¿Y si Miguel Indurain se hubiera atrevido con la París-Roubaix?

Tuvalum

Indurain y Roubaix son dos palabras que cuesta ver juntas

La semana pasada, a raíz de un vídeo de Miguel Indurain, recién coronado ganador del prestigioso Criterium Internacional, allá por 1989, cuando aún lucía Reynolds en el equipo, pocos días de ganar su primera París-Niza, se colgó un vídeo de aquella carrera que acaba con una entrevista de un periodista francés preguntándole al navarro por su presencia en la París-Roubaix…

«¿Harás París-Roubaix?» le inquieren a Indurain

«No París-Roubaix, no» responde.

Lo cierto es que Miguel Indurain fue desde el primer minuto un punto y aparte en la historia del ciclismo español, grandote, angulado, poderoso, rodador fuerte, a veces pesado en las subidas. estaba claro que aquel diamante en bruto había que pulirlo, restarle peso sin perder esa potencia que llevaba de serie.

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Aquel chavalote en las huestes de Perico, el explosivo escalador castellano, pequeño, chepudo en la subida, solvente en la lucha contra el crono, en el seno de un equipo español, el ciclismo español, tierra de abnegados escaladores, con mejor o peor suerte en las contrarrelojes…

Miguel Indurain marcaba la diferencia y en Francia llegaron a pensar que aquel mozalbete de aún 24 primaveras, en aquellas alturas de año, se iba a atrever nada menos que con la París -Roubaix.

El ciclista era una paradoja en sí.

Había rodado como los ángeles en la crono del Criterium Internacional, poca broma que acababa de batir a un renacido Laurent Fignon, aquel año ganaría el Giro, e incluso apeado del primer puesto a Stephen Roche, nunca volvería ser el del 87, y Charly Mottet.

Una victoria contundente a más de cincuenta por hora en uno de los grandes aparadores del ciclismo francés.

Le veían en Roubaix.

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Esos días, aunque marcada de un inicio, la filosofía del tándem Echávarri-Unzué era relativamente joven, ambos se habían marcado el Tour como objetivo, desde la explosión del 83 con Ángel Arroyo y el camino culminado con Perico, meses antes.

Roubaix en esa estructura estaba en las antípodas

Indurain era un proyecto personal, un chaval de la zona, que crecía con calma, sin prisas, que abandono un par de Tours antes de acabar el primero e iba granjeando su camino hacia la cima.

Ese mismo año explotaría en el Tour, ganando en los Pirineos su primera etapa.

Sin embargo, la pregunta, aunque en la prórroga de la entrevista, nos llamó la atención, y nos la hacemos hoy nosotros.

¿Cómo le habría ido a Miguel Indurain en la París-Roubaix?

Aquellos eran años dominados por belgas tipo armario empotrado como Dirk Demol, Eric Vanderaerden y Jean Marie Wampers, ganador ese mismo año y a las pocas semanas del Criterium en el típico caso de un ganador de Roubaix con pocas victorias en el casillero, pero un adoquín en su casa.

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Luego habrían de venir los años de Franco Ballerini, el ciclista considerado perfecto para Roubaix recuerdo que dijo una vez Jean-Marie Leblanc, también el viejo Duclos Lasalle y el más bruto de todos, Andrei Tchimil y su legendaria victoria del 94.

Nos cuesta mucho ver a Indurain batirse en aquel lodazal y peligro intrínseco, más cuando estaba en la carrera por el Tour, sin embargo, a pelo, sin otros objetivos a la vista, querríamos haber visto al navarro, un portento físico, buen estratega y avispado anticipando peligros en la reina de las clásicas.

Incluso diría más, si el recorrido y los tramos no le dieran para romper la carrera, su sprint tras 260 kilómetros no era nada despreciable, recordad como dejó sin planta a Museeuw y Ludwig en un mundial.

Hoy son todo conjeturas, y más con el condicionante de las grandes vueltas que le aguardaban y la primavera que no siempre le sentaba bien, pero fue curioso escuchar esos periodistas comentar lo de Roubaix al ciclista que siempre vimos lo más alejado posible del infierno y todo lo que significaba.

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