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En el Giro, como en la vida, “el mañana también existe”

Giro Italia Fausto Coppi JoanSeguidor

Ciclismo antiguo

En el Giro, como en la vida, “el mañana también existe”

En el Giro, como en la vida, “el mañana también existe”

Berria 2020 -gif

Cada vez que el Giro holla una cumbre, se abre un capítulo de una historia sin final escrito

Hugo Koblet fue un tipo que supo generar una leyenda en tiempos muy complicados.

Suizo, característico fue su presumido carácter: siempre peinado, siempre aderezado, perfecto para ser adulado por las cámaras, por las miradas de la gente.

Hugo Koblet no era un nombre más en Italia, tardo-primavera de 1953.

Un país que vivía pendiente del Giro, de su Giro

El Giro era una de esas excusas que sacaba del tedio y la austeridad implantados por una Guerra Mundial cuyas cicatrices supuraban aún.

En la bota había dos bandos, dos opiniones, dos Italias, dos corredores.

Los de Bartali, Gino, el viejo fraile malhumorado, quien para entonces ya había tejido una leyenda sorda por años, salvando miles de judíos del rodillo nazi.

Gino era la Italia rural, la que hundía sus raíces en el catolicismo más severo y lineal. Austeridad, trabajo, familia…

Los de Coppi, Fausto, una persona tocada por la maquia de la magia, un tipo flaco, moreno, bien peinado que tenía magnetismo sobre las personas y sus almas.

Fausto era la Italia cosmopolita, aquella que miraba adelante y quería reconstruir la grandeza de una nación joven, pero orgullosa de haber superado un trago de la dureza de una gran guerra en su territorio, de norte a sur, de sur a norte.

La sangre nunca llegó al río entre Coppi y Bartali

Ese Giro estaba entre Koblet y Coppi

El Giro transcurría feliz por esos sitios triturados por la barbarie para demostrar a la gente que sí, que “había un mañana”, algo por lo que luchar, suspirar y seguir en el camino.

Después de una etapa viene otra, y otra, una más, la rueda que no para.

Un Giro del que se descolgó rápido Gino Bartali, el florentino no era el de antes, ese ciclista con pegada en la carretera.

Su carisma era incorruptible, pero en su forma pesaban los años, plomos en sus gemelos y alma ante la generación que crecía.

Los “bartalistas” tenían un nuevo ídolo, por eso: Ese suizo presumido, Hubo Koblet, quien a tres días de Milán dominaba la escena ante el estéril acoso de Fausto Coppi.

Tres días sólo para Milán, tres días de angustia en millones de hogares italianos que seguían el ciclismo con una pasión que sólo se explicaba en clave religiosa.

Tres días de radio, de grupos de “bartalistas” y “coppistas”, cada uno a lo suyo, rodeando ese aparato que ponía al día de la suerte de los grandes campeones del Giro.

Giro Italia Ennio Doris JoanSeguidor

El joven Ennio arreglando su bicicleta en 1955
Fuente: «El mañana también existe»

En un pueblo del Véneto…

Tombolo es una pequeña localidad del Véneto, al sur de Treviso, oeste de Venecia y no lejano a Padua, un poco al sur en el mapa.

Un pueblo que ese mayo de 1953 suspiraba por el Giro y lo que allí pasaba.

Ocurrió un 30 de mayo, una sobremesa soleada y tranquila en este pequeño reducto venetiano.

En el bar del pueblo, la gente se arremolinaba alrededor de la radio.

Entre ellos un joven Ennio, apellidado Doris, quien acompañaba a su padre, un “coppista” convencido.

La suerte entre Fausto y Hugo estaba en el aire, el suizo controlaba la general pero quedaban 72 horas para sondear los contrafuertes del duomo milánes.

La etapa de aquel día acaba en Bozano, esa ciudad del Adigio que no esconde su ADN austriaco por cada vértice.

La jornada pasaba por lo más granado de los Dolomitas, encadenando Falzarego, Sella y Pordoi, un día terrible que el joven Ennio Doris imaginaba en los no pocos momentos que la transmisión radiofónica se interrumpía.

Porque aquel ciclismo fue un ciclismo al vuelo de la imaginación de la amplia mayoría que no estaba ahí, delante de los héroes para verles hacer equilibrios imposibles sobre rutas intransitables.

Cuando no había noticias, un hilo de voz que narrara la escena desde el lugar, cada uno hacía su composición de lugar, desde periodistas a aficionados.

Coppi y Koblet están escribiendo una bella, bellísima historia de este deporte. Se atacan, se dejan, por un momento parece que el piamontés podrá con el rival suizo, sería un espejismo.

Tras dejarle atrás entre las nieves del Sella, Koblet reacciona con un descenso tétrico, pero efectivo.

Entre cortes y ruidos, la radio esboza que los dos han llegado juntos a meta.

Algarabía entre los “bartalistas”, abatimiento en los seguidores de Fausto

Ennio mira a su padre y descifra la decepción en su rostro.

Fausto Coppi había consumido, sobre el papel, la mejor opción de hacer caer a Hugo Koblet.

De vuelta a casa Ennio le transmite la decepción a su padre, éste de cuclillas le coge de los hombros y le mira fijamente a los ojos: “Ennio, no pasa nada, el mañana también existe, Fausto tendrá otra oportunidad”.

Y Fausto, como su padre, creyó en el mañana

Giro 1953 Coppi

Al día siguiente, Fausto Coppi asalta las paredes heladas del Stelvio y doblega a Koblet.

Había sentenciado el Giro a su favor.

“El mañana también existe” fueron las palabras que su padre pronunció, las mismas que Fausto hizo realidad.

“El mañana también existe” fue la frase que para siempre acompañó al joven Ennio Doris, la frase que aplicó desde el minuto uno de la creación de lo que hoy es Banca Mediolanum.

Giro Italia Mediolanum Ennio Doris Ballan Moser JoanSeguidor

Ennio Doris en la salida de Piancavallo entre Francesco Moser y Alessandro Ballan

La misma frase que aplicó esos días de vértigo, a finales del verano de 2008, con la caída de gigantes financieros, la misma que le rondó la mente cuando vio el derrumbe de las torres gemelas el 11 S, idéntica a la que practica en su gestión de Mediolanum, una entidad que ha sido diferente desde la raíz hasta nuestros días.

Hoy Ennio Doris devuelve al ciclismo, a esa pasión que floreció desde su tierna infancia, su cariño patrocinando el gran premio de la montaña del Giro de Italia, el país de las cimas mágicas que conquistan corazones y rompen la resistencia de los ciclistas.

Un acto de filantropía ciclista que llena de azul los senderos que conducen la cima, porque por muy dura que sea la subida, por complicada que se haga, por larga y penosa, más allá, vendrá el descenso, el aire fresco del valle…

Por que más allá “el mañana también existe”.

Imagen: FB Giro d´ Italia

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  1. Pingback: La montaña del Giro de Italia es azul | Banco Mediolanum

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