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Flandes se rindió a los clásicos

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Flandes se rindió a los clásicos

Cruz – LEadboard2 Post
Tiempo de lectura:2 Minutos

55 kilómetros no es mucho, son distancias que muchos acostumbran para ir a trabajar, que los hacen a diario, como algo usual, rutinario. 55 kilómetros en ciclismo y en Flandes son mucho, una eternidad, un abismo cuyo salto implica mentalidad de genio y piernas de campeón, algo poco común y usual en los tiempos que corren, ciclismo de ese de antaño, de atacar y no mirar, de no esperar más allá de lo que tu cuerpo y espíritu te permitan. Es un paso de gigantes.

A esa distancia, Philippe Gilbert empezó a recitar poesía, en francés y vestido por la tricolor belga, por medio de Flandes. Vio al vástago de Criquielion, se acordó de Claude, emuló a Vandenbroucke y demostró que en la campa flamenca un valón puede ser bien recibido, coreado y empujado literalmente por la masa. Calzó su alma, se dispuso a abrir hueco y acabó la carrera, acabó sencillamente a una eternidad de meta. Quien tuvo retuvo.

El otro día en La Panne, vistiendo el primer maillot de líder, surgido de un ataque en el Muur, Gilbert dijo querer Flandes para sí. Los entrevistadores, los narradores, los espectadores alucinaron, pero iba en serio, muy en serio, tanto como cuando arrancó a 55 kilómetros de meta, esa distancia que algunos no conciben ni recorrer de paseo, y en la que Gilbert glosó poesía.

La táctica azul estaba clara, al menos nos lo parecía a nosotros, Quick Step tiene el mejor equipo para estas carreras, pero carecía de un capo nivel Sagan o Van Avermaet. Tenían que hacer la carrera, su carrera, desde lejos, prescindir de llevar a rueda a gente que seguro, seguro, les mataría de cara a meta, como en años atrás Sagan, Cancellara y cía.

Castelli LDB-01

Tanto remar, tanto remar para morir en la orilla. Los de Lefevere, acostumbrados a ediciones en las que metían cuatro en el top cinco en estas carreras, tiraron de manual y recordaron la aceleración de Boonen un año hace a más de cien kilómetros de Roubaix. A más caos, más opciones, a más desorden, más fácil el triunfo. Y lo hicieron, tirando de manual y de clásicos, de la capilla y la rampa empedrada que va hasta su base. Y en los clásicos, Tom se maneja bien, a la perfección, para romper la carrera y pillar en un renuncio a la práctica totalidad de favoritos, decantar la balanza y dejar la carrera a merced de los azules.

Resumir, por eso, que la carrera se acabó en el momento que Gilbert se despegó del resto sería injusto e insulso. Los retratos que se dibujaron por detrás fueron otro poema: Vanmarcke, un corredor que enamora desde su perenne desgracia, cuando Van Baarle, excelente planteamiento, estuvo a punto de pisar el podio se explica todo. Sagan, nervioso e impreciso, de verse fuera, se creyó tanto su segunda oportunidad que se arrimó tan cerca a la valla que acabó por los suelos, llevándose sus sueños y los de Naesen, un ciclista que merece algo gordo cuanto antes, y los de Van Avermaet, que sigue exento de monumentos, aunque los merezca como el que más.

Gilbert fue la guinda, sus rivales el pastel, la gente las velas, el paisaje la mecha… qué carrera, qué edición de Flandes, esa carrera que este 2017, la 101, salió desde el sitio que un soldado romano arrojó la mano, que no el pie, de un gigante –gracias Nico-, dando origen al nombre de Amberes. En ese sitio, Boonen fue coreado como la alienación inicial del Bayer. Flandes se rindió a los clásicos.

Imagen tomada del FB de Quick Step

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