moto que abre carrera, ningún cicloturista puede circular por la carretera.

También advierte de los peligros que se general al paso de la Vuelta, y eso está muy bien.

La cuestión es dilucidar quien provoca en mayor medida esas situaciones y la manera en que se producen.

Entonces, ¿por qué recibe tantas críticas?

En el hilo escribe una retahíla inconexa de situaciones que transmiten una sensación de absoluto caos en los puertos de la Vuelta.

Pitar, frenar, esquivar, gente andando, sentados, frenazos y, claro, ciclistas bajando.

No todos los ciclistas, algunos ciclistas, sin dejarse llevar por la retórica de los «conductores-hater», donde meten a todos los cicloturistas en el mismo saco.

Y eso, ¡ay!, duele mucho, y más viniendo de quien viene y en qué contexto.

Y esa retahíla inconexa da a entender que los culpables de todo el caos son los aficionados espectadores que, ilusionados con la carrera vuelven a su infancia y se comportan como chiquillos indisciplinados y desobedientes.

Y que ellos, los conductores de los coches que no son imprescindibles para la carrera como los del jurado, motos enlace, directores de carrera, televisión, agentes de seguridad o directores de equipo,… ellos que son los prescindibles, son los adultos poderosos que se escandalizan con la indisciplina de los niños.

Si hacemos el esfuerzo de creer lo que cuenta, de lo que ve en todos los puertos de montaña, también deberíamos hacer el esfuerzo de creer a todos los que le responden contando experiencias de adultos conductores que ponían en peligro a espectadores infantiles, pero responsables.

Si hacemos caso a las dos partes, la culpa debería de ser, al menos compartida.

Se echa en falta un poco de autocrítica frente a la contundente crítica a los demás.

Y, “ay” eso duele.

 

La última vez que estuve viendo una etapa de la Vuelta fue en Oiz, a un par de kilómetros de meta.

Pregunté a una agente de seguridad, si podía bajar un poco con la bici, y me contestó afirmativamente, pero: “en cuanto pase la moto que abre la burbuja, no te podrás mover del sitio”.

Me hubiera sido imposible, los agentes se veían unos a otros, por lo que no dejarían a nadie moverse.

Y las motos que van dentro de la cápsula también son muy tajantes, no permiten a ningún cicloturista montarse en la bici, y hay muchas motos.

Un diez para la organización.

Si eso no ocurre en otros puertos, quiere decir que la organización no se merece un diez.

Y no decir eso, generalizando con los cicloturistas, ¡ay!, eso duele.

Trabajé dos años, en el 96 y 97, con la organización del Tour como asistente a la dirección administrativa.

En el 98 lo dejé para irme de jefe de prensa del equipo Festina, pero esa es otra historia…

Excepto cuatro o cinco etapas de montaña que las hacía con invitados VIP, el resto de las etapas iba de la salida a la llegada, fuera de la burbuja, con la directora administrativa del Tour, Agnes Pierret.

Yo tenía que respetar las normas de tráfico, al mismo tiempo que subir muy despacio y con mucha precaución los puertos, con aficionados en las cunetas.

Fueron muchas las ocasiones, a lo largo de las etapas, en las que anotábamos las matrículas de coches y motos que se saltaban las normas.

Muchos de ellos fueron amonestados, otros multados y, algunos, expulsados de la carrera.

En una crítica a aficionados y espectadores, que no se haga una sola mención a la existencia de un posible control por la organización de los vehículos que no respetan, eso, ¡ay!, eso duele.

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Son muchos ¡ays! dolorosos que causa con las omisiones y con las entretelas del hilo.

En cualquier caso, no creo en absoluto que lo hiciera con mala intención.

En esto, creo que tiene que estar tranquila, pero no tanto en que quienes la han defendido en redes, son periodistas de prensa escrita que están en la salida y luego en meta para ver la etapa en tv y recibir a los corredores y escribir la crónica.

No es necesario que estén en la cápsula ni cerca de ella, por lo que tienen que respetar las normas y tienen tiempo de subir despacio los puertos. O es corporativismo, o es que están “encapsulados” toda la carrera.

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Para terminar, este cruce de opiniones es muy positivo para que nos concienciemos de los peligros que tiene una carrera ciclista para los espectadores.

Si se produce un accidente ya no hay marcha atrás, da igual quien sea el culpable.

Como muy bien dice Silvia, esto va muy en serio, ¡precaución!

Por Peio Ruiz Cabestany

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