San Remo se merece un ganador como Van Aert

La San Remo que gana Van Aert volvió a ser eléctrica y memorable

Lo peor de una llegada como la de esta Milán-San Remo de agosto es que uno de los dos tenía que perder, el tema estaba entre Alaphilippe y Van Aert, y la balanza cayó del segundo.

Wout Van Aert es el corredor de moda, sobrio, incisivo, trabajador, laborioso…

Dos años después del salto que emprendió en aquella Strade de barro y frío, empieza a recoger lo sembrado, viene a reclamar lo suyo.

Un camino de curvas y sinsabores, de días negros, Roubaix el año pasado, y otros en los que se ganó la admiración generalizada, enganchando cronos y sprints como quien trenza un jersey para el nieto.

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Y no lo ha tenido sencillo, el ausente Julian Alaphilippe, el que no muchos esperábamos, que creíamos en una forma creciente, pero no suficiente para 300 kilómetros, se lo ha puesto complicadísimo, rompiendo en el Poggio como, por ejemplo, no lo logró el año pasado, cuando se formó un grupo de a su lado.

Hasta Van Aert le tuvo que dar metros, le soltó la cuerda y tomó resuello para sacar la clase que trae de serie en ese descenso que cada año nos corta el aliento.

Dos corredores, Van Aert y Alaphilippe en la cima, en la curva de la cabina, nos quedaba saber si ambos iban a dar todo lo necesario hasta el final, con los lobos persiguiendo por detrás.

Pensamos que Alaphilippe iba a ratear, pero no, fue señor, tiró y remó hasta la misma línea de meta, prefirió jugárselo con un tío que nunca escatima hasta el mismo momento.

Que alguien hubiera llegado por detrás era más que posible, pero habría sido un bajón.

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Porque siempre valoramos una San Remo en función de si triunfa un «puncheur» o un velocista, y estos años estamos de dulce.

Que Van Aert suceda a Alaphilippe, a Nibali y a Kwiatkowski es la prueba fehaciente que esta carrera merece la pena, aunque a veces parezca un enecefalograma plano que explota al final.

Una edición, ésta de este veinte veinte, que ha sido una tumba para velocistas, chafados de calor y rotos por un recorrido que incorporó la dureza y ritmo justos para que, en el umbral de los 300 kilómetros, acabaran rotos.

Ha merecido la pena, el cambio de trazado, el retraso en la fecha, San Remo es un tesoro, sólo mirar quiénes suspiran por ella.

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